

Según el filósofo alemán Oswald Spengler, las civilizaciones que aparecen a lo largo de la historia son organismos vivos, nacen y decaen agotando su tiempo vital. Un enfoque algo más matizado, y para mí más próximo a la realidad, es el del gran historiador inglés Arnold Toynbee, las civilizaciones pueden prolongarse indefinidamente si responden adecuadamente a los diversos retos a los que constantemente se enfrentan, tanto internos como externos. Pero lo que es una visión global del decurso de la historia como un todo, puede aplicarse a pequeños espacios tanto temporales como geográficos, puede ser la vida de un país, o la vida de una persona inmersa en el choque de la historia que sobre él o ella, aparece con la fuerza de lo fatal, y contra la cual las grandes explicaciones dejan siempre el sabor de una broma amarga. Los millones de muertos en los campos de concentración soviéticos o alemanes, tendrían un magro consuelo en saber que fueron víctimas de la arrogancia de la razón. Los cientos de miles de cubanos desperdigados por cualquier parte del mundo, los miles de presos políticos, los defenestrados, los que han malgastado su vida en las locuras revolucionarias; quienes han sido golpeados, vejados, humillados, o simplemente envueltos en el absurdo del sinsentido disfrazado de sino nacional, tampoco tendrán mucho consuelo en saber que han sufrido los deslices de jugar con los ídolos del nacionalismo y el odio, con los fetiches de la utopía. No obstante, la necesidad de sentido sigue siendo una constante en el ser humano si quiere sobrevivir y no sucumbir a la demencia o al nihilismo, verse abocado al caos que siempre seduce desde la oscuridad del alma, intentando reintegrarle a lo que George Bataille llama tan acertadamente, la continuidad del ser.
Mirar la historia reciente de Cuba, y más que mirarle, sufrirle, es saberse de lleno en la eterna batalla entre civilización y barbarie, sentir el peso de la decadencia en todos los órdenes, y pese a que en un contexto más amplio, ni siquiera el de occidente, sino el americano, el fenómeno de Cuba es un espacio más con pocas posibilidades de influir seriamente en el entorno que le rodea, para nosotros, los cubanos, al menos para los cubanos que piensan y sufren el país, sí ha sido un cambio radical, una irrupción de la barbarie. Pero más bien que una irrupción es más correcto decir una constante penetración, de ahí que el fenómeno pueda pasar desapercibido, y que ante las crisis que se viven en otras partes del mundo, pueda enmascararse como algo relativamente benigno.
La barbarie está sin embargo presente, la barbarie justo como lo opuesto a la civilización, como aquello que reduce la expresión humana a lo más primitivo, a lo más banal, como aquello que disminuye la capacidad de una sociedad de pensar, de elevarse sobre sí misma, de ser humanos mirando hacia el espíritu y no hacia la bestia. La comparación para nosotros no es sólo con un otro exterior, sino con el otro que fuimos y se ha ido, se puede afirmar que nos han robado, o nos hemos dejado robar.
La decadencia obliga a buscar las causas que han ocasionado el estado actual, es decir, hallar la razón, el sentido. Pero buscar el sentido en nuestro caso no es tanto indagar en los factores económicos, políticos o sociales, sin duda alguna imprescindibles en cualquier intento de comprensión, sino ir hacia la estructura mental que ha permitido que las circunstancias de los últimos años se instauren y persistan dañando el país, deteriorando justamente la civilización.
La decadencia nacional ocurre en todos los órdenes insisto, pero lo que más me interesa resaltar, lo menos tocado, y para mí lo decisivo, es esa decadencia que corroe la mente de los cubanos, frente a la cual los meros cambios institucionales o económicos serían sólo un lado de la cura, siempre precarios ante la incapacidad de los ciudadanos de asumir y vivir en sí mismos la libertad y la dignidad.
El totalitarismo, al decir de un querido amigo escritor, es una máquina trituradora de sueños, y la decadencia del sistema, la decadencia de la nación deja, aun a los que creyeron en el sueño revolucionario, sumidos en su propia trampa, devorándose a sí mismos junto con el país. Pero el totalitarismo para instaurarse no sólo necesita de sus añagazas, de sus aparatos de represión, sino de algo más básico, de la complicidad de una parte considerable de la gente que acepten el juego de la demencia, la supresión y coerción de la libertad como algo válido, y peor aún, algo natural. Desde ahí es donde más imperioso resulta romper la dinámica del desastre, ir contra esa estructura que niega lo único por la cual vale la pena ser humanos, el espíritu; desde ahí todo renacer de la nación puede encontrar su fundamento. Para ello y por ello el llamado tiene que ser algo que apele a esa indefinible realidad que marca la humanidad, y que en algunos es capaz de mover la vida toda pese al absurdo, al sinsentido, al desaliento; oponerse a la fascinación del caos, a la reducción de la condición humana a mero rebaño, a cómplice y víctima del absurdo. Desde ahí asumir la culpa nacional, intentar ir más allá de la huida que siempre dejará el sabor amargo de la derrota; atacar la barbarie con lo único que puede demolerle en su raíz, con la asunción radical de una postura otra. Desde ahí el pensar y el actuar deben y tienen que ser la diferencia que sirva para, desde lo que somos y lo que nos ha tocado vivir, intentar de nuevo devolver la esperanza, revertir el desastre, dar sentido a la nación, al hecho fortuito pero ineludible de ser cubanos.
