

En 1946 el gran filosofo alemán Karl Jasper escribió “La cuestión de la culpa alemana”. Afirma Jasper que cualquiera que participó activamente en la preparación y ejecución de crímenes contra la humanidad es moralmente culpable, pero estos crímenes, y este es el punto para mí medular, fueron tolerados pasivamente por la mayoría de los ciudadanos, lo cual los convierte en políticamente responsables. De modo que todos los sobrevivientes son responsables y comparten la culpa colectiva.
Vivimos en Cuba, atenuado sin dudas, y en trasformación, uno de los últimos totalitarismos del siglo XX. Y la pregunta de ¿por qué se instauró?, ¿por qué ha logrado mantenerse?, es clave no sólo para entender, sino para desmontar la estructura de la mentira y el absurdo, para abrir el paso a la esperanza. La cuestión de la culpa, la culpa metafísica: olvidar el mal y permitir que anide en uno, darle salida en nombre de grandes ideales que muy rápidamente se muestran hueros, es justo un correlato de esta pregunta.
El totalitarismo necesita para subsistir de la represión, pero la represión no surge de la nada, requiere el apoyo de sectores más o menos considerables de la ciudadanía y la pasividad de la mayoría. Por eso el miedo debe calar tan profundamente que se convierta en parte de la conducta habitual, la mentira debe ser normal, sin muchos cuestionamientos morales; la doble moral y la hipocresía, el olvido de la trascendencia y lo espiritual, la reducción de la verdad a ideología, la prostitución de la ética y la información deben convertirse en modus vivendi de la mayoría. Pero desde el momento en que se constata esto, más allá de condicionamientos económicos, sociales o políticos, la base, la absoluta e irreducible base de la responsabilidad humana aparece como lo que es, lo decisivo.
Los entes políticos tienden siempre a ver el mal en los otros, los individuos tienden a apartarse, a sacar de sí lo que no saben, no quieren saber. La falta de responsabilidad moral lacera la sociedad del mismo modo que lacera a quien la elude. Por ello ver la culpa que nos llevó a lo que somos, reconocerla en uno, es el paso más importante para cambiar radicalmente la perspectiva del pasado. Sin embargo, la culpa de que la que estoy hablando no es la autocrítica tan cara a los estados marxistas, la que vemos en las retracciones abyectas de los dirigentes defenestrados, o la que por tanto tiempo se practicaba en las escuelas y trabajos: un reconocimiento de la razón de estado ante la cual todo desvío es aberración. Reconocer la culpa de la cual hablo es un acto de crecimiento, al servicio de lo espiritual, de lo que nos abre justo a la diversidad, a la aceptación de los otros desde la propia individualidad; es darse cuenta de que, como dijo Juan Pablo II, “en un mundo sin verdad la libertad ha perdido sus fundamentos”.
Las variantes de la acción humana que permiten el surgimiento de los totalitarismos son múltiples, pero se reducen a un punto básico: el que la gente se someta incondicionalmente, por las razones que sean, a un dogma colectivo, y por tanto, renuncien a su eterno y primario derecho a la libertad y a la responsabilidad individual.
Pero el que esta actitud no se tenga en cuenta, el refugiarse en inculpaciones a otro, el negarse a asumir la responsabilidad personal, no altera la esencia del asunto. Pueden cambiar las circunstancias externas, de hecho en Cuba hay cambios, pero los que aceptaron y aceptan someter su libertad y responsabilidad a la mentira, no serán necesariamente libres por ello, muy probablemente tenderán a sustituir su anterior credo por otro.
No debemos, si se quiere mantener la honestidad moral, añadir la ignorancia a la maldad. Lo sucedido, lo que sucede no debe hundirse en el olvido, como si fuera una manera caritativa de alejar la responsabilidad, al final esto sólo recicla lo mismo. El intentar refugiarse en un “estado normal de cosas” es una ilusión; nada pertenece definitivamente al pasado. La maldad, con sus múltiples disfraces, está aquí, está ahora en las consecuencias de haber escogido la intolerancia: las heridas, la desesperanza, el vacío y las falsas ilusiones que tenemos como cubanos.
Lo que vivimos fue y es obra de hombres, nosotros participamos de esa misma condición: la humanidad. Lo único positivo que tienen los horrores de los totalitarismos es hacernos ver cuan frágil es nuestra seguridad, cuan frecuentemente la razón se prostituye a la sinrazón.
La culpa de lo que vivimos es pues de todos, y asumirla es decir no a los mecanismos que permitieron y permiten que subsista el absurdo, que la esperanza vegete en un limbo difuso.
Auto conocerse es libertad, o viceversa, la libertad es el conocimiento de sí mismo, y sólo desde ahí es posible construir y habitar un espacio de real tolerancia y comunicación, de humanidad como lo que nos hace mejores, justo nos libera y no nos somete a las trampas de la mentira, de la economía, de las ideologías o lo que sea: el olvido y la enajenación de la humanidad en la idolatría de sus propios sueños, en otras palabras, el mal.
Puede escribirle al autor a: artusgolden@yahoo.com
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