OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Octubre 2009. Antilde;o tres. Número diez

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Datos de la revista, octubre 2009, año 3, número 10
otrolunes.com >> Otra Opinión >> Columna de Ladislao Aguado

Viejos compañeros de ruta

Polonia

 

Ladislao Aguado

Para Andrzej Dembicz

 

En verano, Polonia es un país verde. Llegué a Varsovia a finales de mayo y sentí que el aire se limpiaba de golpe, que mis ojos se enfrentaban a una realidad con todos los árboles y jardines posibles. Después, en viajes al interior, el verde se fue convirtiendo en el color que mejor recuerdo de Polonia.

Pero no siempre es verano en Polonia. El otoño llega con el ímpetu de los grandes sucesos, y el invierno coloca una lámina de aluminio sobre el cielo y las esbeltas jóvenes se tornan muchachas demasiado abrigadas, demasiado invisibles, impensables bellezas. Es la imagen por definición del Centro Europa, una región gris por excelencia, nieve y la memoria de los peores horrores del siglo XX.

Por suerte, mi primer viaje acontece en plena luz de finales de primavera. Llego invitado por el Centro de Estudios de América Latina de la Universidad de Varsovia y por el profesor Andrzej Dembicz, a ofrecer mi opinión sobre los cincuenta años del gobierno de Fidel Castro en Cuba.

Por norma no asisto ni imparto conferencias, no doy demasiadas opiniones, ni creo que mi juicio político aporte o reste valor alguno. Pero esta vez no iba por una pretensión académica ni socioeconómica, sino por simple y gran amistad.

Y sí, me atraía mucho más contemplar por mí mismo qué había sido de la sociedad polaca tras su adiós al comunismo en 1989, que contarles a latinoamericanistas de medio mundo que, a mi juicio, los cincuenta años de poder de Fidel Castro habían convertido mi país en un sitio de nadie, ineficaz, y desesperanzado.

¿Para qué? Yo, si ellos no lo estaban ya, no iba a convencer a nadie del descalabro en que se había convertido el otrora bastión antiimperialista de América Latina, la fabriquita de revoluciones, una de las pocas economías capaces de avanzar siempre hacia el desastre, hacia la ineficacia, hacia la carencia generalizada. Habría sido inútil. Nadie cambia de opinión después de los catorce años.

Mucho más interesante que mis aportaciones al análisis de la realidad cubana me resultaba enfrentarme con la suerte, buena o mala, de Polonia, el país de donde llegaban a Cuba los Fiat Polski y los peines de bisagra, ideales como navajas en los juegos de gánsteres de mi infancia.

El hotel, un hotel universitario y típico edificio de lo que ha dado en llamarse la estética comunista, es decir, construido con piezas de hormigón prefabricado, como quien arma sin demasiado celo una torre de cubos de plástico, me aguardaba con sus habitaciones para estudiantes, con una sola cama de noventa centímetros de ancho, un baño con las instalaciones indispensables, y las toallas comidas por el uso.

No hay otra cosa, me dije y por un instante, pensé que tal vez, los asalariados de la izquierda internacional iban a tener razón. La suerte de los ex países socialistas había terminado desbarrancándose en sociedades injustas, abusivamente desniveladas e incapaces de entender la democracia a la manera de los antiguos países miembros de la Unión Europea, a la que hacía tan poco se habían incorporado.

Aquel hotel hablaba a favor de la peor suerte social, ¿para qué negarlo?

Tomé mi ordenador y me dispuse a bajar a la sala de internet.

Dos profesores brasileños conversaban en el lobby. Bebían cerveza y aguardaban la hora prevista para la visita al centro de la ciudad, a siete kilómetros de distancia. Me invitaron a sentarme con ellos.  Allí sólo se podía esperar, me dijeron. Y el más joven me alargó una lata de cerveza nacional de medio litro. Brindamos.

Hora y media después, llegaron dos estudiantes de español. Íbamos a ver la ciudad, finalmente.

