

Maurice Halbwachs, en su obra The Collective Memory, contraponía los conceptos de memoria e historia como dos formas contradictorias de enfrentar el pasado. La historia nace cuando la memoria social y la tradición ininterrumpida cesan su operación y se disuelven. Evidentemente, y como condición inherente a la Modernidad, la historia pensada como discurso oficial entra en un juego de poder con la memoria colectiva de un pasado común a los miembros de una comunidad. A través de su clara función mnemotécnica, la ideología imperante legitima y condiciona la memoria individual. Sin duda, por tomar palabras de Fernando Aínsa, toda autoridad que domina el presente quiere determinar el futuro y reordenar el pasado, por tanto, requiere definir lo que hay que recuperar en la memoria colectiva.
Justamente, en esa dialéctica temporal que se origina entre la historicidad que se propone como definición de un tiempo colectivo y uniforme, y la memoria individual del individuo, experimentamos la magistral obra de Cristina Rivera Garza, Nadie me verá llorar. Es casi proponer la memoria como contradiscurso de la oficialidad histórica. Así, la novela de Rivera Garza se instala como narrativa de resistencia ante la mano absolutista del régimen de Porfirio Diaz en el México de inicios del siglo XX.
La facultad memorativa, sin duda, es una manifestación temporal que se suscita en un ámbito espacial abstracto. Los recuerdos pueden remitirse a un lugar, el cual puede ser evocado, recordado e incluso visitado, pero siempre en ausencia de un tiempo que sólo se experimenta de manera individual. De esta manera, los personajes principales de Nadie me verá llorar, Joaquín Buitrago y Matilda Burgos, fungirán esencialmente como puntos focalizadores de las experiencias de otros personajes, e incluso entre ellos mismos se alternarán la capacidad de voz, en la medida que el uno se manifiesta en las instancias narrativas del otro, y viceversa. Dentro de este marco contextual, la novela Nadie me verá llorar, de Cristina Rivera Garza, reformula los efectos del gran proyecto de la ilustración y el raciocinio desde una perspectiva posmoderna, donde la gran metanarrativa del control y el orden erosiona a través de una historia de amor fallido, ido y pasado, que sólo puede consumirse por medio de la memoria, o la capacidad misma de viajar en el tiempo.
Lo de las contradicciones socioculturales que se suscitan entre la modernidad y la posmodernidad, sabemos por Néstor García Canclini, da paso a cuestionarse si en realidad podemos hablar de postmodernidad en un contexto que elude, para empezar, lo moderno, en la medida que el reordenamiento sociopolítico de las urbes latinoamericanas en búsqueda de crecimiento y progreso ha abierto unas brecha entre las desigualdades sociales. Y es así que, desde el aspecto técnico de la construcción, Rivera Garza logra montar un sistema narrativo donde cada palabra funciona como un elemento constitutivo de un gran universo caótico y en desequilibrio, pero, incluso, con un patrón determinado.
Rivera Garza logra entonces hilar un discurso que se enuncia desde una variedad de ópticas multifocalizadoras para brindarnos una mirada a la conciencia de los personajes que pueblan la novela y que son orquestados por un narrador que es y nos es parte de la historia, y que a su vez controla el relato por medio de una omnisciencia selectiva. El resultado de este complejo recurso no es otro que el de recrearnos polifónicamente una serie de experiencias donde lo ficcional se disuelve en lo histórico, y en las que los personajes funcionan como hiperenlaces o ventanas a otros mundos y planos narrativos. Así, por medio de flujos de conciencia, digresiones analépticas y pasajes donde predomina el lenguaje esquizofrénico, los personajes se nos van caracterizando en su función plena pero sin consecuencia, dado que en el relato llama la atención la carencia de un momento climático, y, por tanto, subraya la carencia de un objeto del deseo, que, de existir, se encuentra tronchado ante la imposibilidad del tiempo mismo, puesto que se aparece como una quimera lejana. La función del discurso en No me verán llorar, es, pues, transgredir temporalmente, a través del lenguaje, las marcas de la historia en la vida de Matilda y Joaquín.
