

El narrador cubano Carlos Victoria, en uno de los mensajes que nos cruzamos un año antes de su muerte, me comentaba que le había costado mucho trabajo superar una de las mayores desidias de los escritores cubanos de la isla respecto a sus colegas del exilio: mientras los del exilio gastaban buena parte de su tiempo de búsquedas intelectuales (y hasta parte de sus escasos recursos) en mantenerse al tanto, al menos en lo esencial, de lo que se escribía en la isla, los que habían quedado allá muy raras veces (y en casos muy contados) hacían lo mismo.
Me resistí a creerlo, lo confieso. Pero en estos meses de agosto y septiembre, mientras contactaba a escritores cubanos, residentes en la isla o en el exilio, para armar un dossier sobre la vida y obra de Carlos Victoria, me he chocado de narices contra una realidad fácilmente comprobable: los puentes están rotos. Y lamentablemente, Carlos tenía razón, pero sólo hasta un punto. Y es que los puentes están rotos de ambos lados, y los que pueden volver a colocar las viejas piedras que permitían el paso, se han limitado a contemplar el derrumbe, lamentándose de las caídas, sí, pero sólo eso, quejándose como lastimosas plañideras.
En Cuba, podría mencionar nombres si fuera necesario, sólo unos pocos escritores (poquísimos sería mejor decir) se interesan por esa vastísima obra literaria que se produce en la diáspora cubana. Y en los múltiples destinos de esa diáspora, también poquísimos escritores se interesan por la variadísima obra que hoy se escribe en la isla.
La división sembrada por la política es un muro altísimo, alzado a la misma entrada del puente comunicativo que debería existir entre ambas zonas de la creación literaria cubana, tozuda, estúpida y arteramente divisorio ese muro, como aquel que separó a las dos Alemanias.
Por un lado, he visto a escritores del exilio entender (y defender) la distancia entre el político Vargas Llosa y el escritor Vargas Llosa, y a un par de poetas les he oído decir que su filiación nazi no demerita ni un ápice la obra de Céline. Sólo para poner dos ejemplos. Y la mayoría de esos escritores son incapaces de entender que se puede defender un régimen criminal y obsoleto como el que asola a nuestro país y, no obstante, crear una obra literaria imprescindible para nuestras letras (recordemos, por ejemplo, al más universal de los narradores cubanos: Alejo Carpentier).
Y por otro lado, cientos de anécdotas que también podría contar colocan a los escritores de la isla creyendo y defendiendo, con una firmeza casi rabiosa, que la literatura escrita en el exilio “no tiene valores realmente cubanos porque el desarraigo los asfixia”, como diría cierto crítico, muy reconocido en eso de marcar generaciones y hacer antologías (erradas casi siempre, por cierto), en uno de los encuentros nacionales de la crítica realizados en el Palacio del Segundo Cabo a fines de los noventa; o que “es un apéndice menor de las letras cubanas”; o, en el mejor de los casos, “una literatura donde sólo cuentan un par de nombres y algún que otro libro aislado”.
Primero desde la isla, cuando comencé a trasmitir aquellos boletines informativos de mi revista Letras en Cuba, que dirigía a un amplio listado de escritores cubanos en el exilio; luego como Coordinador del proyecto editorial Colección Cultura Cubana de la editorial puertorriqueña Plaza Mayor, que pretendió (y consiguió por un tiempo) publicar autores cubanos de la isla y el exilio sin que importaran sus filiaciones políticas, y en estos últimos dos años desde la revista Otrolunes, me he resistido a plegarme a esa ruptura del puente cultural entre la cultura cubana hecha en la isla y en el exilio. Confieso, y recuerdo que se lo escribí a Carlos Victoria en uno de mis mensajes, que todos los intentos se daban de narices contra la abulia o una muy sólida (porque es justificada, lo sé) muralla de odios.
Las heridas existen, en carne propia lo sé. Las vidas destruidas por el engendro de la Revolución están ahí, también lo sé. Pero seguir lanzando las culpas de los puentes sobre el espacio de la otra cancha es, además de ingenuo, anacrónico. No se puede seguir acusando a un gobierno de ser antidemocrático si seguimos actuando entre nosotros, en el escenario de la Cultura Cubana, como actúa ese gobierno, dividiendo, parcelando, invisibilizando, negando el diálogo a quien (supuesta o ciertamente) “ha pecado” de ser distinto a nosotros. No se puede seguir diciendo en todas partes: “la cultura cubana es una sola”, sin mover ni un dedo porque esa frase sea una verdad o, como sucede con regularidad, decir esa frase y luego dedicarse a denigrar de ciertos nombres, de ciertas obras, basados en espurios intereses políticos, en complicidades asquerosas con el poder y hasta en frustraciones personales y rencillas íntimas con alguien que escriba del otro lado. La hipocresía nos inunda y es el peor de los venenos. Quienes nos dividieron desde que descubrieron, allá por los años 60, que éramos espíritus fácilmente manipulables, siguen hoy incitando esas mismas divisiones, horadando con la mala fe del villano poderoso esas piedras que forman un muro que temen llegue a comunicar alguna vez las muchas orillas de nuestra diáspora cultural e intelectual.
Es ingenuo pensar que en un mundillo tan complicado y tan complejo como el del arte y la cultura pueda haber una unidad absoluta en busca de un simple principio: que la cultura hecha en el exilio se conozca (y se respete por sus inmensos valores) en la isla y que la que se hace en la isla se conozca (y se respete por sus inmensos valores) en el exilio. Pero otros tiempos corren. Y debemos reconocer que hemos actuado, desde hace muchos años, como hoy actúa la oposición política en los países de América donde se imponen totalitarismos: nos largamos del campo de batalla, dejando campar a sus anchas a los que perpetran el poder, y nos dedicamos a mascullar nuestras rabias, a envenenarnos en el jugo ácido de nuestros odios, y a lamernos nuestras heridas desde lejos, ya sin la posibilidad de hacer, al menos, algo por cambiar las cosas.
Así vamos: los puentes están ahí y nosotros acá, en los dos extremos de los puentes, en los rincones de la isla o de la diáspora, sólo atinamos a mirar las bocas de los puentes cortadas, y a decir, en tono quejoso y plañidero “la cultura cubana es una sola”. Después, otro lengüetazo a nuestras heridas. Y los que nos han dividido ríen, gozosos. ¡Qué ironía!, ¿no?
Puede escribirle al autor a: amirvalle@otrolunes.com
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