El encuentro con Varsovia fue el mismo que puede sentir cualquiera que se enfrenta por primera vez a una ciudad desconocida. Acaso, porque siempre hay muchas ciudades en cada ciudad a la que uno llega. Y en cada ciudad a la que uno llega, siempre hay una para mostrar a los visitantes, para alabarla y contarle que en la iglesia a nuestra derecha se conserva el corazón de Federico Chopin y, justo a la izquierda, el gueto judío. Y parece, entonces, que estamos llegando a la esencia del lugar en el que creemos estar.

Pero ésta no deja de ser una impresión errónea. Siempre una ciudad es un sitio múltiple, donde queda poco por hacer, como no sea esperar que, a fuerza de vivirla, sus partes y vueltas, vayan desovillándose ante nosotros, igual que si ejerciéramos un lento ejercicio de conquista.

Por norma, nunca nos alcanza el tiempo para ello, y reconforta saber que durante un instante de nuestra vida tuvimos al lado derecho de nuestro cuerpo la iglesia donde se conserva el corazón de Federico Chopin y justo al lado izquierdo se levanta uno de los grandes símbolos de la imbecilidad y la crueldad humanas.

Pocos minutos después, la Ciudad Vieja confirmaría mis certidumbres: Varsovia, como cualquier ciudad del mundo, también cuidaba con celo su mejor cara.

Entramos a un restaurante checo. Yo pedí una botella de vino blanco y seis copas y brindamos en agradecimiento por la acogida. Luego, llegaron seis jarras de cerveza Pilsen y una tabla de embutidos y quesos. Incluso la tramoya era impecable, reconocí.

Pero aquel no era el país.

A la mañana siguiente fui al Centro de Estudios de América Latina (CESLA) sólo a saludar al profesor Dembicz; después, regresé al centro de Varsovia. Necesitaba  ver la ciudad por mí mismo. Y en estos casos, siempre tiendo a desconfiar de los museos, los monumentos y las catedrales. Y una y otra vez, termino apostándome en alguna terraza en medio de una plaza pública, cuanto más alejada del centro, mejor.

El sitio lo encontré en los bajos del hotel MDM, en la plaza de la Constitución. Ni cerca ni lejos, ni caro ni barato, ni elegante ni vulgar. Parecía el observatorio perfecto.

Soy de la opinión de que, más allá de los análisis financieros, los estudios sociales y las predicciones de crecimiento, la salud económica de un país se mide mucho mejor por la manera en que las personas se visten y por el lleno de los sitios públicos.

Un país en crisis se entrevé en los zapatos desgastados, las ropas antiguas y en los pocos ánimos de presumir de sus mujeres. Lo sé yo, que crucé los rigores de principios de los años noventa en Cuba, con un par de zapatillas de deportes con las suelas agujereadas. Mis compañeros de facultad, por su parte, no gozaban de mejor suerte y todos teníamos ese aire de disfraz que aporta la miseria.

Mis impresiones, tras unas pocas horas en aquel café, no eran diferentes de las que podía haber obtenido en Madrid, Lisboa o Roma. Acaso, porque a semejanza con Polonia, España, Portugal e Italia no dejaban de ser sociedades donde los extremos y las comparaciones tienden a mostrar resultados bastante dolorosos.

Sin embargo, mi interés no estaba dirigido hacia el posicionamiento polaco en el nivel de vida europeo, sino hacia la verificación de una frase, dicha por una amiga que reside en Alemania, tras enterarse de mi viaje. Lissette me escribió:

Ten cuidado en Varsovia, que Polonia es Cuba con Coca Cola.

A simple vista no lo parecía.  Pero mi experiencia se reducía a unas pocas horas en aquella ciudad, donde, tal vez por el clima, había algo de fiesta en el aire. Pero ya sabía que este tipo de impresiones suelen ser falsas.

Compré un mapa en un quiosco de periódicos y me quedé mirando el entramado de calles propuesto como centro de la ciudad. No era demasiado grande y se podía hacer andando. Calculé que me tomaría algunas horas, pero no quería perderme la experiencia de recorrer a solas un lugar al que no me ataba nada y adonde ni siquiera sabía si iba a volver alguna vez.

