Joel Franz Rosell
"Se puede escribir desde el alma cubana para otras culturas"

Entrevista en exclusiva para OtroLunes

Dossier

Aunque no esté escrito, ¿crees que exista un canon “cubano” de la literatura infantil?

Hubo un intento previo con la encuesta de Sergio Andricaín sobre “los libros más significativos de la literatura infantil y juvenil cubana entre 1959 y 1985”. Si bien el período abarcado resulta hoy demasiado corto y remoto, los 48 autores y “especialistas” consultados votaron por 10 libros, algunos de los cuales han sido durablemente considerados como modélicos o ejemplos de alta calidad. Muchos de esos títulos exponían con demasiado énfasis los valores ideológicos de la época y hoy han sido “superados”, pero otros conservan merecido prestigio: Caballito blanco (1974), de Onelio Jorge Cardoso, Juegos y otros poemas (1974), de Mirta Aguirre, Cuentos de Guane (1976), de Nersys Felipe, Palomar (1979) y El valle de la Pájara Pinta (1984), de Dora Alonso… Mucho más recientemente, con motivo de los diez primeros años del premio La Rosa Blanca se otorgó un reconocimiento canonizante (que no comparto) a La noche (1989), de Excilia Saldaña. Un canon –decálogo o no– nunca debe ser propuesto por una sola persona; no obstante, me parece que algún día se reconocerá a Hilda Perera su singular aporte no solo con Cuentos de Apolo, que en fecha tan temprana como 1948 ya introdujo lo que 21 años más tarde destacaría a la mejor literatura infantil “revolucionaria”, sino también con la hermosa novela a tres voces La jaula del unicornio(1990).

 

Hay obras que se convierten en imprescindibles a la hora de entender un género literario. En el cuento y la novela, en Cuba, hay una larga lista de esas obras. Quiero que te atrevas ahora a lanzar lo que podría llamarse el “Listado Rosell de la Literatura Infantil Cubana”. ¿Qué obras incluirías como imprescindibles para entender el desarrollo del género?

Es una pregunta muy difícil. Pero como no se trata de un canon, sino de la Lista Rosell, no voy a esquivarla. De todos modos, he publicado varios panoramas de la literatura infantil cubana y cruzándolos, saltarían a la vista un grupo de obras que me parecen importantes, ya por sus logros intrínsecos y durables ya por su rol en la evolución del género. He aquí una lista que tendrá en todo caso dos defectos: 1) no me he demorado mucho en componerla a base de recuerdos y rápida consulta de algunas de mis publicaciones precedentes, y 2) como en toda selección, las obras más recientes no han podido pasar la prueba del tiempo. No incluiré ninguna obra posterior a 2010, pues aunque estuve en Cuba a comienzos de 2011, no puedo pretenderme mínimamente informado (sin olvidar publicaciones de cubanos que residen y/o publican en diversos países por lo que me es difícil reunir sus títulos).

 

La Edad de Oro (1889) de José Martí

Cuentos de Apolo (1948) de Hilda Perera

Navidades para un niño cubano (1959) de varios autores

­Becados (1965) de Anisia Miranda

Ponolani (1966) de Dora Alonso

Aventuras de Guille (1966) de Dora Alonso

Caballito blanco(1974) de Onelio Jorge Cardoso

Juegos y otros poemas  (1974) de Mirta Aguirre

Cuentos de Guane (1975) de Nersys Felipe

Kike (1984) de Hilda Perera

El cochero azul (1975) de Dora Alonso

Palomar (1979) de Dora Alonso

Caminito del monte (1979) de David Chericián

El tesoro de los Esterlines (1980) de Antonio Benítez Rojo

Maíz regado(1983) de Aramís Quintero

Cuentos de cuando La Habana era chiquita(1983) de Antonio Orlando Rodríguez

El Valle de la Pájara Pinta (1984) de Dora Alonso

Cantos para un mayito y una paloma (1987) de Excilia Saldaña

ABC(1987) de David Chericián

Fábulas y estampas(1987) de Aramís Quintero

Kele kele(1987) de Excilia Saldaña

La jaula del unicornio (1990) de Hilda Perera

María Virginia está de vacaciones(1994) de Gumersindo Pacheco

Carlos el titiritero(1995) de Luis Cabrera Delgado

Concierto para escalera y orquesta(1995) de Antonio Orlando Rodríguez

Las raíces del tamarindo(2001) de Gumersindo Pacheco

El oro de la edad (1998) de Ariel Ribeaux Diago

La Marcolina (1987) de Ivette Vian

Mi amigo Muk Kum (1987) de Ivette Vian

Peligrosos prados verdes con vaquitas blanquinegras (2008) de Rubén Rodríguez González

