El negro Vergara, dueño del mundo

Con este cuento, su autor Iván Darias Alfonso (Placetas, 1971) obtuvo la primera mención en la quinta edición del Concurso Nacional de Cuentos Celestino, auspiciado por la Asociación Hermanos Saíz de Holguín. Sin embargo, el texto no fue incluido en el Cuarto Libro de Celestino, publicado en el 2007 por Ediciones La Luz, cuando el autor ya no residía en Cuba. En tal edición se incluyeron los cuentos premiados y finalistas de las ediciones 2003-2005. Por azares tecnológicos, “El negro Vergara…”, se perdió como el resto de los ficheros irrecuperables de la primera computadora portátil del autor. Luego de varias gestiones con los amigos, finalmente apareció una copia que compartimos con los lectores de Otro Lunes.

 

La noche fue un martes, o un miércoles, en uno de esos días insignificantes, perdidos en su definición personal de la semana en la que solo los viernes y los sábados tenían una función específica y trascendental.  Se inició como todas, con la débil luz que iluminó al cantante, al negro de ojos inyectados en alcohol y trasnoche, y más tarde prosiguió con la normalidad de los procesos controlados, como si alguien quien sabía dónde, se encargaba de darle cuerda a un reloj que hacía avanzar las horas entre el ocaso y la nueva salida del sol.  Leer más…

El veredicto

elveredicto-evamariamedina-enlamismaorilla-otrolunes26−¡Póngase en pie el acusado!

Scrooge se levanta con torpeza.

−Ebenezer Scrooge, la ciudad de Londres le acusa de los siguientes delitos: avaricia en primer grado y falta de caridad, también en primer grado. Se declara usted culpable o inocente.

−Inocente, señoría.

−Se inicia la vista. Proceda señor fiscal.

−Con la venia señoría, que suba al estrado el espíritu de la Navidad Presente. Leer más…

Chandler, el cuentista

La puerta de bronce y otros relatos
Raymond Chandler
Editorial Catedral, 2012

 

lapuertadebronce-raymondchandler-librario-otrolunes26A Raymond Chandler, uno de los epígonos de la novela negra norteamericana, pareja de hecho de Dasshiel Hammet, se le conoce, sobre todo, por sus novelas policiacas Adiós, muñeca y El largo adiós con las que catapultó a su personaje Philippe Marlowe, un investigador cínico, cáustico y mujeriego, pero Chandler, que quería ser escritor serio y aprendió el oficio de forma tardía, a los 45 años, en revistas pulp como Black Mask, tiene una obra narrativa corta, nada despreciable y poco conocida en España, que llega gracias a una cuidada edición que hace Cátedra. Leer más…

Sagradas pasiones

Estos poemas pertenecen al libro Sagradas pasiones,
en su edición de la editorial Voces de Hoy, Miami 2012.

 

Pasión de Ana

-¿Y usted puede describir esto?
Y yo le dije:
Puedo.

Ana  Ajmátova.

 

Años antes de nombrar por primera vez la muerte, de predecirla y entregársele tan pulcra y de blanco como una novia, Ana Ajmátova reposó su mentón en los firmes balostres de la cárcel de Leningrado. Tres veces gritó el nombre de su único hijo, como si hablase ya desde otra vida, quizás de donde Gumilev, su esposo fusilando, continuaba dialogando. Leer más…

La sangre del Tequila (X)

Félix Luis Viera, poeta, cuentista y novelista cubano.

Félix Luis Viera, poeta, cuentista y novelista cubano.

Félix Luis Viera, convertido en uno de los escritores imprescindibles en la historia de la Literatura Cubana desde que sus libros de cuentos Las llamas en el cielo yEn el nombre del hijo adquirieron la categoría de “clásicos nacionales” y “libros de culto” para varias generaciones de escritores en la isla, nos comentó en un mensaje electrónico que le gustaría rescatar aquella tradición de épocas pasadas en la que escritores que hoy consideramos “universales” convertían a miles de lectores en perseguidores cautivos de sus novelas por entregas.

Confesamos que nos surgió la duda: ¿podria ocurrir lo mismo con las nuevas generaciones de lectores, acostumbradas más a la lectura rápida en pantalla que al goce con las historias contadas a retazos y sazonadas con el olor fresco de la tinta de imprenta, como sucedía en siglos pasados?

