

Fogwill dice, sin dudarlo, que Hebe Uhart es la mejor escritora argentina. Y no es sólo Fogwill, uno de los mejores escritores argentinos, quien lo dice. Lo dijo en su momento Haroldo Conti, que divisó líneas comunes entre Uhart y la norteamericana Carson McCullers. Lo comentan sus lectores: que está entre Cesare Pavese y Natalia Ginzburg, dicen, que es la argentina más italiana. Y lo dijo también Elvio Gandolfo, uno de los mejores críticos literarios, ya que estamos, que comparó a la autora de El budín esponjoso (1977), La luz de un nuevo día (1983), Camilo asciende (1987), Guiando la hiedra (1997), Del cielo a casa (2003) y Turistas (2008)con Felisberto Hernádez, Clarice Lispector, Mario Levrero y el propio Fogwill. Y se atrevió a ir más lejos, Gandolfo: atribuyó a la periférica y cada vez más reconocida escritora argentina una “mirada marciana”.
Con pinta de afuerina, expresión ingenua y un humor finísimo, la mujer que nació en la ciudad de Moreno en 1936, que estudió filosofía, leyó con devoción a Fray Mocho, huyó de las aureolas del éxito, trabajó como docente y cronista de viajes, publicó cuentos y novelas, viajó en bus por interiores y exteriores de perímetro amplio y hoy dicta talleres literarios en Buenos Aires, se define como “una persona que mira”. Y cuando dice mira quiere decir escucha. Quiere decir que en los relatos de la docena de libros publicados desde 1962 hasta la fecha sigue una línea que jamás se guía por el impacto de los acontecimientos, sino por el deseo humano de captar, encender las antenas, almacenar en la memoria el microcosmos contemplado y recién entonces traer las historias de vuelta como si estuvieran ocurriendo ahora, en este mundo, y el lector las escuchara en tiempo real.
Pero lo que en verdad captan las antenas de la más antisolemne de las escritoras argentinas, la más exquisitamente coloquial, es ese brote intangible, en ocasiones delirante, que termina por aflorar en los seres comunes y corrientes que trae a colación. Como si los bajara directamente del cielo. Y una vez en casa, bien sujetados, les extrajera el habla, con modismos y disparates incluidos. Puede ser la mujer del cuento Guiando la hiedra, por ejemplo, que mientras riega las plantas de su balcón y atribuye cualidades humanas a enredaderas y margaritas, detecta en sí misma una veta grosera. O la abuela chaqueña de Leonor, anulada por sus nietos y convencida de que los padres no deberían dar demasiada instrucción a sus hijos, porque “después los hijos la pordelantean a una”. O en similar sintonía, el muchacho de pueblo, trepador como las mismas hiedras del balcón, en la novela Camilo asciende, que se avergüenza de su origen y enfrenta a los padres con desdén al ver a su hermana menor: “¿Y esa chica sin bombachas? ¿Qué futuro le están preparando?”. O, en un registro ligeramente distinto, el turista alemán de Stephan en Buenos Aires, que recuerda al Fogwill más hilarante de Muchacha punk: “Iba yo recorrer calle Florida, cuando vi pájaro gorrión. Pájaro gorrión casi universal y chilla en universal. Y las palomas allá arriba en cable de calle, muchas ellas, una de lado de otra, quietas como soldados. Bajan dos y comen arriba de piso; pájaro gorrión no come directo, él roba escondido de las palomas”.
Y si en el relato Turistas la protagonista, una mujer que se empeña en llevar de vacaciones al extranjero a su letárgica familia, asegura no saber en qué mundo viven los hombres; en El centro cultural la incógnita será ¿de qué están hechas las mujeres? Pero las de Uhart y sus personajes no son disyuntivas de género. Sólo son preguntas acerca del tejido intrínseco de los seres humanos. O más bien de los seres a secas. Porque la autora también interpreta lo que eventualmente perciben los objetos. El vestido mustio y triste de una de las historias que “parecía decir: nunca más me vas a querer”, o la casita blanca recién construida que “parecía que dijera aquí estoy yo”. Todas acotaciones emparentadas con su inmarchitable capacidad de percepción.
Podría decirse que en los relatos de Hebe Uhart no pasa nada. Y probablemente sea cierto. Pero habría que acotar: nada extraordinario. Y precisar también que no es el tipo de nada que enmascara el todo, al modo de Carver o Hemingway. Porque la nada de Uhart es la extrañeza de la vida, nada menos. Y acaso habría que advertir que en estos escenarios no habrá revelaciones ni knock out y que las anécdotas no serán redonditas, perfectas como un círculo. Y que en los cuentos de la mejor escritora argentina del momento nadie percibirá tramas secretas donde lo que verdaderamente importa es la mirada excepcional, marciana, de Hebe Uhart. Habrá que estar muy atentos a lo que viene a continuación: “Últimamente me he dedicado a visitar el zoológico”, ha anticipado la autora. “Me paso horas observando a los monos, gorilas y chimpancés. Estoy preparando crónicas de animales”.
Puede escribirle a la autora a: alejandracostamagna@otrolunes.com
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