

En mi pueblo natal había un ingenio que antes de la revolución se llamaba Merceditas y pertenecía a la Compañía Azucarera Gómez Mena, una de las más poderosas del país. El batey contaba con un excelente estadio de béisbol, y a mis amigos y a mí nos gustaba ir a jugar en él contra el equipo infantil de la localidad. Después del partido pasábamos casi siempre por el Club, que llevaba el nombre del ingenio y estaba ubicado enfrente casi del estadio. Allí se podía tomar agua fría en el bebedero de la planta baja y oír un poco de música en la consola del vestíbulo. En el club había una enorme biblioteca, que ocupaba toda la segunda planta del edificio principal y atesoraba millones de libros, según me parecía entonces. A veces yo subía las escaleras y merodeaba entre los anaqueles repletos de gruesos volúmenes. Si tenía tiempo, sacaba algún tomo de la enciclopedia El Tesoro de la Juventud y me ponía a hojearlo de pie junto al estante. Ante aquel cúmulo de sabiduría y conocimiento yo no podía dejar de sentirme un ser pequeño e insignificante, un niño de pueblo que era incapaz de comprender siquiera la grandeza de los hombres que habían escrito todo aquello. Cuando mis compañeros me llamaban, yo me despedía de los hermosos volúmenes de tapa dura y me preguntaba quién había sido capaz de reunir tantos libros bajo un solo techo.
Con el tiempo lo supe. Se trataba de un hombre de letras que hacía muchos años había vivido y trabajado allí. Mi padre afirmaba que aquel señor había fundado y dirigido el Club Merceditas y su magnífica biblioteca. Él fue también el creador y director de la revista literaria Cúspide, que llegó a reunir en sus páginas a firmas tan ilustres como las de Gabriela Mistral, Dora Alonso u otros muchos escritores de gran reputación. Gracias a su prestigio intelectual, el hombre había hecho de su club y su revista un centro de cultura universal. Pero, además, el director de la institución solía organizar veladas culturales con figuras de primera categoría en el ámbito de las letras hispanas. La gran escritora chilena, que había sido una de ellas, había leído sus poemas allí, en una deliciosa velada literaria celebrada en el Club Merceditas, de Melena del Sur. Recuerdo el brillo en la mirada de mi padre cuando me dijo que aquella noche había tenido el enorme privilegio de conocerla e intercambiar unas frases con ella.
Pero uno se pasa la vida aprendiendo, y un día supe que aquel hombre no era oriundo de mi pueblo, como pensé durante mucho tiempo. Resultó ser español, un español que en 1909 emigró a Cuba y se estableció como jefe de oficina en el ingenio que los Gómez Mena poseían en Melena del Sur. Como era un hombre de letras y tenía una mente muy avanzada para su tiempo, fundó el Club Merceditas y su extraordinaria biblioteca. El extranjero se aplatanó muy pronto y llegó a ser incluso administrador general de la Compañía Azucarera Gómez Mena. Pero eso no era lo suyo. Él era periodista, ensayista y disertante. Tenía libros publicados y escribía en los principales periódicos cubanos de la época. Además, organizaba encuentros y conferencias y alternaba con los más reputados intelectuales del occidente de la Isla.
Hasta ahí llegaron, durante años, mis conocimientos sobre la persona que había fundado y dirigido el Club Merceditas y la revista Cúspide. Sin embargo, aquel hombre tenía un pasado en su país, una historia que se me reveló hace unos pocos días, casi casualmente. El personaje de quien hablo era canario, lo diré ya, natural de la isla de Tenerife. Había hecho el servicio militar en Filipinas, y a su regreso trabajó como periodista en Cuba y en varios órganos de prensa en su isla natal. Allí fue condenado a cárcel por escribir un artículo contra el poder central del reino. Cumplió unos meses y regresó de nuevo a Cuba. Ya establecido en mi país, desarrolló una intensa actividad de promoción cultural, cuya cúspide, en mi opinión, fue la revista de ese nombre, es decir, Cúspide. Fue, además, fundador o dirigente de varias logias masónicas en la capital de Cuba y en la provincia de La Habana. Y, por supuesto, escribió en los periódicos y revistas más importantes del panorama habanero de entonces. Pero mientras se ocupaba de todo esto, aquel multifacético inmigrante se dedicó a hacer lo que él pensaba era mejor para su tierra. En 1924 fundó en La Habana el Partido Nacionalista Canario y abrió la segunda época de la revista El Guanche. Este inquieto intelectual canario se llamaba José Cabrera Díaz y había nacido en 1875 en Santa Cruz de Tenerife. Fue un precursor, un hombre que fundó y creó, que hizo algunas de las mejores cosas de su vida en el pueblo donde yo nací. Quizás no sea del todo casual que mi novela Después de Cuba, que se desarrolla también en un pequeño pueblo de Cuba, haya sido publicada este año por la editorial Baile del Sol, que tiene su sede en Tenerife, muy cerca del lugar donde nació José Cabrera, precisamente.
La revista literaria Cúspide tuvo que interrumpir su andadura a causa de la muerte de su director en un accidente de carretera ocurrido el día 6 de agosto de 1939. Aprovechando que acaban de cumplirse 70 años de aquel triste hecho, yo quiero dedicar a José Cabrera Díaz un pensamiento de recuerdo y gratitud. Es lo menos que puede hacer un hijo del pueblo donde él vivió y creó su obra. Me gustaría pensar que allá, en mi tierra, mis paisanos no han pasado por alto el aniversario de su muerte.
Estocolmo, julio de 2009
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