

Todos hemos visto alguna vez cómo se infringen las normas éticas o de procedimiento de la democracia, incluso por aquellos representantes políticos que debían velar por ellas en razón del deber y trabajar a costa de nuestros impuestos. La última vez que lo sufrí fue a raíz de la imposición de autoridades de la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid; la arrogancia, la mentira, la impostura, la falta de diálogo, la coacción y la amenaza a padres de la escuela donde tengo a mi hijo, fue el mecanismo que usaron para paliar sus propios errores de improvisación, falta de previsión y descuido a la enseñanza pública. Aún persiste el problema, ya que esas autoridades hallaron enfrente a una comunidad de padres que se han dispuesto a valerse del marco democrático constitucional para defender sus derechos. Esa posibilidad es virtud de la democracia y en esas actitudes radica su gran capacidad de regeneración.
La democracia es algo más que un sistema político y social con una cobertura legal para la libertad, la tolerancia y la discrepancia. A veces algunos políticos la interpretan de otra manera e incluso supeditan sus mandatos de las urnas a las “democracias” de partido. Sin embargo la democracia es mucho más. Es un sistema de valores que se enriquece con la conducta de los hombres. La actitud de estos es fundamental para desarrollarla e igualmente para mermarla. Algunos de los problemas con los que se encuentra el gobierno de Obama para tomar medidas de reajuste de su sistema financiero, el caso del poder omnímodo de Berlusconi en Italia, el destape de los malos usos del dinero en el modélico Parlamento de Inglaterra, el vínculo dudoso de políticos con empresarios en España, son ejemplos de esa relación polémica y paradójica entre la democracia institucional y el comportamiento de los individuos.
El mundo democrático está plagado de ese virus que se llama “actitudes antidemocráticas”, y no hablemos de los países subdesarrollados donde cunde la epidemia. Son incontables las manifestaciones diarias de esa lucha entre lo democrático y lo antidemocrático a través de lo ancho y largo de la pirámide social, desde la cama a la casa y a la calle en todo tipo de relaciones y en cualquier contexto. A pesar de ello aún se puede oír a quienes reclaman más dureza en las relaciones de autoridad y más severidad en los castigos con dudosa eco por otros tiempos, como si ambas cosas fueran a solucionar los desequilibrios que a veces se producen. Siempre es preferible luchar por mejorar la democracia y no aplicarle viejas terapias de choque que alivian el dolor a una legislatura pero no curan.
Hace años hablé de la preeminencia de la autoridad de los valores legitimados en las instituciones por encima de las personales, hoy insisto en que la manera perdurable de contribuir al gobierno de la democracia es jerarquizando y consolidando una cultura de valores democráticos. No son personas, sino valores, o son personas embebidas en esos valores. La democracia mejora con más democracia, educación y garantías económicas y sociales, no con más restricciones o imposiciones. Y eso es una labor tan ardua y compleja que no lo verán ni mis nietos. Lamentablemente la clase política trabaja para ganar electores y no perder legislaturas con un quehacer endogámico, considerando que ganada o heredada la democracia es suficiente. Así que toca a los ciudadanos y entre ellos también a los políticos detener esa inercia que lo da todo por hecho.
La actitud frente a cualquier hecho es un fenómeno cultural, hace falta un aprendizaje y él mismo se realiza dentro de una tradición. En el caso de la tradición democrática, parece vieja pero aún es joven en el mundo y mucho más en algunos países y continentes, de modo que somos nosotros mismos, los ciudadanos de hoy, quienes estamos haciendo esa tradición con nuestras conductas diarias frente a las instituciones y los errores y problemas de la democracia, así como creando pautas de comportamiento en nuestros hijos. No es suficiente vivir en un sistema democrático para vivir democráticamente. Vemos a nuestro alrededor innumerables formas de comportamiento similares a los de otros contextos antidemocráticos. También en las dictaduras se ven comportamientos democráticos que son ahogados por la maquinaria antidemocrática del Estado. Incluso hay gobiernos elegidos democráticamente que se portan como antidemocráticos en algunos aspectos, y viceversa.
No hay partido de izquierda o derecha que se libre de este virus y son ellos mismos en ocasiones los que las propician. No basta con elecciones libres y democráticas en los partidos o la sociedad para determinar el carácter democrático. La democracia no es sólo asistir a las urnas y respetar las instituciones o cumplir con los formalismos de diálogo y tolerancia. La participación tampoco es la esencia de la democracia, si no veamos internet como ejemplo del que no se puede hablar con propiedad de democracia. En todas partes y en cualquier momento esas mismas instituciones de garantía y formalidades se malogran cuando no hay una actitud democrática.
La democracia es el mejor de todos los sistemas políticos, aunque casi todos los expertos están de acuerdo en que le hace falta una transformación. Sin embargo da igual el calado de esos cambios si no la vivimos a diario con un proceder democrático, somos los ciudadanos con nuestras actitudes de tolerancia y consenso pero también de crítica activa o pasiva quienes hacemos ver porqué es inevitable y mejorable. Tal vez lo primero sea el ser democrático, luego el cómo y el dónde. Lo único realmente cierto es que hay que vivir y convivir democráticamente todos los días, cueste lo que cueste, sin bandería, dejando que nuestros hijos vean y hagan con el ejemplo.
Puede escribirle al autor a: leondelahoz@otrolunes.com
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