

Lo supo desde muy temprano. Mucho antes de sus itinerancias geográficas: antes de París, de Montreal, de Barcelona. Antes de la experiencia chiapaneca, de la África negra, del camino a la India. Mucho antes, incluso, de las letras y los libros. Desde el origen y acaso sin comprenderlo del todo, Guadalupe Nettel, nacida en Ciudad de México en 1973, supo que ella era diferente. Una mancha dibujada en la pupila del ojo derecho alteró su percepción del mundo y la obligó a llevar un parche sobre aquel párpado durante buena parte de su infancia. Ella veía menos, técnicamente, pero en rigor veía más. A diferencia del resto de los mortales que reconocían la naturaleza de las formas nítidas, Nettel experimentaba una realidad paralela. Un universo de coordenadas propias.
No mencionaría este antecedente personal para referirme a la autora de la elogiada novela El huésped (2006) y de los libros de cuentos Juego de artificio (1993), Les jours fossiles (2003) y Pétalos y otras historias incómodas (2008) si no fuera porque ella misma ha escrito un pormenorizado y audaz relato titulado El cuerpo en que nací, donde narra su experiencia biográfica y la sitúa en el origen de su oficio como escritora. “No había niños así en mi colegio, pero tenía compañeros con otro tipo de anormalidades”, confiesa Nettel en este artículo de la revista Letras Libres. Se refiere a una chica paralítica, un enano, una rubia de labio leporino y un niño con leucemia que los abandonó antes de terminar la primaria. Y entonces la autora se mimetiza con los aliados y mira hacia atrás sin compasión. “Todos nosotros”, da hoy por escrito, “compartíamos la certeza de que no éramos como los demás y de que conocíamos mejor esta vida que aquella horda de inocentes que, en su corta existencia, aún no habían enfrentado ninguna desgracia”.
Lo que no sabía entonces Guadalupe Nettel –a los nueve años quién podría saberlo– era que en la desgracia, precisamente, se hospedaba el germen de su literatura. Un huésped cifrado en una falla ocular que le permitiría traer a la superficie esa realidad paralela que sólo sus ojos y una mente inagotable como la suya percibían. Ella había convertido la diferencia en un método, y ahora podía traspasar los umbrales de lo cotidiano para zambullirse en el universo de lo extraordinario. La escritura llegó así como una venganza ciega. Según lo cuenta la propia Nettel, en sus cuadernos escribía historias protagonizadas por sus compañeros de clase “que paseaban por países remotos donde les sucedían toda clase de calamidades”. Lo curioso fue que aquellas terroríficas historias del origen resultaron del total agrado para sus protagonistas, los compañeritos dibujados en escenas monstruosas por la chica del ojo cubierto, que ahora escuchaban sus relatos en voz alta y pedían más historias, Guadalupe, más desgracias por favor.
Y Guadalupe, por favor, convirtió en adelante las desgracias en piezas autónomas, incómodas y bellísimamente extrañas. Porque la desgracia del mundo imaginario de Nettel se sostiene en esa conexión, no siempre descifrada, entre lo insólito y lo doméstico. No es, ni por si acaso, una desgracia grandilocuente, de dimensiones épicas. No asfixia; no es opaca. En el cosmos deformado de la escritora mexicana, recientemente premiada por la Fundación Anna Seghers como la mejor autora latinoamericana de 2009, las palabras son la prolongación de una sensibilidad particular hacia lo frágil y lo abstruso. Puede ser el soplo de una chifladura inofensiva (como sacarse con pinzas los pelos de la cabeza) o bien el extravío en unos laberintos pavorosos de los que nadie –nadie normal, si vale acá la expresión– podría salir ileso. La convivencia con un alien interno, por ejemplo, que crece como una larva en los pensamientos de una niña mexicana y la conduce al submundo de los ciegos, como ocurre en la primera parte de la novela El huésped. O una Ciudad de México poblada en sus cloacas por hordas de no videntes, mendigos y parias insurrectos, como despliega con riguroso detalle en la segunda parte del mismo libro.
“A mí me interesa sobre todo el adolescente que se mira al espejo del baño y le susurra promesas al cepillo de dientes”, ha dicho Nettel, refiriéndose a su afición por lo fantástico, pero también por el dominio de lo pesadillesco. Y es cosa de asomarse a sus historias para seguirla en el espejo desfigurado. Personajes al límite, que anteponen la racionalidad a los mandatos de alguna compulsión obsesiva; a las órdenes de una fuerza interna, innombrable, hospedada en sus cuerpos, que los domina y los conduce a su soberano antojo. Hombres cactus atrapados por mujeres enredaderas, fotógrafos encandilados con los párpados ajenos, varones que olfatean urinarios de damas. Hombres y mujeres, al fin y al cabo, que bajo la apariencia de la normalidad ocultan los tentáculos de la rareza.
Guadalupe Nettel, está claro, escribe desde una zona fronteriza. Lo sabe, lo supo desde muy temprano. Acaso sea la prolongación tangible de un mundo interior poblado de anomalías, que ocupa el borde como la única superficie apta para la ficción. Y es ahí, en esa suerte de estilización de la extravagancia, donde radica el aterrador encanto netteliano. Me atrevería a sugerir, en todo caso, que ingresar en su órbita narrativa es una invitación a pensar que, visto de cerca, quizás nadie –nadie en esta órbita al menos– sea cien por ciento normal.
Puede escribirle a la autora a: alejandracostamagna@otrolunes.com
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