Estuve caminando toda la tarde. Cuando me detuve, estaba muy cansado, las piernas me temblaban del ejercicio, y tenía hambre y sed. Entré en un restaurante que se anunciaba como (y la traducción no es mía) Posada debajo del cerdo rojo y cuyas recetas estaban inspiradas en tópicos comunistas. Entre los platos que se ofertaban estaba uno llamado, El cigarro de Castro. Por supuesto, me abstuve de pedirlo. Ya de ese humo yo había absorbido bastante. Y opté por una ensalada,  rollos asados de jabalí a lo Tito, con albóndigas de patata y remolacha y una botella de Burdeos.

A mi alrededor, los comensales eran polacos. Sólo yo era extranjero. Entonces, me dio por pensar en cuántos cubanos, de los once millones de cubanos que pueblan la isla, podían permitirse entrar a un restaurante nacional, pagado en su moneda nacional y servido eficientemente por empleados nacionales.

Y ya sé que es mediocre y tonto pensar que la suerte de un país se pueda medir por la libertad de sus habitantes para concurrir a un restaurante. Sobre todo, cuando existen millones de seres humanos en el mundo en situación de hambruna, epidemias mortales y guerras. Sólo, que,  en el caso cubano, su desastrosa economía de hogar, no es producto de guerras interminables, de la sequía o de la pandemia del SIDA, sino, para tristeza nuestra, de cincuenta años de ineficacia gubernamental.

Estaba en una de las calles más alejadas del centro de la ciudad. En las terrazas del barrio los clientes iban y venían. El consumo parecía gozar de una buena salud. Pero ya sabía, porque lo había vivido antes, que en cuanto me internase en la periferia aparecían los monstruos sociales. Y así fue.

Cogí el metro en dirección sur y descendí dos paradas antes del final de la única línea del subterráneo. Allí estaba Varsovia. Pero ahora una Varsovia diferente.

En las esquinas, vendedores ambulantes ofertaban verduras y frutas. Otros, flores. Y algunos, ropas de calidad mediocre. Aquél era el espectáculo de la sobrevivencia. Un espectáculo, por demás, nada infrecuente en la mayoría de las ciudades europeas. Se trataba de ganarse la vida, claro. Sólo de eso se ha tratado siempre. Aquellos vendedores de algo no saldrían derechos a una terraza del centro, a comer un plato con nombre de militar yugoeslavo. No. Aquella gente, con suerte, regresaría a sus casas o bebería cervezas y vinos baratos e iría haciendo como que la vida era esa especie de noria, tan simple como una sucesión de mañanas y tardes, de tardes y noches, que, una y otra vez, recomenzaban.

Eran sobrevivientes, esa especie social, de la que hace muchos años, me siento parte.

Pero en mi caso, el dilema no estaba en el aprovechamiento social de aquella masa de infortunados. Ni siquiera en las compensaciones sociales, altas o bajas, con que el país los protegía o no. Sino, en la opción de hallar una mercancía y comerciar con ella. Ahí estaba la diferencia entre aquellos hombres y mujeres apostados en una esquina, detrás del mostrador de una cafetería tan minúscula que los dispensadores de refrescos quedaban plantados en medio de la acera, o permanecían apostados a la vera de un jardín ofreciendo cordones, sábanas y plantillas para zapatos, y los perseguidos comerciales que el gobierno cubano se encarga de acosar, ahogar y encarcelar en nombre del control estatal de la economía y la sujeción gubernamental del individuo a través, entre otras ataduras, de la privación de la libertad económica.

El espectáculo no era perfecto. Ningún espectáculo social contemporáneo lo es. Incluso en las sociedades más compensativas y preocupadas por el bienestar colectivo existen desniveles sociales marcados, sectores poblacionales desfavorecidos y centenares de miles de desempleados. Polonia no iba a ser la excepción de esta regla del comportamiento humano desde el nacimiento mismo de la especie. Sencillamente, porque, entonces, en lugar de viajar a Varsovia, yo habría llegado, al fin, a una nueva Utopía.