Lo que sabe Alejandro (2006) de Andrés Pi Andreu

Poco libro para tanta barrabasada (2002) y La perdida por la ganada o el cambio del niño por la vaca (2005) Albertico Yáñez.

No es por modestia ni porque piense que ninguno lo merece, es por mera elegancia que excluyo el par de libros míos que han aportado algo, creo, a la evolución de la LIJ cubana.

 

Esta es toda una provocación que hago bajo una certeza indiscutible: primero, por tu calidad probada internacionalmente como uno de los escritores de literatura infantil más reconocidos del momento; segundo, conociendo de muy cerca tu larga batalla contra ciertas (y absurdas) capillas literarias que abundan en nuestro mundillo cultural; y tercero, porque sé que te has enfrentado a esa batalla con armas tan admirables y nobles como la persistencia (no has dejado jamás de escribir y publicar a pesar de ciertos ninguneos y ciertas zancadillas urdidas desde la isla) y la tolerancia (te he visto defender en tus exposiciones y escritos la obra incluso de colegas que, desde mi perspectiva, le han hecho mucho daño al verdadero conocimiento a nivel nacional de la literatura infantil cubana). ¿Cómo se ve hoy a Joel Franz Rosell desde el escenario literario nacional?

Prácticamente no se me ve. Como sabes, en Cuba solo circulan las ediciones cubanas, y yo solo he publicado cinco libros allí (la misma cantidad en Argentina, dos menos que en Francia y siete u ocho menos que en España). Publiqué dos antes de marcharme en 1989 y tres (todos en la editorial Capiro de mi casi natal y fiel Santa Clara) después. Tengo un puñado de cuentos en antologías y en el sitio Papalotero, de la Biblioteca Nacional de Cuba. A eso se puede añadir algún artículo en publicaciones provinciales y los tristes ejemplares que he podido donar a bibliotecas de La Habana y Santa Clara o que llegaron a bibliotecas de congregaciones religiosas.

Y eso que, como dijo Luis Cabrera Delgado en un congreso internacional, soy el residente en el extranjero más vinculado al panorama de la LIJ en la Isla: no solo porque en cada viaje leo cuanto puedo, y regreso con la maleta cargada de libros, sino porque algo me envían o he encontrado en las privilegiadas colecciones del Centro Nacional de Literatura Infantil de Francia, la Biblioteca Internacional de la Juventud en Munich o en el Centro Internacional de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez en Salamanca. Seis de mis libros recibieron el Premio La Rosa Blanca (solo uno de ellos, Las Aventuras de Rosa de los Vientos y Juan de los Palotes, publicado en Cuba), pero parezco haber perdido los favores del jurado desde hace cinco o seis años.

Alguna vez me han entrevistado en la radio villaclareña, pero cuando la de Sancti Spiritus hizo lo mismo, en ocasión de mi participación en uno de los encuentros de crítica e investigación de literatura infantil que se organizan allí, fui presentado como “escritor villaclareño”, sin mencionar mi residencia en el exterior hacía entonces 15 años. Los medios nacionales, salvo que estén muy mal informados, me evitan cuidadosamente.

Que yo sepa, los críticos no me mencionan (a excepción del ya citado Luis Cabrera) o lo hacen en voz muy baja. Sin embargo, a veces tengo la sorpresa de recibir un abrazo cordial y hasta un elogio exagerado como el de un joven autor guantanamero que me calificó de “leyenda viva”. Son gestos individuales sin eco, a veces muy sinceros, pero en público es otra cosa. Alguna editorial ha recurrido a los más inverosímiles pretextos para privar al lector cubano (la escasez de papel y lo reducido de los catálogos no alcanza cuando se publica a autores de otras nacionales o a compatriotas de muy dudosa calidad) de libros míos que han podido llegar hasta Corea… y no cito ese país arbitrariamente.