Así, como un reto, surgió la idea de publicar en OtroLunes, por entregas, la novela La sangre del Tequila de este reconocido escritor y amigo. Y nos complace decir que Félix Luis no se equivocaba: miles de lectores clickean en cada número de la revista sobre estos capítulos de su novela, como demuestran nuestras estadísticas de lectura. Y en cada nueva entrega, nuevos lectores se suman.

Aquí, como en los números anteriores, ofrecemos a esos “cautivos” un nuevo capítulo, como se dice mucho en español, “recién acabadito de sacar del horno”.

Redacción de OtroLunes Leer más…

El peso del humo

elidiolatorre-columna-ilustracion-otrolunes26Dejar de fumar provoca una terrible soledad. Es una cosa espantosa, tan solo comparable al momento que sentí morir a mi madre y un terrible sentido de orfandad se sublevó en mis adentros. Es una carga superlativa la de andar por el mundo y saberse trunco en el origen de uno. Igual me pasa con el hecho de saberme no fumador. Me siento huérfano, desterrado de mi árbol genealógico literario, donde aparentemente todo el mundo fuma.

Nadie nace fumando, pero tampoco nadie nace hablando, y creo que en el mundo han muerto más personas por lo que han dicho que por lo que se han inhalado. Está bien, tal vez es una inofensiva exageración, una futil apología del humo seguramente propiciada por el hecho de que crecí con mi abuela, que fumaba en el balcón en su ritual de todas las tardes, cuando se sentaba a ver cómo el sol de litio se iba escondiendo tras las montañas. Luego dejó de fumar. A los setenta años. El día que cumplió noventa se jactaba de que llevaba veinte años sin fumar y que no le hacía falta. Los últimos seis años de su vida ni recordaba quién era. Perdió toda existencia del lenguaje en su cerebro.

Pero mi compulsión por el tabaco puede que no haya sido conducta aprendida y sí un estadio freudiano, repetido en mí como se repiten las cosechas de café en mi pueblo. Cualquier sujeto que se haya comido un banano maduro a las tres horas de haber nacido debe poseer un apetito grande por el mundo, la boca grande o un karma hambriento. O todas las anteriores. Entonces, fuma. Quizás suena como un divertido mito, pero lo del banano me lo contaba mi madre. Mi padre nunca lo ha negado, aunque cuando le pregunto si yo fui enviado de otro planeta, su silencio es igual de elocuente. Papá también fue fumador por un tiempo. Hasta que nací, precisamente.

Fumar no es una cosa que se planifica. Creo yo. A mis doce años, recuerdo que mi hermana mayor le saqueaba uno que otro cigarro a mi abuela y me invitaba a fumar con ella. Entiendo que era más una actividad trasgresora o curiosidad que necesidad; digamos, algo para atormentar la monotonía. Mi hermana, de hecho, no heredó el gen fumador. En cambio, yo sí.

No es algo de lo que yo me jacté, por supuesto, pero tampoco voy a negar que una vez descubrí mi pasión por la escritura, quien primero estuvo conmigo fue la cajetilla de Marlboro.

Luego mis lecturas se fueron plagando de humo. Hemingway, Faulkner, Joyce, Cortázar, Onetti, Hammett, Kerouac, Bukowski… por Dios, parecía que ser escritor conllevaba una combinación de lecturas, talento y humo.  Sin duda que la historia de la literatura es un sahumerio sin filtro, como cuenta la historia de Mijaíl Bajtín, quien, al ser condenado por Stalin a un campo de trabajo en Siberia, se dio a fumar hierbas silvestres enrolladas en el papel donde había escrito un ensayo sobre Goethe. Bajtín, bajo la certeza de que existía una facsímil del trabajo guardado en Moscú, fumó hoja a hoja el escrito que aún sometía a revisiones. Al final, el escrito se esfumó.

Es casi irónico que el último film donde el hábito de fumar es un personaje más sea a la vez la canción de cisnes de la presencia pública del cigarrillo.  Smoke, de 1995, escrito por un fumador bona fide, Paul Auster, y dirigida por Wayne Wang, narra las vidas entrelazadas de cuatro personajes en búsqueda existencial de lo que ellos llaman el “peso del humo”. Los años noventa convirtieron a miles de fumadores en parias al prohibirse, rigurosamente, en los Estados Unidos y Puerto Rico, el consumo de cigarrillos en lugares públicos.  Así se va de hábito a vicio, a la velocidad de una medida legislativa. Sin embargo, la prohibición tuvo el mismo impacto que el de las campañas de abstención sexual durante los ochenta: ninguno. O casi ninguno. La gente siguió fumando después de tener sexo, comer o tomar café.

