

Desde una silla de ruedas, babeando por una de las comisuras de sus labios, caída como la de un viejo perro buldog, el padre de Heinz Hittich, ex oficial de la Stasi alemana, jamás se conmovió ante las palabras de su hijo. No podía conmoverse. Una noche, mientras cenaba, delante de la mirada asustada de una vecina a la que pagaba servicios de cocinera, perdió el conocimiento y sólo abrió los ojos dos horas después, en el hospital. Nunca más recordó que había sido un alto oficial del siniestro Ministerium für Staatssicherheit, más conocido como Stasi, como tampoco ninguno de sus antiguos colegas recordaría los servicios que aquel hombre, de pronto convertido en un vegetal, anclado para siempre en una silla de ruedas, había prestado importantes servicios a la entonces poderosa República Democrática Alemana.
La isquemia cerebral que postró a Gunther Hittich en una silla de ruedas hasta el fin de su vida en el año 2004 pareció ser el anuncio de la caída estrepitosa del organismo de seguridad donde trabajó desde los 21 años de edad; caída que fue acompañada por la también estruendosa caída del muro de Berlín, y del socialismo alemán.
Conocí a Heinz gracias a un diplomático alemán, jubilado, amante de Cuba desde que fuera designado embajador de la RDA en La Habana, a mediados de la década del 60. Después de escuchar atentamente mi lectura de fragmentos de mi novela Las palabras y los muertos, aquel viejo vino hasta mí, me extendió con sus huesudas manos un ejemplar de mi libro para que yo se lo autografiara y me dijo: “me gustaría contarle algunas cosas”.
Varios encuentros después, y pasadas muchas horas de conversación, aquel viejo, convertido ya en amigo habitual, me confesó: “duele mucho aceptar a mi edad que uno vivió una vida equivocada”. Y fue esa vez cuando me dijo: “tengo para ti una historia real que parece una novela”.
La historia era la vida misma de Hittich, padre e hijo. Gunther Hittich estuvo al lado de los dos más importantes hombres de la Stasi alemana: Erich Mielke y Marcus Wolf, y junto a ellos trabajó cerca de treinta años atendiendo las relaciones entre la Stasi y la Seguridad de Estado de Cuba. Su mayor orgullo fue saber que su hijo Heinz, a quien él había obligado a seguir sus pasos, era también un alto oficial de aquel Ministerio. Y la verdad es que creo que murió orgulloso de ello, aunque para la fecha en que le sobrevino la isquemia hacía varios años que no tenía ninguna relación con su hijo: Heinz me confesó que pasó muchos años achacando a su padre la muerte fulminante de su madre, por el disgusto que para ello fue saber que el único hombre de su vida la traicionaba con una jovencita. “Y eso que ella no vivió la vergüenza mayor”, pues pocos días después de su muerte, el “digno” oficial Gunther Hittich fue expulsado de la Stasi, en una de las tantas purgas que tuvieron lugar en la institución, cuando se descubrió sus vínculos en el tráfico de prostitutas y mercancías entre las repúblicas soviéticas, la Alemania Socialista, Polonia y la Alemania Federal (capitalista).
Me llamó mucho la atención que Heinz repitiera, sin ponerse de acuerdo, casi las mismas palabras que me dijera su amigo, el exdiplomático que me lo presentó: “viví una vida que debió ser de otro”, le oí decir.
Y es que, luego de la caída del muro de Berlín y del desmerengamiento de la comunidad socialista en los países del Este europeo, Heinz tuvo acceso a los archivos desclasificados de la Stasi y descubrió el mayor de los secretos de su vida, el mayor de los equívocos: no era hijo de quien había creído era su padre. ¿La verdad? Sus padres no podían tener hijos, en la década del 60 su padre viajaba varias veces al año a La Habana, y la muerte en extrañas circunstancias, en el año 62, de un hombre muy cercano al por entonces desaparecido Comandante Camilo Cienfuegos les permitiría a sus padres tener el hijo que deseaban tanto. Aquel rebelde cubano, que se dijo fue asesinado junto a su mujer por miembros de una banda contrarrevolucionaria, era el padre de un bebé de ocho meses de nacido. Heinz pudo averiguar, muchos años después, que el mismísimo Comandante Manuel Piñeiro, “Barbarroja” había entregado el bebé a su amigo, el entonces Coronel de la Stasi alemana, Gunther Hittich.
-- ¿Te atreverás a escribir esa historia? – me dijo, mientras almorzábamos en un restaurante de la Postdamer Platz, en Berlín.
Y no olvidaremos nunca su llamada, que según mi esposa Berta fue pasadas las once de una noche del invierno de 2008, para agradecerme que yo hubiera escrito aquella novela “que leí como si lo estuviera viviendo todo de nuevo”. Y me lo agradecía mucho más porque “leer mi historia en tu novela fue como leer algo que le había sucedido a otro, la vida de otro, querido amigo. Aunque no lo puedas imaginar, al dejar en limpio esa novela me has permitido regresar a la vida que hubiera podido tener, una vida normal, como la de otro cualquiera”.
De entonces acá me ha contado muchas historias. Todas salidas de esos archivos que sus colegas fueron enriqueciendo con las delaciones de cientos de miles de alemanes que se denunciaban unos a otros, incluso dentro del propio seno familiar; o nacidas de su experiencia como alto oficial de un organismo que hoy él considera “un engendro de mentira y control del poder”. Y he estado tentado de escribirlas, de modo que no queden sólo allí, en los viejos archivos desclasificados de la Stasi. Me aterra pensar que del mismo modo en que hoy muchos en el mundo quieren negar el holocausto provocado por Hitler y sus enloquecidos sueños de poder y pureza, dentro de unos años el mundo quiera negar las atrocidades que, a pesar de que decían defender al ser humano construyendo un mundo mejor y más justo, también fueron cometidas por el socialismo impuesto por la extinta Unión Soviética tras la derrota del fascismo.
Varias veces, lo recuerdo ahora, me ha dicho: “alguna vez se desclasificarán los archivos y hasta la memoria de todos estos años de socialismo en tu país”. Jura que pasará igual, que los cubanos descubriremos secretos siniestros, horribles, engaños soberbios, manipulaciones realmente asquerosas… Es triste, o bien jodido, como diríamos en buen cubano, pero mientras más he vivido la realidad del exilio, mientras más escucho a todos esos funcionarios y agentes que desertan y cuentan sus historias, y mientras más cotejo toda la información que existe sobre mi isla, más creo en que también los cubanos tendremos la penosa obligación de perpetuar en la memoria de las generaciones futuras, para evitar que se repita, horrores que todavía no podemos ni siquiera imaginar.
Puede escribirle al autor a: amirvalle@otrolunes.com
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