Todo esto para decirte que no, no sé qué piensa, ni si piensa algo de mí (de mi obra) la literatura infanto-juvenil de la Isla. El buche más amargo, y que no me han hecho olvidar ni la docena de años transcurridos ni la posterior inclusión en varios catálogos, selecciones y diccionarios de autores de LIJ, de España y América Latina o el haber representado a Francia en eventos internacionales en Grecia, Brasil y Panamá, es mi exclusión del catálogo Escritores e ilustradores Latinoamericanos del Libro Infantil y Juvenil publicado con motivo del 27° Congreso de la IBBY (Organización Internacional del Libro Infantil y Juvenil) en Colombia, en el 2000. El Comité Cubano de la IBBY disponía de 25 plazas y las reservó todas a autores e ilustradores residentes en la isla incluso si ello implicaba no solo negar a autores de acrisolada trayectoria como David Chericián, Antonio Orlando Rodríguez, Rapi Diego o Enrique Martínez Blanco, a cambio de figuras endebles que no vale la pena citar. Fue el único país que convirtió la dirección postal en criterio de calidad estética.

Algunas cosas han cambiado, sin dudas, pero el espíritu de capilla sigue dominando el panorama.

 

Hablemos de las ciudades y el escritor. Yo mencionaré una ciudad y te lanzo el reto de resumir lo que significó (o significa) esa ciudad para el escritor que eres.

Cienfuegos: en realidad nada. Nací allí por casualidad y he ido pocas veces. Pero era el punto más cercano para disfrutar el mar, y todos los villaclareños la amamos.

Santa Clara: es la ciudad donde más tiempo he vivido (casi 20 años). Allí descubrí los libros y la escritura. Allí empecé a ser escritor, tengo mi hermano, la casa natal, dos sobrinos, las tumbas de mis padres y abuela, mi mejor amigo… Le debo un libro.

Santiago de Cuba: La ciudad que me descubrió el Caribe y la cultura afrocubana, grandes amores y buenos amigos. Le agradezco mi libro más profundo: La leyenda de Taita Osongo y mi primer álbum como autor e ilustrador: La canción del castillo de arena.

Portoviejo en el Ecuador, 1986: mi primer congreso internacional, mi último discurso “revolucionario”, el inicio de una verdadera revolución en mi literatura, un sombrero de jipijapa, los primeros dólares que gané en mi vida.

La Habana: Fue para mí, durante tres décadas, “La Ciudad”. Allí maduré como escritor, conocí a la mujer que cambió mi vida y me abrió las puertas del planeta. Siempre quiero volver y siempre quiero irme. Balcón florido sobre el océano, no hay mejor lugar para soñar el mundo.

Río de Janeiro: A cidade mais bonita do mundo!, mi primer libro extranjero y en traducción, A cidade mais bonita do mundo!, algunas buenas amigas y… A cidade mais bonita do mundo!

Copenhague: me descubrió el otoño, el invierno y la primavera, pues hasta entonces yo había vivido en Cuba y Brasil, eternos veranos. Es esta ciudad de cuentos de hadas, estreché la mano de una reina (Margareth II, de visita en el Liceo Francés, donde yo trabajaba) y Andersen me libró su compleja y fascinante verdad a través de las numerosas huellas que dejó en la capital danesa y en Odense, su ciudad natal, a donde fui desde mi poética buhardilla en la del mismo nombre.

Buenos Aires: Allí volví a hablar castellano todos los días, tras casi 10 años de esquizofrenia lingüística. Me publicaron un primer libro (de ensayos) a los seis meses de llegar y el segundo al año (mi primer álbum), me quisieron y me jodieron como solo saben hacerlo los argentinos y, una semana antes de marcharme, fui de allí a la ciudad más austral del mundo que me declaró Ciudadano de Honor.

París: Ah, París…! Todo lo que le debo no cabe aquí. Es la segunda ciudad donde más tiempo he vivido, la ciudad que me hizo un ciudadano cabal (que vota, tiene carné de identidad, pasaporte y hasta tarjeta de crédito, me ha publicado cinco libros y me trata como escritor. La ciudad de TODOS LOS MUSEOS y TODOS LOS LIBROS… y la Ciudad Más Bella del Mundo (también).