Pero necesitaba saber más. No bastaba aquella simple mirada, ocasional, imperfecta sobre pequeños sectores de la ciudad. La verdadera madeja de hilos que mueven la sociedad polaca permanecía oculta todavía. Veinticuatro horas sólo ayudan a acomodar la vista sobre una geografía.

Esa noche, los profesores brasileños y yo nos reunimos con nuestros anfitriones polacos. Estábamos en una cervecería y charlábamos. Las rondas se sucedían y yo intentaba enterarme de qué pensaban ellos del suceso político y social polaco a partir de 1989. Eran jóvenes. Ninguno había cumplido aún treinta años. Es decir, a los más viejos, el final del socialismo en Europa les había llegado a los diez. Dos décadas más tarde, sus recuerdos eran borrosos y cuanto tenían qué contar, no lo habían vivido ellos, sino sus padres.

Contaban que sus abuelos echaban de menos los años pasados. Entonces, conseguían ahorrar, participaban del trabajo del partido, podían permitirse empleados domésticos, incluso organizaban sus vacaciones en países miembros del CAME. Ahora, se lamentaban, el panorama había mudado. Se habían convertido en pensionistas, la sociedad no contaba con ellos y sus posibilidades se veían reducidas a sortear con mayor o menor fortuna las inclemencias de su nuevo estatus desfavorecido.

Sus padres se lo habían tomado algo mejor. Algunos habían conseguido reinventarse como pequeños y medianos empresarios, otros trabajaban como empleados de sus antiguos compañeros y muchos, también, ya iban abandonando la batalla y se jubilaban o decidían aguardar sin grandes sobresaltos ni riesgos ese momento.

Los más jóvenes, aquellos que bebían cerveza junto a nosotros y con los que yo compartía la memoria común de los dibujos animados socialistas de nuestra infancia, mostraban una actitud poco diferente de la que puedo encontrar en un joven francés, sin mayor respaldo económico o social que su propia tenacidad. Les había tocado crecer en la Polonia de la reconstrucción, del cambio de las estructuras económicas, del intento de saltar los obstáculos que el socialismo había dejado sembrado, y muy hondo, para ellos.

La gran problemática de Polonia, me aseguró el profesor Andrzej Dembicz, al día siguiente mientras almorzábamos en el restaurante del rectorado de la  Universidad, era la mentalidad. Los polacos estaban viviendo en una sociedad que se pretendía democrática, que nominalmente lo era, pero, donde los resortes mentales que la promovían no le pertenecían. Eran la herencia de los años del socialismo, de los dictámenes verticales del Partido Comunista, del burocratismo como una clase social de privilegios, del amiguismo y las capillitas ideológicas, del juego de roles, que a cada quien, le había atribuido el sistema dejado atrás.

Y ahí estaba el daño más grave. Se hacía complejo asentar un nuevo modelo de gobierno y comportamiento cívico sobre una concepción de su desarrollo ajena a él. Los nuevos líderes, aun declarándose contrarios al modelo del estado socialista, habían madurado, incluso su oposición a éste, desde los postulados que dirigían la política nacional. Por tanto, aunque intentaran comportarse como los antagonistas de las viejas normas, su visión gubernamental estaba asentada en ellas, me explicó el profesor Dembicz.

Y las consecuencias eran apreciables, tanto desde la izquierda, como desde la derecha. Para Andrzej, todo el trabajo del presente, todo el anhelo democrático del hoy, no sería efectivo hasta pasadas dos o tres generaciones. Iban a necesitar tanto tiempo en la cura, como el padecido bajo la dictadura proletaria. Los daños eran profundos y, desafortunadamente, colectivos.

Los días siguientes los pasé caminando por Varsovia. Necesitaba ver.

