Escribir un poema después de Auschwitz es bárbaro
Theodor Adorno
A estas horas Felicia debiera estar llegando, cansada, con un vaho inconfundible de amargura. La puerta se abriría y yo como casi siempre me haría el desentendido. Luego las chancletas andando por toda la casa, como queriendo apresurarse por un torrencial, del baño a la cocina, el fregadero, el fogón, las ocho de la noche, el noticiero nacional, las mentiras, el sueño, la madrugada impalpable. El sonido fastuoso de sus ronquidos, la vigilia, el desacierto, la conformidad. Leer más…


