

Empiezo mi columna con una confesión de culpa: Yo fui profesor de estadística. Han pasado casi veinte años desde la última vez que torturé a alumnos de la Universidad de Costa Rica con tan árido e importante tema, pero todavía me acuerdo. El grupo a mi cargo tenía unos 72 estudiantes. Nos reuníamos dos noches por semana en un salón enorme e impersonal, por lo cual cada sesión era larga, tediosa. En su gran mayoría los alumnos trabajaban jornada completa y llegaban, como yo, agotados a tratar de aprender desde técnicas para presentar información hasta los rudimentos del cálculo de probabilidades.
No recuerdo con orgullo o satisfacción ese periodo de mi vida sino más bien con vergüenza. Creo que casi nunca enseñé bien una clase. Para peores males preparaba exámenes bastante difíciles. Ser profesor, al menos en aquel entonces, era una oportunidad para continuar ligado a la universidad y a la vez alimentar el ego. A la distancia diría que me era imposible ser buen maestro con lo absorbente de mis ocupaciones diarias y sin haber recibido ningún entrenamiento para ofrecer, al menos, una clase agradable o medianamente digestible a mi público.
Pasaron muchos años antes de volver a estar al frente de un salón de clase. Esta vez la materia era idioma español; el lugar, Las Cruces, Nuevo México. Los estudiantes tenían en promedio 19 años, trabajaban tiempo parcial y provenían del suroeste de los Estados Unidos. Finalmente yo estudiaba metodología educativa y ponía en práctica—quizás con demasiado apego a los libros de texto—unas ideas a veces un poco raras sobre el aprendizaje de lenguas. Eso ocurrió en el año 1997 y desde entonces no he dejado de enseñar y de disfrutar la enseñanza como una experiencia humana completa.
Algo que no sabía cuando era profesor de estadística era el impacto que puede uno tener en los estudiantes, sea para bien o para mal. Yo venía de una tradición de enseñanza bastante jerárquica, donde el alumno no tenía o ignoraba sus derechos y el profesor podía ser mediocre o incluso abiertamente malo sin que su autoridad se cuestionara, o sin que el estudiante exigiera algo mejor. Tuve profesores que eran brillantes profesionales pero educadores de ínfima categoría; otros nos obligaban a tomar exámenes de hasta cuatro horas; otros, para mí los peores, creaban una cultura de hipocresía, pues solamente aprobaban sus cursos quienes les celebraran los chistes y, en general, les adularan.
Mi vuelta a las aulas se dio, si se quiere, por la puerta de atrás, en una institución cercana a la frontera con México, sin mucha resonancia en el campo de la filología española y con un estudiantado principalmente local, proveniente muchas veces de pueblos incluso más pequeños que Las Cruces. Las fronteras son áreas híbridas, de grandes desigualdades y contradicciones, donde la universidad pública cumple un papel fundamental como catalizador social y punto de encuentro. Yo era un desconocido en un espacio totalmente ajeno a mi experiencia, un inmigrante y, como centroamericano, bicho raro en medio de un paisaje físico y humano totalmente nuevo. La gran paradoja era ser un profesor despojado de poder.
Desde entonces he tratado de enseñarle a una gama muy amplia de estudiantes en cuanto a edad, experiencia, cultura y visión de mundo. En todo este tiempo el estudiante como sujeto se ha movido cada vez más hacia el centro, a ser el motivo de mis esfuerzos y de mi reflexión intelectual. Sobre todo en los últimos años he aprendido que el profesor puede ser una figura de referencia importante para los jóvenes, y he gozado el privilegio de ser mentor para unos cuantos.
Ahora, sin embargo, la rueda de la educación vuelve a girar, no necesariamente para desplazar al estudiante del centro sino para replantear su lugar con respecto a la sociedad y su rol como individuo a cargo de su propia formación. Uno de los fenómenos que propulsa ese cambio es la tendencia a incluir servicio comunitario como parte integral de los cursos. Cada vez se escucha más la crítica a las universidades como torres de marfil, en tanto se multiplican las propuestas para que los muchachos salgan del campus y aprendan de quienes viven en ese mundo real que la mayoría de las veces apenas aparece esbozado en los libros de texto. El otro fenómeno es el desarrollo de la educación a distancia, algo no necesariamente nuevo pero que ha ganado terreno a partir de circunstancias como los desastres naturales en el sur de Estados Unidos y las nuevas tecnologías. Ambos fenómenos apuntan a una formación universitaria menos tradicional y a plantear nuevos retos al profesor. Si éste ha pasado de ser un transmisor de información a un facilitador de la educación del muchacho/a, debe ahora romper con sus propios espacios seguros para lanzarse “a la calle” con sus estudiantes. Por otra parte, la educación a distancia nos obliga no solo a aprender el uso de nuevas tecnologías sino a admitir su presencia en la cotidianidad de las generaciones jóvenes, a tratar de entender que hay nuevas formas de relación al nivel de las personas—se puede ser “amigo” de un desconocido en Facebook, por ejemplo—y al nivel de los individuos y las máquinas. En el presente la noción de aprendizaje presencial está cuestionada y es muy probable que en un abrir y cerrar de ojos nos convirtamos en meros maestros virtuales.
