

Los cubanos que vivimos fuera de nuestro país solemos ser objeto de una pregunta que se repite tercamente en el tiempo, una y otra vez, según vayan las cosas en la Isla. La cuestión, por supuesto, tiene que ver con los cambios en Cuba. ¿Han comenzado ya? A veces es más una afirmación que una pregunta, como si el que la emite necesitara sólo que diéramos el visto bueno a sus palabras. Es evidente que, tanto dentro como fuera del patio, hay mucha gente que espera y desea cambios, y que son capaces de ver indicios de ellos en el más mínimo movimiento del gobierno cubano. El problema es que cada cual los concibe a su manera. Si se remueve a dos ministros o se emite un decreto para permitir que los cubanos compren teléfonos móviles, entren a los hoteles o alquilen sus viejos automóviles, el hecho se interpreta casi como el inicio de un proceso de cambios y democratización en el país. Los amigos del régimen piensan que éste necesita de un buen lavado de cara, y bendicen cualquier movimiento en esta dirección. Los que de un modo u otro están en contra, sostienen que lo que debe cambiar (o ser cambiado, más bien) es el régimen en sí, que mientras más dure la dictadura (¿del proletariado?), más pobres serán los cubanos y más difícil será sacarlos del calamitoso estado en que se encuentran.
En lo que sí casi todo el mundo coincide es en el deplorable estado de la economía nacional, y en las penurias que afronta día tras día nuestro pueblo. También es cierto que mucha gente en Cuba afirma (imagino que de boca hacia fuera) que las actuales carencias materiales en la vida del cubano son un reflejo de la crisis económica mundial. La crisis se sumaría, según ellos, al motivo primigenio de todas las desgracias cubanas, es decir, al embargo económico norteamericano, el cual limita el comercio de los Estados Unidos con Cuba. Si este modo de ver las cosas fuera una expresión sincera de la gente, no quedaría más remedio que asombrarse ante la capacidad de nuestro pueblo para asimilar cualquier idea que les llegue “de arriba”. Pero, aun así, el caso tendría explicación: cincuenta y un años seguidos de acoso político y propaganda generalizada pueden influir mucho en el análisis o la interpretación correcta de lo que ocurre en el mundo, e incluso en tu propio país. Tampoco es desdeñable el temor al aparato represivo del gobierno, ni el peso de la “limpieza ideológica” practicada durante décadas en la Isla, que ha contribuido al éxodo de una enorme masa de cubanos respondones, inconformes y deseosos de poder expresar libremente sus ideas ante cualquiera que desee oírlas.
Algo que merece comentario aparte es el modo en que muchísimos europeos de a pie perciben el problema cubano. En el viejo continente hay demasiada gente que piensa que lo que ocurre en Cuba es el resultado de un añejo conflicto entre el gobierno de la Isla y el de su poderoso vecino del norte, siempre deseoso de apoderarse de la mayor de las Antillas y convertirla de nuevo en su “patio trasero”. Es cierto que hay un conflicto entre gobiernos. Pero si el único conflicto de Cuba fuera el que existe con el gobierno de los Estados Unidos, las cosas se resolverían de un modo más o menos fácil. ¿Cuántos diferendos no surgen cada año entre dos estados vecinos? Hablan y se resuelven. Como dice el refrán, hablando la gente se entiende. En mi opinión, el conflicto primero de la Isla es el interno, es decir, el que existe entre el gobierno cubano y su propio pueblo. La prueba más patente de esto es la precaria situación del cubano de a pie, la falta de esperanza en que vive el día a día y la existencia de un número de exiliados o emigrantes que supera los dos millones de personas y que no hace más que crecer. Ahí, en la incapacidad de la cúpula gobernante cubana para cumplir las promesas o satisfacer las expectativas creadas cincuenta y un años atrás, es donde habría que buscar las causas de todo lo demás.
Mientras en Cuba no haya libertad de expresión, de asociación, de empresa; mientras no exista un estado de derecho, bien pueden los Estados Unidos o quienquiera que sea construir un puente aéreo o naval para inundar la Isla de artículos de consumo, que la vida de nuestro pueblo no será mejor. Mientras la economía, las industrias, los negocios, las tiendas, los servicios –desde el zapatero hasta el puesto del vendedor de fritas- estén en manos exclusivas del gobierno, mientras ganar dinero con el producto del ingenio, el sudor o el esfuerzo propios sea un acto indigno o delictivo, no habrá una verdadera solución al problema cubano. No es el embargo, no es el conflicto con un gobierno extranjero lo único que ha de resolverse en el país. El conflicto que más urge superar es el existente entre el pueblo de Cuba y el gobierno monopartidista y unipersonal que se ha eternizado en el poder. Cuanto antes se comprenda esta razón, tanto mejor será.
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La presentación de libros es casi siempre una actividad de compromiso, tediosa. Otras muchas veces es algo que se realiza para ganar puntos a costa del presentado, el presentador a costa del presentado. Esta vez en cambio, para mí, es un verdadero placer, pero sobre todo un verdadero honor. Quiero decir esta noche a los aquí presentes, a los lectores, amigos y familiares de Armando Álvarez Bravo: [...]
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