

Cocaine Cowboys es un filme documental, dirigido por Billy Corben y producido por Alfred Spellman, que ningún residente del sur de la Florida debería perderse; pero especialmente no deberían perdérselo los cubanos. El documental aborda la sangrienta guerra entre los jinetes de la droga en los años setenta y ochenta del siglo anterior en Miami; mediante entrevistas a periodistas, políticos, policías, abogados, fiscales, traficantes de drogas y sicarios de los carteles, participantes todos, desde sus disímiles ángulos y ocupaciones, en los hechos narrados.
De las secuencias del filme sale la realidad de un Miami a un tiempo oscuro y luminoso, un sitio inusitado; una ciudad que muchos no conocieron y que muchos más prefieren olvidar. Unas historias escabrosas y sangrientas, como las de todos los mitos fundacionales, que situaron a la otrora soñolienta ciudad en el mapa del mundo y la dotaron para bien y mal de una indeleble identidad.
Pero, al inicio decía que es un filme que especialmente no deben perderse los isleños y es que el mismo, involuntariamente, hecha por tierra al menos dos de los más socorridos mitos, estos no fundacionales si no propagandísticos, acerca del Miami cubano. El primero hablaría del control del tráfico de estupefacientes por grandes y despiadados capos cubanos, tal como lo recrea el antológico filme Scarface de Brian De Palma, escrito por ese fan de Castro y Chávez que es Oliver Stone, con Al Pacino, Steven Bauer y Michelle Pfeiffer; pero la verdad que muestra Cocaine Cowboys es otra, el ego nacional isleño llorando y por el piso, pues ni uno solo de los duros y señeros sicarios, capos y transportistas de la droga serían cubanos, si no norteamericanos y colombianos bajo la égida de la familia Ochoa de Medellín; no es que no hubiesen sicarios, capos y transportistas de la droga cubanos, que los había y buenos, pero ninguno se acercaría siquiera a la excelencia de los aparecidos en el documental; mucho menos a la excelencia del marielito nombrado Scarface.
De hecho, el único cubano medianamente destacado en Cocaine Cowboys es un psicópata negro, recién llegado por el éxodo del Mariel, que a sueldo de una brutal baronesa colombiana de la droga, conocida por la Madrina, asesina a bayonetazos a un capo, también colombiano, nada menos que en la zona de Aduanas del Aeropuerto de Miami a plena tarde, y ante los asombrados y asustados ojos de todo el mundo, pobre diablo sin clase, como le define un ex oficial norteamericano de la DEA al compararlo con otro sicario originario de Colombia, pero criado en Chicago.
El otro mito echado por tierra es el de la violencia implantada por los cubanos en Miami, específicamente por los marielitos, y no es que los cubanos no hayan aportado su dosis de violencia a Miami, desde la generada por los grupos revolucionarios desovados de la isla por obra de Fidel Castro, este sí revolucionario y violento, en los años sesenta y setenta, hasta la generada por las huestes del Mariel en los ochenta, es que no se puede comparar a la guerra desatada en Miami por los jinetes de la cocaína bajo las órdenes de los capos colombianos. Y no es que los cubanos, mayoritariamente marileitos, no mueran y maten en esta guerra por el control del polvo blanco, es que ellos vienen a sumarse, casi siempre como matones de fila, a una carnicería que ha empezado mucho antes de desembarcar ellos en Cayo Hueso. La primera gran balacera de esa guerra tiene lugar el once de julio de 1979 en el Dadeland Mall de Miami y los primeros refugiados del Mariel llegarían a Miami el 23 de abril de 1980, es decir, nueve meses después de la carnicería del Dadeland Mall.
Acá se impone una pregunta: ¿y si ello es así por qué Scarface es un cubano marielito y no un colombiano espalda mojada? La verdad, no sé. Pero se me ocurre que tal vez la propaganda machacona de los órganos de difusión castristas, más sus ecos conscientes e inconscientes en el exterior, tuvieron que ver en la decisión. No olvidemos que desde 1959 Fidel Castro ha venido calificando a los cubanos que huían de su paraíso proletario al infierno de Miami como lumpens, delincuentes, drogadictos, escorias y gusanos, de hecho ese humanista y tolerante que dicen que era el poeta Mario Benedectti llamó, poco antes de morir, gusanos a los cubanos de Miami, y por si fuera poco, otro tanto a hecho en estos días, en relación con el affair Juanes, ese otro humanista y tolerante, cómo si no, cantante español Víctor Manuel. Se me ocurre también que tal vez la ideología imperante en Hollywood tendría algo que ver en el asunto. No sé me ocurre una película de Hollywood cuyo protagonista sea un mafioso judío recién escapado de la Alemania nazi, o un mafioso chileno recién escapado del régimen de Pinochet.
Y ya que entre filmes de mafiosos andamos, en Gomorra, la más reciente y probablemente mejor película sobre el hampa de Scarface para acá, una descarnada historia sobre la índole y la intríngulis de la Camorra Napolitana, dirigida por Matteo Garrone y basada en un libro del joven escritor Roberto Saviano, vemos que los matones adolescentarios de la Camorra, mucho más violenta y despiadada que la Mafia Siciliana y, por supuesto, muchísimo más violenta y despiadada que la Mafia Italonorteamericana, tienen como ideal de héroe nada menos que al marielito Scarface. La realidad que alimenta a la ficción, pero también la ficción que alimenta a la realidad. Interacción entre la una y la otra hasta arribar al punto en que nunca sabremos que determina qué; si la ficción a la realidad o la realidad a la ficción.
¿Es eso malo para los cubanos? ¿Debemos los cubanos enfurecernos por eso? Probablemente, como dice Emilio Ichikawa, no sea ni lo uno ni lo otro, si no que simplemente es; es y punto. Y por tanto, no quedará otra que asumirlo, vivir con ello. Probablemente, como digo yo, puede ser hasta bueno. Muchos cubanos de Miami se habrían salvado de ser asaltados, o muertos, por obra de un hampón afroamericano gracias a la mala, buena fama que le otorgaría el personaje de Scarface. ¡No te metas nunca con un cubano!, dicen que dicen los negros duros desde Scarface para acá. Yo mismo, hace muchos años, sobreviví como security gard en uno de los más violentos barrios negros de Miami gracias, a Dios y a mi suerte primero, pero también gracias a los réditos de la fama que me corresponderían por formar parte de la orgullosa tribu de Scarface.
Puede escribirle al autor a: armandodearmas@otrolunes.com
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