Una de las cosas que más detesto es montarme en el ascensor con algún vecino. Las ciudades se han deshumanizado de tal forma (ahí están los tanatorios, asépticas morgues atendidas por funcionarios) que cuando dos o más personas coinciden en un ascensor no saben qué decirse. De resultas, agachan la cabeza y desvían la vista, procurando no encontrar sus miradas. Quizá, si hay cierta confianza, inician una conversación acerca del tiempo: Leer más…