Para el viernes en la mañana estaba prevista la presentación de Cuba 2009. Efectos, contextos y proyecciones de los 50 años de la revolución de Castro, el libro que me había llevado a Polonia. Para mi sorpresa, el público llenaba los salones del CESLA.

Se me hacía reconfortante escuchar hablar español a decenas de polacos. La prensa aguardaba a los invitados y el cuerpo diplomático latinoamericano, en pleno, había enviado un comunicado donde anunciaba que no asistirían al acto. La solidaridad con la embajadora cubana en Varsovia estaba por encima de cualquier consideración intelectual o académica. En algún momento, tal vez alguno repitió la fatídica frase: con la revolución todo, contra la revolución nada, y le sirvió de convencimiento.

El profesor Andrzej Dembicz hizo las presentaciones. Luego, leyó su prólogo; un inteligente postulado contra el totalitarismo, los mecanismos antidemocráticos y la herencia dictatorial cubana. Yo sería el siguiente en hablar.

Mis palabras fueron breves. Sólo quería contar, y contarlo con mis palabras de escritor, qué había pasado en Cuba después de 1989. Justo en el momento, hace ahora veinte años, en que Polonia comenzó a construir esa democracia que tanto les estaba costando.

Quería explicar que nuestro camino había sido, y estaba siendo, un largo y penoso viaje hacia ninguna parte.

Es decir, valiéndonos de la mayor irresponsabilidad gubernamental, y atrapados en los delirios dictatoriales de la familia Castro y sus adláteres, nuestra isla sólo había conseguido profundizar en los desastres cotidianos del socialismo y ante los ojos consentidores de Occidente, con la anuencia de muchos gobiernos juramentados como democráticos, en contubernio con los peores líderes de la progresía internacional, Cuba se había embarcado en una recesión de medio siglo, los mismos cincuenta años que, aquella mañana, pretendíamos esclarecer allí.

Los ojos de los estudiantes parecían retratar la figura de alguien llegado de más allá del mundo conocido. Alguien, sin dudas, venido del pasado o de las regiones inmemoriales de sus padres y sus abuelos. Alguien, en definitiva, que estaba dispuesto a enumerar los daños de un sistema sobre una nación, con la misma furia y también, el mismo descreimiento que tarde o temprano terminan acumulando los sobrevivientes de cualquier catástrofe.

El auditorio quedó en suspenso. En 1989 había terminado el mal sueño. La pesadilla no podía continuar aún. En Cuba debía de estar sucediendo una catástrofe diferente. Era imposible pensar en nuevas y continuas víctimas sobre las espaldas inocentes de Carlos Marx y Federico Engels. Y tenían razón. Yo, en su favor guardé silencio junto a ellos. El desastre narrado pero, sobre todo el desastre reiterado, tiende a perder eficacia.

La siguiente mañana regresaba a Madrid.

Mis impresiones sobre Varsovia eran incompletas. Había sentido que el país estaba viviendo un buen momento económico, que, lentamente, los jóvenes se iban alejando de la percepción social de sus padres y que comenzaban a aflorar, en medio de los innumerables impedimentos, una manera diferente de entender la Polonia en el siglo XXI.

Y me perseguía la misma incertidumbre ¿cuánto tiempo nos iba a costar a nosotros, los cubanos, reparar el desastre?

Escribo esta columna desde el aeropuerto de Ámsterdam. Dentro de dos horas sale mi avión hacia Varsovia. Es el sexto viaje a Polonia en menos de cuatro meses. Las impresiones que me ha ido dejando el país, superan las de mi llegada. Pero no me gusta engañar a nadie y, menos, hacer de trompetista de la buena suerte. Vivir en la Polonia postcomunista es tan duro como en cualquier lugar. Pensar que se está intentando caminar hacia algún buen puerto, aunque sólo sea un puerto íntimo y a salvo de grandes embates, ya compensa el esfuerzo. Pero éste nunca debe ser en nombre de la patria. La patria, en la hora justa, siempre te abandona.

 

3 de octubre de 2009

 

Puede escribirle al autor a: ladislaoaguado@otrolunes.com

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