OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Marzo 2010. Antilde;o cuatro. Número doce

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Datos de la revista, marzo 2010, año 4, número 12
otrolunes.com >> Otra Opinión >> Columna de Armando de Armas

Armando Álvarez Bravo o la incorregible incorrección

 

Armando de Armas

La presentación de libros es casi siempre una actividad de compromiso, tediosa. Otras muchas veces es algo que se realiza para ganar puntos a costa del presentado, el presentador a costa del presentado. Esta vez en cambio, para mí, es un verdadero placer, pero sobre todo un verdadero honor. Quiero decir esta noche a los aquí presentes, a los lectores, amigos y familiares de Armando Álvarez Bravo: En ocasiones la cercanía nos impide apreciar las cosas, a las personas, la verdadera dimensión de las cosas y las personas, de las personas y sus obras, no se dejen engañar por la cercanía, la cercanía suele ser mala consejera, por eso en la antigüedad los hombres de poder, los reyes, tomaban distancia de sus súbditos y aún de sus consanguíneos, mirar al rey a la cara era terrible, era tabú, un tabú cuya violación pagaba con la vida el indiscreto y aún el distraído, superado ese tiempo la cercanía empezó a minar, distorsionar las relaciones entre los hombres, rectifico, entre el hombre marcado por la excepcionalidad, del poder o de las musas, dos formas de poder en definitiva, y el resto de los comunes mortales.

Álvarez Bravo es poeta, y un poeta según él mismo ha dicho es un hombre que quiere ser todos los hombres, pero, precisando, es un poeta coloquial, culto, aristocrático, diáfano, oscuro, reaccionario, pesimista, jubilar y mágico, sobre lo que abunda en su última entrega que presentamos hoy, Cuaderno de Campo, Ediciones Universal, Miami 2009, y también en una entrevista que me concediera para la página Web de Radio Martí, www.martinoticias.com. En el poema Explicación de dicho libro define, declara:

No hay más a este lado de la eternidad.
Sólo tengo un destino, una misión.
no es otra que asumir esta plenitud
con todos sus peros y todos sus dones.
Lo demás son, como nos enseñó Borges,
unas tiernas imprecisiones.

En ese orden definitorio me aseguraba en la mencionada entrevista: La historia militar me fascina desde mi adolescencia y nunca he dejado de estudiarla. Hay una ilustre tradición de poetas y escritores que han sido militares. Un ejemplo al azar: Alfred de Vigny. Al terminar mi bachillerato no seguí la carrera militar, como uno de mis compañeros de estudio, porque no quería tener la menor participación en los institutos armados durante el régimen del general Batista. La toma del poder por el totalitarismo castrista hizo final mi decisión de renunciar  a esa carrera. Algunos de los títulos de mis libros de poesía -Relaciones, Juicio de residencia, Naufragios y comentarios y Cuaderno de campo-  tienen la resonancia de lo militar, sobre todo en lo que concierne a la época de la Conquista. El resto de mi vida no ha dejado de ser una incesante campaña que he sobrellevado y sobrellevo sin el apoyo de las distintas armas. Y sí, sigo creyendo que hubiera sido un buen militar.

Yo no sé si será casualidad o no (a estas alturas del juego no es que uno no crea en nada, como suelen decir, sino que por creer uno cree hasta en los cuentos de hadas), pero Armando, que es un nombre de origen germánico, significa duro, valiente, conductor de huestes: el que conduce las huestes al combate. Ese nombre, aseguran, dotaría al portador de una mente de pensamiento impaciente y receptivo, sensitivo y observado, en actividades que requieren de la versatilidad, la novedad y la curiosidad, haciéndolo exitoso en los campos de acción que tocan al sentimiento, al deseo de vivir y al de inquirir, contar sobre lo vivido, destacándose más bien como mente directora que como mano ejecutora, y podría sobresalir en profesiones como vendedor, psicólogo, investigador, detective, militar y escritor.

Pero lo cierto es que, eso, esa manera de pararse ante la vida, hace que Armando me recuerde a alguien ya casi olvidado, injustamente por supuesto, me refiero al ibérico del siglo XV Íñigo López de Mendoza, Marqués de Santillana, poeta y estadista, considerado por el historiador Hugh Thomas como el abuelo de la aristocracia castellana. Eso, esa manera de pararse ante la vida es lo que me ha hecho llamarlo como el incorregible incorrecto.

Porque, como decía hace poco a un amigo admirado de la valentía e incorrección del escritor norteamericano Gore Vidal por sus fieros ataques a George W. Bush, a la Iglesia y a Dios: para ello, querido amigo, en estos tiempos, bajo el espíritu de estos tiempos, no se requiere valentía alguna, incorrección alguna, por esos fieros ataques el señor Vidal no afrontaría ningún riesgo, excepto, claro, el de aumentar desmedidamente sus cuentas bancarias, valentía, incorrección se requiere para hablar bien de Bush, pertenecer a la Santa Iglesia Católica, proclamarse siervo de Dios y, sobre todo, para declararse anticastrista, peor, anticomunista, por ello sí se afronta un riesgo real, sobre todo si se es escritor, riesgo por cierto que como lo más natural del mundo, como ha de ser, ha afrontado, afronta Armando Álvarez Bravo.