Al parecer, el humo produce filosofía. Beckett, Wilde, Octavio Paz, el joven Vargas Llosa, Truman Capote, Bolaños. Karl Marx incluso aceptó que su Das Kapital jamás pagaría por todos los cigarros que consumió mientras escribía la obra. No sé si se tratará de alguna coyuntura definitoria entre la química del cerebro y e inhalar tabaco, pero Sartre argumentaba que fumar era poseer el mundo, puesto que para el fumador, el universo se comprueba mientras se fuma. Y vamos a tener que asumirlo por tautología: la mayoría de las personas vinculadas al arte y al tabaco en algún momento admitirán que el hábito posee propiedades estimulantes para acompañar la inspiración y curar las ideas brillantes.

Nunca fui (porque ya aprendo a conjugar el verbo en pasado cuando se trata de fumar) un fumador compulsivo. Podía fumar unos diez cigarrillos al día, y en los últimos meses consumía menos, hasta que me sentaba a escribir. Entonces perdía la cuenta. Pero ya entonces se me hacía un pesado vicio (todos tenemos vicios de construcción), y hasta pensaba que fumar me sería insostenible si finalmente me decidía ir a vivir a la ciudad de Nueva York (en donde el paquete de cigarrillos cuesta doce dólares). Así que comencé a deshacerme de lo que me deshacía.

Cuando se lo comenté a un amigo, me dijo que yo estaba loco. Que la razón por la cual ya no había ni Hemingways ni Bolaños ni monstruos literarios era porque ahora los escritores no fumaban y tomaban café de Starbucks. Como sea. Una de las fotos memorables de Leonardo Padura lo muestra con su habano en la boca y pienso que tal vez, tal vez, solo tal vez, mi amigo pudiera tener razón.

Sarte, al pensar en dejar de fumar, imaginaba que desaparecería el humo conductor que ahumaba su cotidianidad. De la intimidad de pensar y escribir hasta rituales de socialización como cenar e ir al teatro, fumar era lo que daba sentido a lo que constituía su vida. Según The Faber Book of Smoking, editado por John Walton (2000), el fumador sartreano recibe al mundo cigarrillo en mano: en el cigarrillo se encarna la actitud corporal hacia la existencia misma.

Mark Twain se describía a sí mismo como un “fumador incansable” y se jactaba al decir que: “Dejar de fumar es fácil. Lo sé, porque lo he logrado en miles de ocasiones”. La nicotina, como la cafeína, es una anfetamina. Estimula y ayuda en la concentración. Y, en cierto modo, equivale a hacerse dependiente de estímulos externos para encontrar lo que se supone resida en el interior de uno. La escritura, he de sostener, es un zen.

De todos modos, quiero pensar que no he perdido el savoir faire por falta de muletilla. No quiero sentir que las palabras me han abandonado por falta de humo, sino que debo descubrir nuevas palabras entre mi nueva carencia. Sencillamente me entrenaré como escritor smoke-free.

[suspiro]

Que se joda. Al final, quién sabe, todos somos una hermosa ficción.

Comienzo mañana.

 

(Nota aclaratoria: Elidio La Torre Lagares en realidad ha dejado de fumar).

Hamsun

joseluismunoz-columna-ilustracion-otrolunes26Días atrás vi Hamsun, un interesante biopic sobre el Nobel noruego. Firmaba la película, rodada en 1996, que pasaban por una cadena estatal española, un realizador sueco notable de la generación de Ingmar Bergman y Bo Wideberg: Jan Troell. Del octogenario realizador había visto, muchos años atrás, excelentes filmes, el díptico Los emigrantes y Huracán, por ejemplo, pero no tenía noticias de él últimamente. Hamsun, protagonizado por uno de los grandes actores europeos vivos, Max Von Sydow, el actor fetiche del desaparecido Ingmar Bergman, y protagonista también de ese filme de Troell sobre la emigración escandinava a Estados Unidos, me interesó no solo por la impecable factura narrativa del filme sino también por el acercamiento al Nobel, tormentoso personaje y escritor extraordinario.

