

En el título de la más reciente entrega literaria del afamado escritor Luis López Nieves, El silencio de Galileo, la supresión de la palabra y el nombre del más grande científico renacentista se yuxtaponen como un oxímoron conceptual. Callar es, incluso, peor que la ceguera de alguien que hace su vida en base a la observación. Sabemos que la aparición del lenguaje, concedida a la primacía del sentido de la vista, demuestra ese imperioso continuo donde se reformulan las condiciones de espacio durante el paso por nuestra existencia. Si las herramientas de trabajo surgieron como extensiones de nuestras manos, de igual manera el telescopio, invento en torno al cual gira la trama de este thriller intelectual, fue la expansión del ojo.
E pur si muove.
López Nieves acostumbra novelar con la historia y a historiar con la novela, algo para lo que se requiere inteligencia, voluntad y, claro, visión. Y en El silencio de Galileo, el texto mismo trabaja como un telescopio de otra magnitud: uno que nos hace ver en el corazón de la ambición humana. La lectura, por supuesto, es del que lee, pero, a falta de mejor decir, todos somos una ficción acomodaticia.
La novela de López Nieves, más que leerla, hay que “verla”. Nos parece relevante que la acto de escritura, y lo sabemos por McLuhan, postule el sentido de la vista como el principal medio de adquisición del conocimiento, lo que da inicio a toda una imperio del campo visual, tanto perceptible como imperceptible al ojo biológico. Ver para creer es ver para conquistar el espacio –el ojocentrismo europeo–. Ver es reclamar la distancia. Y ver, incluso, es entender lo que nos ha sido vedado, acceder el orden de lo no dicho, lo mal dicho o lo indecible. Es por ello que cuando El silencio de Galileo se ensancha tras las pistas del verdadero creador del telescopio, instrumento que nos amplió –a la vez que reducía– el concepto de mundo (que siempre, de algún modo, es como nos lo construyen), lo que aviva la traslación narrativa no es precisamente la solución de un misterio intelectual, sino “ver” lo que subyace el mismo. López Nieves entra en el mundo de exquisitos eruditos para revelarnos, sutilmente, la mezquindad de la ambición humana. Después de todo, es el apetito por el conocimiento la razón por la cual la humanidad, en el mito cristiano, se concibe en el pecado.
El Silencio de Galileo, sin embargo, no es un tratado de moral ni desea hacer héroes de mártires. Luis López Nieves, con su acostumbrada artesanía, retoma el proyecto narrativo que iniciara en El corazón de Voltaire y lo expande y lo humaniza y lo avinagra sobre el espacio narrativo sobre el que se va montando su ya conocida técnica epistolar cibernética. Otro misterio histórico, en esta ocasión, por encargo, llega hasta el escritorio de la Dra. Ysabeau de Vassy, y viene a petición de una amiga de la notoria doctora, Monique d’Avignon, que confiesa que su padre –y por ende, ella también– es descendiente directo de Galileo Galilei. No obstante, dada la condición delicada de salud de su padre, ella no puede atender un asunto que le concierne en doble medida: primero, su deseo es reivindicar la paternidad de Galileo Galieli como inventor del telescopio y, segundo, asegurar que, en efecto, los d’Avignon son descendientes del maestro. Ysabeau, confesa admiradora del científico italiano, acepta el reto de aclarar ambas dudas y de inmediato llega al corazón de una gran conspiración histórica: Galileo, pensador polémico en su época por retar la teoría geocéntrica sobre la cual se fundamentaba el poder eclesiástico, es el eje de un montaje político que ha durado casi cuatrocientos años ya que le ha sido usurpada la paternidad de la invención del instrumento que cambió el rumbo del Renacimiento.
La trama gira en torno a tres posibilidades de autoría del aparato: un alemán, Hans Lippershey, y dos holandeses, Zacarías Jansen y Jacobo Metius, intentaron reclamar derechos de patente sobre la invención el mismo año que apareció el primer aparato telescópico. La doctora de Vassy, a través de otro invento de igual o mayor alcance que el instrumento visor, el correo electrónico, recorre el continente europeo en búsqueda de contactos que puedan entramar una dirección a su tarea. Así, llega hasta el doctor alemán Uwe Sösemann, cascarrabias huraño, misógino y paranoico, que dice todo aún cuando no quiere decir nada. El profesor de astrofísica, un genio de treinta y dos años de edad, se ha dado cuenta que Galileo informó sobre las lunas de Júpiter en 1610, descubrimiento conocido hoy día como perspicillum. Lo interesante de la proeza científica es que, según Sösemann , dada la elíptica de la tierra para la fecha en que Galileo publica sus hallazgos, nadie en la faz de la Tierra hubiese sido capaz de ver las cuatro lunas del planeta, mucho menos sin telescopio. El dato cobra una magnitud de alcances especulativos, ya que, durante la vida de Galileo, el científico hubiese podido ver las cuatro lunas, claramente y en su plenitud, en 1601. La inversión de los últimos dos dígitos no parece nada fortuita. Incluso, en la denominación binaria del lenguaje computarizado –toda una construcción de ceros y unos- Galileo parece proporcionar un código con el cual hacernos saber que solamente una persona con acceso a un telescopio en 1601 hubiese sido capaz de, hasta incluso, inventar el aparato que extiende, expande y aumenta la capacidad visual del ojo. El instrumento, durante la historia moderna, aparece adjudicado como invención del 1608 al alemán, y de ahí el título de la obra: la doctora Ysabeau desenmarañará toda la trabazón de una narrativa histórica que compromete a Galileo en su silencio, ya que Galileo, por necesidad económica, vendió todo derecho de propiedad intelectual del instrumento.
