

Ser un apasionado de la historia de la humanidad puede ser muy mal visto en estos días. Incluso tratándose de esas ciudades cargadas de historia donde uno imagina que el rescate de la memoria, del pasado, es un acto cotidiano de veneración, hay sitios de este mundo moderno donde interesarse por la historia cada día más es cosa de vejetes enloquecidos, algo así como una pieza antiquísima de un aparato también viejo que, por demás, funciona imperfectamente o sin que a los demás importe si funciona o no.
En los últimos encuentros con universitarios en Alemania, España y Estados Unidos, aún cuando mis encuentros han sido con jóvenes estudiantes de carreras de “humanidades”, he notado uno de los aspectos más significativos de eso que algunos estudiosos llaman “desmitificación de la historia”: para muchos de esos muchachos con quienes tuve que estar hablando un par de horas, el mundo empezó a correr sólo cuando ellos nacieron; antes no existía nada. Y por ese camino, les he escuchado decir “hermosuras” como que “la Revolución Cubana fue la guerra que Fidel Castro lanzó contra Estados Unidos para independizar a Cuba y otros países de América en los años sesenta”, el “Ché Guevara fue un hippie argentino que se hizo famoso porque se dejó tomar esa foto con la gorra negra y la estrella que significa la luz para el mundo”, o esta, que es una verdadera joya del disparate: “Hitler fue un emperador alemán, que en los tiempos antiguos, quiso conquistar el mundo y fue derrotado por las tropas norteamericanas”.
Como se ve, pequeños reflejos de verdad envueltos en un maremágnum de desconocimiento, pero sobre todo, la demostración de la existencia de una conciencia que reconoce que “esas cosas existieron alguna vez”, pero “allá, en el pasado”, un pasado que sienten muy remoto.
Y es que los mitos, como las personas, adelgazan. Y mientras el tiempo pasa sobre ellos (con el mismo espíritu devastador con el cual se abalanza sobre todas las cosas); mientras los que escriben la historia tiñen a esos mitos con la pátina de antigüedad y rigor mortis de las viejas fotografías; y mientras la humanidad decide (y acepta) que hay ciertas sombras en la historia del ser humano que no deben ser recordadas (ni siquiera como enriquecedoras experiencias para el futuro), los mitos van perdiendo capas, van adelgazando y adelgazando hasta quedar apenas en la estructura que los sostiene.
Bajo ese credo es que puedo entender que hoy en la mayoría de los sitios que visito, por poner un solo ejemplo, el Ché Guevara vaya quedando sólo en las camisetas y algunos sellitos coleccionables que se cuelgan los jóvenes marginales en sus sucias chaquetas. Hace sólo diez años era impensable decir, sin que nos cayeran encima, que el Ché era un asesino (se aceptó siempre lo de aventurero, pero ya teñirle las manos de sangre era otra cosa, pecado mayor). Como impensable era, también hace diez años, escribir libros, historias y filmes donde Hitler aparece como un verdadero amigo de sus amigos, un amantísimo compañero de vida de Eva Braun y un hombre culto capaz de hablar de pintura y literatura con cualquiera de sus muchos amigos artistas e intelectuales, imagen que por cierto es la que prefieren conservar hoy los grupos neonazis que pululan por Europa.
La historia, me queda claro, es sobretodo memoria. Y la memoria es mala en lo seres humanos: se olvida lo que no conviene a cada uno y se magnifica lo conveniente. Así, los neonazis jamás reconocen que alguna vez Hitler fue el cerebro oscuro detrás de millones de muertes en campos de concentración: para ellos, Hitler demostró que la especie humana ha de regirse con mano dura hacia los grupos flojos de la especie, pues sólo de ese modo el mundo puede ser para los que están destinados a estar en la cúspide de las especies. Así, los dictadores de izquierda (Stalin, Fidel, Sadam Husein, Chávez… y un largo etcétera) hacen una dieta rigurosa llena de artificios y manipulaciones de su imagen para que el mundo no vea las atrocidades que cometen. Así, la prepotencia y expansionismo de algunos países supuestamente desarrollados se hace invisible detrás de una muy conveniente (económica y políticamente) lucha contra el terrorismo internacional.
Mientras tanto, el papel de la historia, el protagonismo de la memoria histórica como mecanismo de valoración y decantación de la experiencia humana va adelgazando, hasta casi hacerse invisible, igual que van adelgazando y haciéndose invisibles esos personajes de nuestra historia que, alguna vez, para bien o para mal, estuvieron entre nosotros y le hicieron una pequeña muesca a ese tronco inmenso y de múltiples ramas que es la Historia Universal.
Puede escribirle al autor a: amirvalle@otrolunes.com
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