Cuando leí a Knut Hamsun, a mediados del siglo pasado, con muy pocos años —la culpa la tuvo la bien surtida biblioteca de mi padre y el ver que mi hermano mayor disfrutaba con sus novelas, lo que me producía una sana envidia y ganas de imitarlo— no tenía ni idea de su pasado filonazi. Es más, en la España franquista en que la obra de Knut Hamsun se publicó –creo que yo la leí en una magnífica colección de la editorial Aguilar llamada Premios Nobel en la que publicaban las obras completas de los escritores que habían obtenido el galardón—ese detalle ideológico no ponderaba, o ponderaba a favor del autor noruego. Recuerdo que las tres novelas que leí —Hambre, publicada en 1888, inmediatamente después de que Hamsun diera por finalizada su etapa de emigrante a Estados Unidos, Pan y Un vagabundo toca con sordina—me impactaron positivamente; me acuerdo vagamente de ellas, lo que con el tiempo transcurrido quiere decir que me dejaron huella, y me llamó la atención el papel importante que la naturaleza (Hamsun venía del medio rural y ejerció, sucesivamente, de aprendiz de zapatero, carbonero, maestro de escuela, picapedrero, empleado comercial, vendedor ambulante y escribiente de un puesto de policía) jugaba en su narrativa.

Han pasado más de cuarenta años desde que leyera a Knut Hamsun y tengo la certeza de que su prosa era fluida, rica, sensual, elegante y profunda. Quizá, si lo volviera a leer ahora no pensaría lo mismo. Pero el que leyera hoy a Hamsun tampoco sería el mismo que lo leyó cuarenta años atrás y quedó fascinado por sus novelas.

El excelente biopic de Jan Troell nos presenta a Hamsun en sus últimos años —y a Max Von Sydow, metido en su papel, en parecido trance, como el propio director por edad—, un Nobel que apenas escribe sino alguna nota laudatoria sobre Hitler en los periódicos —«Era un guerrero, un guerrero para la humanidad y un predicador del evangelio sobre el derecho de todas las naciones; un reformista del más alto rango y su destino histórico fue precisamente actuar en un tiempo de brutalidad, que finalmente le hizo caer», llegó a decir en su obituario—, monstruo al que seguía, más que nada, por su aversión a Albión, y con tensas relaciones con su esposa e hijos. El Hamsun decante, torpe, grotesco, paralizado literariamente hablando, de andares dolorosos por ese paisaje nevado de Noruega, se convierte, a los ojos del espectador, o de yo como espectador, para no generalizar, en alguien absolutamente vulnerable, a pesar de su arisco envoltorio y sus diatribas vitriólicas, ante el último capítulo de la novela de su vida que se resiste a escribir  (¡Pues no me voy a morir!, suele decir). Ese patriarca noruego, del que su país se sintió orgulloso en su momento por haber obtenido el premio Nobel de literatura en 1920, se convirtió, a los ojos de los ciudadanos que lo habían leído y admirado, en un traidor, y no sin razón. Pero la humanidad de su personaje reside precisamente en sus errores, sus dudas y contradicciones, en el modo cómo intercede, a regañadientes, para que no sean fusilados unos jovencísimos miembros de la resistencia noruega (de los que piensa que se equivocan al enfrentarse al nazismo, pero no merecen tan drástico castigo); en la decepción traumática que le causa su encuentro con Hitler, cuya vulgaridad en la distancia corta le abruma; en el deseo, una vez terminado ese horror de la Segunda Guerra Mundial y haber visto algunas imágenes de los desmanes cometidos por los que él tanto admiraba, de pedir su juicio y castigo (llega a exigir que le fusilen, pero lo recluyen en un manicomio del que sale moribundo y medio ciego).

El caso de Knut Hamsun, detestable en lo ideológico (ofreció a Goebbels la medalla de su Premio Nobel), no es excepcional en el mundo de la literatura. Se me ocurre, a bote pronto, el del francés Louis-Ferdinand Céline, otro apestado por sus ideas fascistas, pero escritor extraordinario, y el Jorge Luis Borges benevolente con la Junta Militar Argentina. Lo importante del creador, por lo que la posteridad le va a juzgar, no son sus fallos terrenales, sus infidelidades y amores profanos, sus cobardías y traiciones, sino su obra, que es lo que perdurará. La obra es siempre más importante que su autor.

El Knut Hamsun que queda reflejado en la película de Troell  fue un mal marido, peor padre y un traidor que llamó a no luchar contra los amigos alemanes cuando éstos invadieron Noruega, pero ello no le resta ninguno de los méritos por los que ha pasado a la posteridad.

