

La caída del campo socialista y la desintegración de la Unión Soviética en 1989, dejó sin sentido, de la noche a la mañana, las carencias y esfuerzos que durante años habían venido afrontando millones de seres humanos, en nombre del marxismo leninismo, los pobres de la tierra, un futuro luminoso y las ideas delirantes nacidas de la fiebre totalitaria.
Millones de personas se preguntaban angustiados, en Polonia, Georgia o la República Checa, por ejemplo, qué sería de ellos a partir de entonces, una vez que, finalmente, el monstruo del capitalismo había terminado por llegar a sus vidas.
La construcción de sociedades democráticas era el punto lejano colocado en el horizonte. El camino hasta él, era simplemente, un campo yermo y repleto de minas antipersonales. Los estragos provocados en las mentalidades nacionales por la ideologización socialista, parecían irreparables.
En 1990, el estudioso arzebaiyano Audín Mirsalínoglu Mamédov contaba al periodista polaco Ryszard Kapuscinki, la nueva realidad a que se enfrentaban estos países:
Los mayores destrozos los causó el comunismo en las conciencias de la gente. La gente no quiere trabajar bien y vivir bien. Quiere trabajar mal y vivir mal. A esto se reduce toda la verdad. […] Después de setenta y tres años de bolchevismo la gente no sabe lo que es la libertad de pensamiento, y en su lugar coloca la libertad de actuación.
La transformación de las sociedades, hasta entonces, portadoras de unos sistemas de producción inoperantes y unas estructuras sociales encaminadas a la sujeción del individuo al estado a través del miedo, lucía una tarea imposible y, también, una gran oportunidad de validación para aquellos que, como el gobierno de Fidel Castro en Cuba, habían logrado sortear el sismo democrático mundial e intentaban aparecer frente a sus pueblos, lectores o militantes, como únicos portadores de la razón y la verdad. Aquella que, durante décadas, habían anunciado luminosa e igualitaria, aunque en el fondo, estuviese repleta de cadáveres. Comenzaba a saberse.
Sin demora, las maquinarias propagandísticas de la izquierda mundial, dieron cabida a las duras crónicas sobre el tránsito. Se hablaba del sentimiento de pérdida en aquellos millones de ciudadanos que, sin mayor explicación, contemplaban la desaparición de unos beneficios sociales que, hasta ese momento, habían sido suministrados de forma gratuita por los estados. La salud pública podía competir ya con instalaciones de sanidad privada, e igual sucedía en la educación, los planes de pensiones o la iniciativa empresarial.
Por si fuera poco, las maquinarias burocráticas diseñadas por el socialismo para entorpecer tanto la vida cotidiana como el desarrollo económico, obstruían muchas veces, nobles y creativos procesos de transformación. Los antiguos jefes, las castas del poder comunista, habían terminado por hacerse con las estructuras de producción y aparecían antes los ojos ciudadanos, reconvertidos en flamantes empresarios. La miseria acumulada durante años y ahora recrecida ante las inevitables desigualdades sociales, no hacía sino fomentar la prostitución, las mafias, el tráfico de drogas y lo que es peor, su consumo y el alcoholismo.
Desde las aguas del mar Caribe, en la Habana de 1990, muchos seguíamos el rumbo, nos contaban que siniestro, emprendida por nuestros antiguos compañeros de ruta.
Hace una semana he regresado de un largo e intenso recorrido por estas repúblicas. Han transcurrido veinte años desde entonces. Y la constatación de la diferencia no puede ser más dura. A partir del próximo número, la revista OtroLunes y yo iremos presentando una serie de crónicas sobre las nuevas sociedades crecidas a partir del fin del socialismo. Acaso, el mejor espejo para preguntarnos, ¿qué va a pasar en Cuba mañana?
Puede escribirle al autor a: ladislaoaguado@otrolunes.com
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