Resuelto esta parte del conflicto, la novela entonces se precipita del thriller intelectual hacia el drama de conflictos éticos. Entonces, ya no es la paternidad del aparato lo que está en cuestión, sino el aparato de la paternidad genética de Monique y de una madame Galilei, la última heredera en la línea de sucesión, y sus implicaciones posteriores sobre el nombre de los Galilei. Mientras Ysabeau va formulando la manera en que dará a conocer al mundo la certeza de su descubrimiento, se va adentrando en la vida de Madame Galilei hasta el punto que ésta desea que la historiadora pase a ser custodio de todo el legado del científico italiano. Entonces, se nos va deshilando una heroína perversa, coqueta, brillante y peligrosa. Por un lado, desea redimir a Galileo del “robo infame”, pero por otro, ella misma incurre en una conducta tal vez un poco objetable para una historiadora de su calibre. En otras palabras, Ysabeau desmonta la narrativa oficialista en torno a la creación del telescopio y por otro lado, dada la información privilegiada a la que tiene acceso, comienza a tejer su propia mini-narrativa para cumplir con tres de cuatro peticiones que le hace Madame Galilei a cambio de la herencia, entre las que se incluye cuidar de Leo, el hijo de la anciana que se encuentra en estado vegetal tras haber sufrido un accidente. Pero es la cuarta petición nos empuja más hacia el claroscuro de la personalidad de Ysabeau por comprometer algo que es sumamente intimista, y orbita en torno a la concepción de un hijo con el verdadero último heredero de la fortuna de Galileo.
Podemos imaginar a López Nieves reírse de su propio personaje.
Ysabeau, claro, es muy ella como para darse así de fácil, pero no por ello renuncia a la oportunidad de convertirse en la albacea del legado científico más importante del Renacimiento. Por ello, recurrirá a los métodos que queden a su alcance para, primero, asegurarse que su padre es heredero de Galileo y, segundo, recompensar a Monique, quien debe enfrentarse a la decepción de saberse impura en la línea de sucesión y, evidentemente, enfrentarse a la decepción de no ser una Galilei.
Ante esta nueva premisa, Ysabeau, como personaje, toma cierta tridimensionalidad. Es camaleónica, impulsiva, voluble y, por tanto, no es la heroína convencional. Inclusive, llega a justificar el alcance de sus métodos temerarios de investigación con tal de desenmascarar a los “ladrones” de Galileo, aunque en el proceso ella misma se convierta en usurpadora y falsificadora de hechos. La trama, como el curso de la historia, toma un rumbo arbitrario, subjetivo y conveniente a quien la enuncia y la articula, aunque sea, como bien ella dice, para devolverle al mundo su Galileo.
El silencio de Galileo se hace de la misma manera que las grandes narrativas han formulado su visión monolítica de los hechos del mundo. La información se ejecuta como un poder. La incorporación de pasajes descriptivos y narrativos en esta nueva novela de López Nieves, logrados con la efectividad de un diestro narrador en dominio de su material escriturario, fortalece la noción de que, en efecto, todos somos una ficción. Si bien el telescopio revocó toda la gran narrativa geocéntrica sobre la cual se fundamentaba la mitología cristiana, nos parece justo que sea un novelista como López Nieves quien nos invite a reconfigurar la manera en que ordenamos el tiempo y la memoria colectiva. La capacidad de que la ciencia pueda acceder a la gran verdad caduca en de Vassy –historiadora, subjetiva, ambiciosa y muy de ella y de nadie más. Sin embargo, de Vassy no es por esto una posmoderna sin causa; por el contrario, no nos alerta, como definía Lyotard, de las diferencias, diversidades e incompatibilidades en las aspiraciones del individuo. De Vassy cree en un beneficio común: la raza humana, frágil, errátil y grandiosa.
Entonces, el silencio de Galileo se convierte en su silencio. Y sólo persevera una verdad: la historia es del que la finge. E pur, si muove.
Puede escribirle al autor a: elidiolatorre@otrolunes.com
Por
Uriel
Quesada
Entre el 19 de junio y el 19 de julio he recorrido unos ocho mil quinientos kilómetros a lo largo y ancho de los Estados Unidos. Tres circunstancias afortunadas se dieron: la primera, mi regreso definitivo a New Orleans, el único sitio en este país que aún considero mi hogar; la segunda, el matrimonio de Martín Sancho, un amigo entrañable que vive en California; [...]