Knut Hamsun, por esos misterios editoriales inexplicables, dejó de publicarse en España hasta que una editorial, especializada en autores escandinavos, Nórdica, lo rescató no hace mucho. El Nobel noruego no tiene plaza ni calle alguna en su país: su traición pesa más que su valía literaria.

Nuestros valores: una apuesta

urielquesada-columna-ilustracion-otrolunes26Vivimos en un mundo de valores. Se habla de valores nacionales, empresariales, religiosos, institucionales.  Antes de echar marcha a un proyecto –se nos instruye a quienes trabajamos con personas– debemos conocer los valores de quienes están con nosotros, de otro modo lo que tenemos en mente hacer puede estar desde un principio condenado al fracaso.

Los valores se entienden sobre todo como principios grupales, aunque también hay un espacio reservado a principios individuales.  No creo que sea necesario recordar que muchas veces lo grupal contiene a lo individual,  pero que en muchas otras lo individual queda fuera, disiente de cómo el grupo se percibe a sí mismo. Quizás a partir de lo que consideramos irrenunciable  los individuos buscamos a otros similares a nosotros, y así construimos afinidades y luego amistades.  Algunos teóricos mencionan tres características de los valores: a) son de largo plazo o poco variables; b)  influyen en el comportamiento de las personas y  c) sobre todo se expresan por acciones.  Desde ese punto de vista, los valores deberían ser el producto de una constante negociación  –con lo cual tenderían a modificarse en el tiempo y por tanto ser inestables, contradiciendo el postulado a).  También podría considerarse que están determinados al menos por el lugar y las condiciones sociales y económicas, y que el comportamiento de las personas reflejaría no un absoluto, sino las variaciones en torno alguna creencia, desde el momento en que se instala en el  tejido de relaciones de un grupo hasta que se pierde o se corrompe.

Desde una perspectiva más idealista,  los valores deberían ser el producto de un ejercicio democrático, pero muy a menudo se presentan más bien como el dictado de grupos de poder  –la iglesia es un buen ejemplo– y se usan para ejercer y justificar todo tipo de violencia, aunque un valor, como creencia,  se nos presente siempre positivo.

Personalmente  tengo problemas con muchos de los llamados valores, pues para mí representan una camisa de fuerza que se da por legítima y buena. Por ejemplo,  me siento excluido de “familia”, un valor que asocio cada vez más con la derecha blanca, heterosexual,  religiosa y clasemediera de los Estados Unidos.  “Patria”, es un valor que se ha usado para reprimir la diferencia y la disidencia.  Por el contrario, asumo “educación” como un valor fuerte, siempre y cuando lleve a la superación e independencia de los individuos.

Como parte de un ejercicio sobre “aptitudes interculturales”,  llegó a mis manos un artículo de L. Robert Kohls, titulado “The Values that Shape U.S. Culture”, publicado a mediados de los ochenta por el Washington International Center. El texto pretender ser una guía para entender a los americanos, es decir un una especie de manual de autoayuda dirigido a gente que visita el país.

En total, Kohls y su grupo identifica los siguientes valores:

1.- Control personal sobre el entorno; es decir,  la certeza de que el ser humano puede modificar lo que le rodea, lo que le daría  a Estados Unidos una imagen de ser una “sociedad llena de energía y orientada a la consecución de objetivos”.

2.- Cambio o movilidad,  pero siempre en sentido positivo.

3.- Uso productivo del tiempo

4.- Igualitarismo

5.- Individualismo, independencia y privacidad

6.- Auto superación

7.- Competencia/libre empresa

8.- Orientación hacia el futuro/optimismo

9.- Orientación hacia el trabajo y la acción

10.- Informalidad

11.- Apertura, honestidad, franqueza

12.- Eficiencia, practicidad

13.- Materialismo

Los que coordinaban el ejercicio sobre aptitudes nos pidieron a los asistentes que señaláramos  el valor con el que nos sintiéramos más identificados, así como aquél que nos parecía que menos nos representaba como individuos.  Para contestar la primera pregunta, yo escogí “Cambio”,  pues me gustaría pensar que siempre estoy abierto a lo que la vida traiga, y que soy capaz de ajustarme, sea a un reto o a un problema. También me veo a mí mismo como una persona en constante búsqueda, aunque he de admitir que la mayoría de mis búsquedas han terminado truncadas.   Para la segunda pregunta elegí “Competencia/libre empresa”,  lo cual pareciera contradictorio con una vocación de cambio,  pues en la mentalidad norteamericana cambiar está asociado con la libertad, y más específicamente con la posibilidad de competir.  Sin embargo, la noción de que competir es un valor me causa desasosiego, más aún cuando “libre empresa” se ha usado para justificar intervenciones en nuestros países latinoamericanos o la perpetuación de estructuras de poder violentas.

