

Ha pasado la tormenta de Juanes con su desconcierto musical, aunque ha dejado, eso sí, algún que otro elemento de lectura social y política merecedor de un análisis más detallado dentro del contexto de distensión entre los gobiernos de Cuba y Estados Unidos. Son relevantes las actitudes de los dos gobiernos y de la propia población que asistió consciente del significado de ese acto por la paz dentro del país y del rechazo de una parte de la opinión pública del exilio. No menos importante es la constatación de que al parecer la mayoría desaprobamos la confrontación gratuita y sin sentido de los nuevos tipos duros que se oponían. Ese exilio que debió haber jugado una baza más política en relación con el contexto actual se situó una vez más en el extremo, quedándose fuera del juego y haciendo el papel que el gobierno cubano le ha otorgado y se ha ganado, dígase todo.
Corrieron mares de tinta en torno al problema de un no-problema en el que vimos a muchos nadar guardando la ropa antes de llegar a alguna orilla. Incluso ahora podríamos no hablar de Juanes, pero en los días previos el que no lo hizo podía parecer que no existía. Era, habla de Juanes, luego existes. El exilio que habla debería ser la referencia democrática de aquellos obligados a callar dentro de la isla y a expensas de la voluntad del Gobierno —dicen que hay otro exilio silencioso (y aseguran que es mayoría), aunque no se oye o se oye como en Cuba la oposición. Estos que heredan viejas maneras posiblemente por oportunismo o necedad parecen a veces hablar por todos los demás, y no es así. Esta parte del exilio no es un referente aunque propala esa condición, ya sabemos que los cubanos padecemos de esa alteración genética de la que Fidel ha sido el paradigma: cagalera verbal que en él ha degenerado en colostomía. Nada más el tal Juanes —no es más que uno a pesar del plural— dijo querer ir a Cuba a cantar, se le echaron encima con el argumentario tan conocido de los salvadores de la patria, como si este Juanes no tuviera derecho a ir donde quisiera y cantar a favor de lo que le saliera de su garganta. Por otro lado, ni Juanes ni su hermana tumba ni apuntala un gobierno, esas son partes de las boberías aprendidas en los manuales y prácticas de la política del socialismo real que aún mantienen la mordaza a la cultura de la isla.
Este exilio parlante, que reacciona igual que los cancerberos de la isla, ya no es el de los viejos militantes de las primeras generaciones que combatieron a la Revolución desde el triunfo, sino nuevos balseros del aire que llegaron arrastrados por el sueño de una vida mejor o el desengaño con la Revolución y llevan en sus mochilas el lastre de haber vivido y a veces medrado en la Cuba socialista. Algunos son artistas o escritores que ya no recuerdan sus vidas antes del exilio y tal vez por eso son capaces de decir que los demás hagan lo que antes ellos no se atrevieron a decir o hacer. De ese modo intentan castigar a la dictadura castrista ejerciendo una dictadura del exilio. Es cierto que uno hace de la libertad el uso que quiere o puede, pero no se debería usar para quitársela a los demás, y eso es lo más relevante de la histeria de la confrontación.
El castrismo es una enfermedad sumamente contagiosa que a veces parece incurable. Si quienes viven fuera del país y debieran ser la referencia democrática son incapaces de quitarse esa cosa del alma, pobres aquellos que dentro sobreviven a la decrepitud del régimen. No fue Juanes quien dio un balón de oxígeno a la dictadura, sino el castrismo de derecha alimentado por el exilio que reiteró su obcecación y falta de lucidez política dejándose retratar con la misma cámara que usa el Gobierno en su discurso de descrédito y miedo a la oposición. No sólo ha sido cómplice del régimen cubano la política siniestra del Departamento de Estado, sino también sus adláteres del exilio ahora reconvertido gran parte de él. No obstante, para suerte, los americanos de Obama y Clinton empiezan a cambiar y el exilio se arriesga a quedar fuera de cualquier movimiento. La falta de un liderazgo político con un proyecto serio y consensuado, y la libertad de internet mal entendida como democracia hacen del exilio un gallinero, en el fondo los que hablan tanto cambian poco. Posiblemente los cubanos tengamos el récord de más blogs por habitante aunque muchos cuando toman posiciones lo hacen sobre una vieja regla establecida por el exilio histórico.
Lo mejor del concierto fue que ya pasó con su estigma de mediocridad; lo peor es ver cómo se confirma la presunción de que el gobierno cubano y el exilio aprenden lentamente y al unísono, dejándose ver ambos como parte del problema a resolver. Lo que nunca olvidaremos es más de un millón de personas que se reunieron en la Plaza de la Revolución en torno a la música por demasiado tiempo bajo un sol de castigo, nadie sabe de qué cachaza están hechos los cubanos para esperar y aguantar tanto ya sea a Juanes o a Fidel. En esas horas, la Cuba futura estaba pudiendo decir lo que deseaba ser a contrapelo del Gobierno y del exilio radical. Eso hay que agradecerlo a Juanes aunque aquello haya sido un desconcierto.
Puede escribirle al autor a: leondelahoz@otrolunes.com
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