Por
Amir
Valle
Desde una silla de ruedas, babeando por una de las comisuras de sus labios, caída como la de un viejo perro buldog, el padre de Heinz Hittich, ex oficial de la Stasi alemana, jamás se conmovió ante las palabras de su hijo. No podía conmoverse. Una noche, mientras cenaba, delante de la mirada asustada de una vecina a la que pagaba servicios de cocinera, perdió el conocimiento [...]
Por
Alejandra
Costamagna
Fogwill dice, sin dudarlo, que Hebe Uhart es la mejor escritora argentina. Y no es sólo Fogwill, uno de los mejores escritores argentinos, quien lo dice. Lo dijo en su momento Haroldo Conti, que divisó líneas comunes entre Uhart y la norteamericana Carson McCullers. Lo comentan sus lectores: que está entre Cesare Pavese y Natalia Ginzburg, dicen, que es la argentina más italiana. [...]
Por
Elidio La Torre
Lagares
En el título de la más reciente entrega literaria del afamado escritor Luis López Nieves, El silencio de Galileo, la supresión de la palabra y el nombre del más grande científico renacentista se yuxtaponen como un oxímoron conceptual. Callar es, incluso, peor que la ceguera de alguien que hace su vida en base a la observación. [...]
Por
Edmundo
Paz Soldán
Hace algunas semanas tuve la oportunidad de participar en un congreso en Cambridge sobre nuevos acercamientos a la cultura popular en América Latina. El encuentro, organizado por el programa de estudios latinoamericanos de la universidad de Cambridge, contó con académicos y escritores de Europa y América Latina. La diversidad del grupo hacía que esos dos días fueran un buen momento para tomarle el pulso a la cultura popular. [...]
Por
Armando
de Armas
Carlos Alberto Montaner. La Habana, 1943. Escritor y periodista. Ha sido profesor universitario y conferencista en varias instituciones de América Latina y Estados Unidos. Es autor de unos quince títulos, entre los que se destacan los libros de ensayo Doscientos años de gringos, La agonía de América, [...]
Por
Santiago
Gamboa
Hace poco más de seis años, cuando pensaba en posibles temas para una columna de opinión que una revista colombiana tuvo la gentileza de ofrecerme, tuve que hacer un viaje a Barcelona, así que comenté el asunto con el escritor Roberto Bolaño, que por esos años escribía una página en un diario chileno. Bolaño, que tenía rápidas y contundentes respuestas para todo, me dijo: "No te metas en política, más bien escribe sobre los libros que has perdido". [...]
Por
León
de la Hoz
Todos hemos visto alguna vez cómo se infringen las normas éticas o de procedimiento de la democracia, incluso por aquellos representantes políticos que debían velar por ellas en razón del deber y trabajar a costa de nuestros impuestos. La última vez que lo sufrí fue a raíz de la imposición de autoridades de la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid; la arrogancia, la mentira, la impostura, la falta de diálogo, la coacción y la amenaza a padres de la escuela donde tengo a mi hijo, [...]
Por
Ladislao
Aguado
La caída del campo socialista y la desintegración de la Unión Soviética en 1989, dejó sin sentido, de la noche a la mañana, las carencias y esfuerzos que durante años habían venido afrontando millones de seres humanos, en nombre del marxismo leninismo, los pobres de la tierra, un futuro luminoso y las ideas delirantes nacidas de la fiebre totalitaria. [...]
Por
Francisco
Balbuena
Asistimos a una época en la que es moneda de uso corriente la mezcla no ya de géneros literarios sino de artes dispares. Quizá siempre haya ocurrido así en la medida de las posibilidades de los tiempos. Desde George Méliès, Segundo Chomón y los pioneros americanos para acá, la cinematografía y la novelística han vivido en coyunda, unas veces con creación fructífera y en otras ciertamente que con resultados frustrantes. [...]
Por
Antonio
Álvarez Gil
La historia del arte universal está llena de nombres de creadores expatriados, de artistas desconocidos u olvidados en su país de origen que, sin embargo, alcanzan el éxito fuera de su entorno natural. Ha ocurrido siempre y seguirá ocurriendo en cualquier punto del planeta, pero se da con mayor frecuencia en las sociedades totalitarias, en las que el pensamiento que difiere del patrón oficial es objeto de coerción o de castigo. [...]
Por
Arturo
González Dorado
Según el filósofo alemán Oswald Spengler, las civilizaciones que aparecen a lo largo de la historia son organismos vivos, nacen y decaen agotando su tiempo vital. Un enfoque algo más matizado, y para mí más próximo a la realidad, es el del gran historiador inglés Arnold Toynbee, las civilizaciones pueden prolongarse indefinidamente si responden adecuadamente a los diversos retos a los que constantemente se enfrentan, tanto internos como externos. [...]