¿Cuáles escogería para un lugar como Costa Rica?  “Igualitarismo”, “Orientación hacia el futuro/optimismo”, y “Materialismo”.  Sigo creyendo que los costarricenses se consideran igualitarios, y que la tradición o los lazos de familia funcionan para ganar influencia pero no para relacionarse con los demás en el día a día.  Los ticos son fundamentalmente optimistas, pero lo son respecto a su propia condición individual,  no necesariamente en cuanto al destino del país. Encuesta tras encuesta se puede ver una percepción radicalmente distinta entre el bienestar individual o familiar y el futuro del país. El primero tiende a ser positivo; el segundo, no.  Finalmente, el materialismo cumple una función importantísima como creencia que cohesiona los deseos de amplios sectores sociales. Ahora bien, Kohls piensa en el materialismo como “tener”;  yo preferiría pensarlo como “desear tener”, pues aún ahora Costa Rica sigue siendo un país pobre, donde el acceso a los bienes y servicios de consumo es muy limitado. Quizás por la cada vez más amplia brecha social, quienes pueden tener no solamente se hacen de sus bienes sino que los exhiben. La presencia de esos mismos bienes –inaccesibles para muchos– marca el carácter de deseo. Costa Rica sería el perfecto país capitalista si no fuera tan pobre.

Me gustaría que la zona gris del individualismo costarricense se moviera hacia áreas de mayor cooperación.  Pienso en Costa Rica como una sociedad eminentemente solidaria,  con gran capacidad para movilizarse en tiempos de crisis. Sin embargo, hay una desconfianza siempre presente, quizás porque tarde o temprano algunos sacan provecho del esfuerzo colectivo.  Creo también que el tico promedio es trabajador, aunque admitirlo no sea bien visto. Cuando se vive en un país nombrado como “el más feliz del mundo”, resulta casi obsceno asociarse con el trabajo duro.  Pero Costa Rica ya no es la aldea dormida donde creímos crecer.  Las demandas de una sociedad abierta en el siglo XXI imponen una serie de exigencias de productividad y eficiencia. La clase media se ha empobrecido, y para salir adelante se trabaja una o varias jornadas. La gente se desplaza largas distancias por ciudades complicadas para llegar a su trabajo.  En economía el trabajo es un mal –por eso esperamos un pago a cambio– pero también puede ser un motivo de orgullo, como lo es para muchos costarricenses.

 

 

Un gótico sureño extremadamente sutil

Siempre hemos vivido en el castillo
Shirley Jackson
Editorial Minúscula, 2012

 

Siemprehemosvividoenelcastillo-shirleyjackson-librario-otrolunes26En 1798, Charles Brockden Brown publicaba la novela Wieland o La transformación, y con ella extirpaba los viejos fantasmas que los colonos norteamericanos habían traído del viejo mundo y los sustituía por nuevos horrores autóctonos. Brown partía de un hecho verídico acaecido en Nueva York poco antes para, como buen ilustrado, exponer sus ideas políticas y morales acerca de la sociedad seudo-puritana que le había tocado en suerte vivir: el asesinato de una mujer y sus hijos por parte de su marido y padre, víctima de sombríos delirios religiosos. Leer más…

Una de esas historias de ayer escritas con formas de hoy

Ojos de lagarto
Bernardo Fernández, BEF
Salto de Página, 2012

 

ojosdelagarto-bef-librario-otrolunes26Uno de los motivos por los que la ciencia ficción cedió parte de su hegemonía popular a cierta literatura de aventuras a mediados del siglo XX, fue la cada vez más evidente dificultad de esta última para conjurar el sentido de la maravilla presente en la obra de viejos aventureros como H. Rider Haggard, el Verne de Los hijos del capitán Grant y Los misterios de la jungla o el Burroughs de la serie de Tarzán. No es casual, por lo tanto, que muchos de ellos (Verne, Burroughs), alternasen las selvas de África con las llanuras (entonces solamente imaginadas) de la Luna o de Marte: Leer más…