Pero, nuestro poeta es incorrecto dentro de su propia incorrección, y no va a estar de acuerdo conmigo en esto, y me refiero a que, como su querido compadre José Lezama Lima, no es precisamente un católico ortodoxo y, más bien, a mi modo de ver, sería una suerte de gnóstico cristiano, inconscientemente quizá, alguien que pretende acercarse a Dios mediante la intuición y el conocimiento, como buen poeta, pero también como buen gnóstico, y me viene a la mente ahora, allá por lo primeros siglos del cristianismo, Simón Mago, Valentín, Basílides, Narcrón, Tertuliano, San Ambrosio, Clemente de Alejandría y Orígenes, alguien que percibe y maneja en sus escritos la gran paradoja divina de Bien y Mal, de lo numinoso y oscuro como dos brazos del viejo Abraxas, Ánima Mundi, laborando en el adelanto del espíritu encerrado, aneblado en la materia. Paradoja que, en el caso de Armando, se maneja sino dentro de la divinidad, al menos sí, seguro, dentro del cosmos configurado, creado por la dicha divinidad. Veamos lo que nos dice en el poema La ética y el color del sombrero, del libro que presentamos:

Tengo
Un sobrero blanco
y uno negro
y los alterno
a mi aire.
La selección no me hace
ni bueno ni malo,
aunque quiera,
dependiendo
de cómo vengan
las cosas,
ser lo uno u lo otro

He sido bueno
llevando el sombrero negro
y, sin duda, malo
(quiera Dios que no demasiado)
con el sombrero blanco.

La demonización de ese dualismo magistralmente esbozado en el poema armandiano, estaría probablemente detrás de la gran tragedia de nuestra era. La tragedia de a priori, sin el justo y comedido balance ético, apostar por el dogma de que el fin nunca justifica los medios, pamplinas del buenismo tontorrón, pues la realidad, tan terca y contrarrevolucionaria, se encarga de demostrarnos que Bien es a veces Mal y Mal es a veces Bien. Muerte es Mal. Vida es Bien. Pero matar a un tirano es Bien. Sino que le pregunten a los cubanos, a los cubanos que han padecido por medio siglo la más feroz tiranía del Hemisferio Occidental. Los antiguos, tan sabios, lo entendían a la perfección. También Santo Tomas de Aquino, el Padre Juan de Mariana y el poeta Armando Álvarez Bravo.

A nuestro poeta se le ha acusado de pesimista, por este poemario y por otros, bueno se le ha acusado de muchas cosas, pero lo que nombran pesimismo no es más que un canto a la pérdida, a la muerte lenta que es toda vida. Pero también un canto desgarrado al paso del tiempo y, con el tiempo, claro, también la pérdida, el paso del tiempo como pérdida, como resta, como ejercicio eficaz de demolición. Lógico, quiero decir esperado, de un poeta que ha padecido la Historia, la Historia como la máxima de las catástrofes, como la máxima expresión de la modernidad, esa modernidad que hizo exclamar a Reinaldo Arenas recién escapado del mismo paraíso del que un día escapó Armando Álvarez Bravo: nosotros venimos del futuro, la misma modernidad que ha hecho decir a Milan Kundera que la única manera de ser modernos en el presente es ser antimodernos, tres escritores, tres fugitivos de ese parque temático de avanzada, avanzada de tambochas, que es el comunismo: ese subproducto de la modernidad.

Cuaderno de Campo es un libro abarcador de los temas que han obsesionado al poeta durante su existencia, un recuento, legajo notarial de la relación del poeta con su conciencia, con la supraconciencia, con Dios. Un libro donde, deudor de las crónicas de la Conquista, minuciosamente se detalla el adentramiento en la etapa del acabamiento: Es tiempo de tala. Van muriendo los amigos de siempre, cambia tenaz el paisaje y las gentes: hablamos otra lengua y quedamos más solos.

Al inicio decía a los aquí presentes esta noche, a los lectores, amigos y familiares de Armando Álvarez Bravo que en ocasiones la cercanía nos impide apreciar las cosas, a las personas, la verdadera dimensión de las cosas y las personas, de las personas y sus obras, y les pedía que no se dejen engañar por la cercanía, que la cercanía suele ser mala consejera. Esa cercanía tal vez les haya impedido ver, saber, saborear que han estado al lado de un hombre especial, de un gran poeta, de un grande de las letras cubanas. Esta noche es el momento de despejar, descorrer el velo de brumas de la cercanía y reconocer a este hombre que quiso ser todos los hombres en su verdadera valía, pero, sobre todo, el momento de agradecerle el haber estado en este tiempo, aquí para todos nosotros. Repito, esta noche, no mañana, no cuando sea demasiado tarde y el poeta, nuestro poeta, haya entrado escurriéndose sigiloso, con un puñado de versos apretados en el puño, por la puerta de lo que el mismo ha nombrado como el acabamiento final.

 

Puede escribirle al autor a: armandodearmas@otrolunes.com

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