

Si quedan algunas dudas del poder de la industria editorial española para canonizar a un escritor, lo ocurrido con Fogwill en los últimos años debería disiparlas. Hasta el 2007, momento de la publicación en España de Help a él –libro que incluía un par de relatos largos de principios de los ochenta--, Fogwill era un escritor de culto en América Latina, alguien del que, con suerte, se había leído su prodigioso cuento “Muchacha punk”. Hoy, Fogwill se ha convertido en un referente fundamental de la literatura argentina contemporánea, alguien a la altura de Piglia y Aira. La reciente publicación de sus Cuentos Completos por parte de Alfaguara en Argentina llega entonces en el mejor momento. Ojalá que no haya que esperar a su publicación en España para que algunos de esos textos sumergidos encuentren su lugar de privilegio en la literatura del continente, aunque, si la historia es un buen indicador…
Los Cuentos Completos incluye veintiún textos escritos a lo largo de tres décadas y media (del 1974 al 2007). En su prólogo, Elvio Gandolfo señala que la antología “contiene seis o siete de los mejores cuentos de la literatura argentina”. La lectura no deja dudas: junto a “Muchacha punk”, relatos como “Help a él”, “Sobre el arte de la novela”, “Los pasajeros del tren de la noche”, “Restos diurnos” y “La larga risa de todos estos años” son más que suficientes para convertir a Fogwill en un imprescindible.
La variedad de los registros hace que se pueda entrar a este libro a partir de diversas perspectivas. Fogwill ha dicho que tiene una preferencia por “las lecturas que atienden, más que a lo que sucede, a la manera de narrar lo que sucede”. Por eso son importantes sus intervenciones en relatos clásicos, su reescritura y a la vez parodia y actualización de “El Aleph” de Borges en “Help a él” o de “El almohadón de plumas” de Horacio Quiroga en “Otra muerte del arte”. Más allá de la parodia, lo que llama la atención es la forma indirecta que encontró Fogwill de narrar la política y el campo social en los años de la dictadura y la guerra sucia. Es una forma que tiene mucho que ver con la de Piglia en Respiración artificial (1980), la gran novela de ese período. Suena un poco raro, porque no hay momento en que Fogwill no ataque a Piglia, pero, como dice Fabián Casas, “la contienda se salva en los estantes de la biblioteca”, y allí hay lugar para los dos. Agregaría que no solo en los estantes; en los textos de fines de los setenta y principios de los ochenta, el mejor interlocutor de Fogwill es Piglia.
“Muchacha punk” (1979) puede ser una historia picaresca de un argentino en Londres, pero en el último párrafo se encuentra ese detalle que transforma al relato en algo siniestro: el narrador está allá para “comprar unos catálogos de armas y unos artículos de caza mayor para mi gente en Buenos Aires”. En “Sobre el arte de la novela” (1993), el texto termina así: “… yo había salido sin documentos y no quería estar en la vereda ni a borde del Peugeot, porque aquí sigue siendo peligroso andar sin documentos de identidad”. La violencia sádica de la pareja de “La larga risa de todos estos años” (1983) es una manera de contar aquello que está ocurriendo en el país: “Creo que todos vieron lo que fue pasando durante aquellos años. Muchos dicen que recién ahora se enteran. Otros, más decentes, dicen que siempre lo supieron, pero que recién ahora lo comprenden. Pocos quieren reconocer que siempre lo supieron y siempre lo entendieron…”
Con la novela Vivir afuera (1998), Fogwill se convirtió en el gran novelista de la Argentina de los noventa, la de Menem. Los Cuentos completos muestran que Fogwill es también, junto a Piglia, el gran narrador de la Argentina de la dictadura.
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