Personalmente vivo este momento sumido en una mezcla de curiosidad y vértigo. A veces también temo que me esté poniendo viejo, pues la realidad parece estar siempre dos o tres pasos delante, como si el futuro ya me hubiera rebasado.
Puede escribirle al autor a: urielquesada@otrolunes.com
Por
Uriel
Quesada
Empiezo mi columna con una confesión de culpa: Yo fui profesor de estadística. Han pasado casi veinte años desde la última vez que torturé a alumnos de la Universidad de Costa Rica con tan árido e importante tema, pero todavía me acuerdo. [...]
Por
Amir
Valle
El narrador cubano Carlos Victoria, en uno de los mensajes que nos cruzamos un año antes de su muerte, me comentaba que le había costado mucho trabajo superar una de las mayores desidias de los escritores cubanos de la isla respecto a sus colegas del exilio [...]
Por
Alejandra
Costamagna
“Hasta donde sé, Bertoni es una especie de hippie que vive a orillas del mar recolectando conchas y cochayuyos”, escribió Roberto Bolaño en el cuento Encuentro con Enrique Lihn. Y aunque Claudio Bertoni (1946) nunca ha recogido un cochayuyo en su vida, la imagen del hombre capturando lo que el tiempo se apura en borrar, no es accidental. [...]
Por
Elidio La Torre
Lagares
Maurice Halbwachs, en su obra The Collective Memory, contraponía los conceptos de memoria e historia como dos formas contradictorias de enfrentar el pasado. La historia nace cuando la memoria social y la tradición ininterrumpida cesan su operación y se disuelven. [...]
Por
Edmundo
Paz Soldán
La semana pasada tuve la oportunidad de asistir a uno de los encuentros más originales de todos los que se han realizado este año para conmemorar el centenario de Juan Carlos Onetti. Un grupo de escritores, periodistas y críticos nos reunimos en el convento de San Benito, en Alcántara, una población extremeña a quince kilómetros de Portugal. [...]
Por
Armando
de Armas
Cocaine Cowboys es un filme documental, dirigido por Billy Corben y producido por Alfred Spellman, que ningún residente del sur de la Florida debería perderse; pero especialmente no deberían perdérselo los cubanos. El documental aborda la sangrienta guerra entre los jinetes de la droga en los años setenta y ochenta del siglo anterior en Miami [...]
Por
Santiago
Gamboa
Nuestro amigo y columnista de estas “Páginas de vuelta” ha ganado el Premio Internacional de Novela La Otra Orilla. Otrolunes está de fiesta junto a él. Y por ello no le hemos pedido una columna en esta ocasión. Preferimos mantener la actualidad, usurpar su espacio en esta revista y ponerlo a hablar de su novela premiada: Necrópolis [...]
Por
León
de la Hoz
Ha pasado la tormenta de Juanes con su desconcierto musical, aunque ha dejado, eso sí, algún que otro elemento de lectura social y política merecedor de un análisis más detallado dentro del contexto de distensión entre los gobiernos de Cuba y Estados Unidos. Son relevantes las actitudes de los dos gobiernos y de la propia población que asistió consciente del significado de ese acto [...]
Por
Ladislao
Aguado
En verano, Polonia es un país verde. Llegué a Varsovia a finales de mayo y sentí que el aire se limpiaba de golpe, que mis ojos se enfrentaban a una realidad con todos los árboles y jardines posibles. Después, en viajes al interior, el verde se fue convirtiendo en el color que mejor recuerdo de Polonia. [...]
Por
Francisco
Balbuena
Si una narración no contiene cambios en su seno, o no los suficientes con la suficiente intensidad, se ve menoscabada en su eficacia. Si apenas cuenta nada o muy poco, una historia concreta adolece de vitalidad, sus personajes no evolucionan, como si fuesen maniquíes estáticos, y, lo más importante, la idea que debe animar el relato es un mero enunciado sin resolución creíble [...]
Por
Antonio
Álvarez Gil
En mi pueblo natal había un ingenio que antes de la revolución se llamaba Merceditas y pertenecía a la Compañía Azucarera Gómez Mena, una de las más poderosas del país. El batey contaba con un excelente estadio de béisbol, y a mis amigos y a mí nos gustaba ir a jugar en él contra el equipo infantil de la localidad. Después del partido pasábamos casi siempre por el Club, que llevaba el nombre del ingenio y estaba ubicado enfrente casi del estadio. [...]
Por
Arturo
González Dorado
En 1946 el gran filosofo alemán Karl Jasper escribió “La cuestión de la culpa alemana”. Afirma Jasper que cualquiera que participó activamente en la preparación y ejecución de crímenes contra la humanidad es moralmente culpable, pero estos crímenes, y este es el punto para mí medular, fueron tolerados pasivamente por la mayoría de los ciudadanos, lo cual los convierte en políticamente responsables. De modo que todos los sobrevivientes son responsables y comparten la culpa colectiva. [...]