Puede escribirle al autor a: artusgolden@yahoo.com
Por
Uriel
Quesada
Entre el 19 de junio y el 19 de julio he recorrido unos ocho mil quinientos kilómetros a lo largo y ancho de los Estados Unidos. Tres circunstancias afortunadas se dieron: la primera, mi regreso definitivo a New Orleans, el único sitio en este país que aún considero mi hogar; la segunda, el matrimonio de Martín Sancho, un amigo entrañable que vive en California; [...]
Por
Amir
Valle
Desde una silla de ruedas, babeando por una de las comisuras de sus labios, caída como la de un viejo perro buldog, el padre de Heinz Hittich, ex oficial de la Stasi alemana, jamás se conmovió ante las palabras de su hijo. No podía conmoverse. Una noche, mientras cenaba, delante de la mirada asustada de una vecina a la que pagaba servicios de cocinera, perdió el conocimiento [...]
Por
Alejandra
Costamagna
Fogwill dice, sin dudarlo, que Hebe Uhart es la mejor escritora argentina. Y no es sólo Fogwill, uno de los mejores escritores argentinos, quien lo dice. Lo dijo en su momento Haroldo Conti, que divisó líneas comunes entre Uhart y la norteamericana Carson McCullers. Lo comentan sus lectores: que está entre Cesare Pavese y Natalia Ginzburg, dicen, que es la argentina más italiana. [...]
Por
Elidio La Torre
Lagares
En el título de la más reciente entrega literaria del afamado escritor Luis López Nieves, El silencio de Galileo, la supresión de la palabra y el nombre del más grande científico renacentista se yuxtaponen como un oxímoron conceptual. Callar es, incluso, peor que la ceguera de alguien que hace su vida en base a la observación. [...]
Por
Edmundo
Paz Soldán
Hace algunas semanas tuve la oportunidad de participar en un congreso en Cambridge sobre nuevos acercamientos a la cultura popular en América Latina. El encuentro, organizado por el programa de estudios latinoamericanos de la universidad de Cambridge, contó con académicos y escritores de Europa y América Latina. La diversidad del grupo hacía que esos dos días fueran un buen momento para tomarle el pulso a la cultura popular. [...]
Por
Armando
de Armas
Carlos Alberto Montaner. La Habana, 1943. Escritor y periodista. Ha sido profesor universitario y conferencista en varias instituciones de América Latina y Estados Unidos. Es autor de unos quince títulos, entre los que se destacan los libros de ensayo Doscientos años de gringos, La agonía de América, [...]
Por
Santiago
Gamboa
Hace poco más de seis años, cuando pensaba en posibles temas para una columna de opinión que una revista colombiana tuvo la gentileza de ofrecerme, tuve que hacer un viaje a Barcelona, así que comenté el asunto con el escritor Roberto Bolaño, que por esos años escribía una página en un diario chileno. Bolaño, que tenía rápidas y contundentes respuestas para todo, me dijo: "No te metas en política, más bien escribe sobre los libros que has perdido". [...]
Por
León
de la Hoz
Todos hemos visto alguna vez cómo se infringen las normas éticas o de procedimiento de la democracia, incluso por aquellos representantes políticos que debían velar por ellas en razón del deber y trabajar a costa de nuestros impuestos. La última vez que lo sufrí fue a raíz de la imposición de autoridades de la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid; la arrogancia, la mentira, la impostura, la falta de diálogo, la coacción y la amenaza a padres de la escuela donde tengo a mi hijo, [...]
Por
Ladislao
Aguado
La caída del campo socialista y la desintegración de la Unión Soviética en 1989, dejó sin sentido, de la noche a la mañana, las carencias y esfuerzos que durante años habían venido afrontando millones de seres humanos, en nombre del marxismo leninismo, los pobres de la tierra, un futuro luminoso y las ideas delirantes nacidas de la fiebre totalitaria. [...]
Por
Francisco
Balbuena
Asistimos a una época en la que es moneda de uso corriente la mezcla no ya de géneros literarios sino de artes dispares. Quizá siempre haya ocurrido así en la medida de las posibilidades de los tiempos. Desde George Méliès, Segundo Chomón y los pioneros americanos para acá, la cinematografía y la novelística han vivido en coyunda, unas veces con creación fructífera y en otras ciertamente que con resultados frustrantes. [...]
Por
Antonio
Álvarez Gil
La historia del arte universal está llena de nombres de creadores expatriados, de artistas desconocidos u olvidados en su país de origen que, sin embargo, alcanzan el éxito fuera de su entorno natural. Ha ocurrido siempre y seguirá ocurriendo en cualquier punto del planeta, pero se da con mayor frecuencia en las sociedades totalitarias, en las que el pensamiento que difiere del patrón oficial es objeto de coerción o de castigo. [...]
Por
Arturo
González Dorado
Según el filósofo alemán Oswald Spengler, las civilizaciones que aparecen a lo largo de la historia son organismos vivos, nacen y decaen agotando su tiempo vital. Un enfoque algo más matizado, y para mí más próximo a la realidad, es el del gran historiador inglés Arnold Toynbee, las civilizaciones pueden prolongarse indefinidamente si responden adecuadamente a los diversos retos a los que constantemente se enfrentan, tanto internos como externos. [...]