En la modernidad, todo tiempo uniforme presupone no sólo la absorción del tiempo, sino su conquista. La prosa de Rivera Garza propone esa entropía de la memoria como el último recurso de transgresión del orden impuesto, puesto que la memoria es atemporal y no puede ser apresada por la medida cronológica. Dice Anthony Giddens que la dinámica de la modernidad deriva, justamente, de la separación del tiempo y el espacio y de la recombinación en formas que permitan la creación de zonas espacio-temporales de vida social. En este sentido, uno de los grandes proyectos de la modernidad fue el de hacer de la realidad una experiencia colectiva, prediseñada y predeterminada de acuerdo a las necesidades de los emergentes estados capitalistas y los sectores sociales de dominio y poder. Las sociedades fueron creando, a estos fines, esferas de acción social, que nos remiten a las ambiguas relaciones espaciales de lo que está fuera y de lo que queda dentro. Lo que se excluye es lo ilógico, lo irracional, lo subversivo, y lo vigente queda establecido por la relación de antónimos. Entonces, la manera de incluir lo foráneo y extraño es, irónicamente, incorporándolo adentro, o sea, enclaustrándolo.
La modernidad, tal y como nos la vendieron, creó el concepto de confinamiento como rito de purificación y exclusión de los centros de poder de la metrópoli. Para el siglo XIX, según los estudios de Michel Foucault, la locura se convirtió en puro espectáculo para el mundo. Como prerrogativa hegemónica, la segregación de los ciudadanos en lugares confinados confería la separación de lo espacial. Quedó así instituido el manicomio como espacio de exclusión para aquellos sujetos que no se sometían a los estándares sociales. No es coincidencia, entonces, que Nadie me verá llorar tenga como ámbito narrativo al manicomio de La Castañeda.
Dentro del proyecto de modernización de México, bajo el mandato de Porfirio Díaz, el manicomio fue institución central. El Manicomio General de La Castañeda fue establecido en el año de 1910 con la doble función de hospital y asilo para la atención psiquiátrica de enfermos mentales de ambos sexos, de cualquier edad, nacionalidad y religión, pero primordialmente poblado de niños, delincuentes, ancianos, alcohólicos, drogadictos y, sobre todo, mujeres. El manicomio, de estructura imponente y afrancesada, servía para segregar a todo aquel que no constituyera o representara utilidad para el proyecto de modernización de México bajo el gobierno de Díaz. De todas las potenciales mujeres que podían ser encerradas para tratamiento siquiátrica, se encontraban las mujeres que se revelaban contra sus maridos, las de vida licenciosa (a las que se le diagnosticaba locura moral) y las prostitutas. De algún modo, las tres tipologías se ajustan a la caracterización de Matilda, que se nos aparece más que como una mujer rebelde, como una víctima de un sistema controlado por hombres.
De esta manera, Matilda pertenecerá al mundo de lo oscuro, de lo irracional, de lo ilícito. Ella es desorden encarnado, tomado esto siempre en su relación con el paradigma social de la época. Cuando Joaquín lee los informes sobre Matilda, la mujer se nos revela como reflejo de un mundo premoderno, metonimia del atraso que tanto atacaba el proyecto del presidente Díaz. Por eso, para Matilda, el manicomio es santuario. Ella contrapone a todo lo que es dominio de la luz: la razón, lo masculino, lo convencional. Matilda “habla demasiado. Cuenta historias desproporcionadas. Escribe”, y por ello, es juzgada y confinada a los oscuros recónditos de la institución mental. Con frecuencia, se opone o le huye a la luz, particularmente la del sol. Su relación con Joaquín queda entonces expuesta tanto explícitamente como implícitamente. Al comienzo de la novela, el narrador nos dice que para Joaquín, “todo fracaso comienza con la luz, con el deseo de atrapar la luz para siempre”. Esta proposición es totalmente paradójica, dado el hecho que Buitrago es fotógrafo, un artista cuyo desempeño confiere un dominio de la luz y su desplazamiento en el espacio.
La modernidad en las artes alcanzó su punto climático con la aparición primero de la cámara fotográfica y luego con el cine. Por supuesto, en una tradición de mimesis en el arte, nada podía superar la capacidad para capturar la realidad como la fotografía, que es imagen estática, y el cine, que es imagen en movimiento. Es así que la llegada de la cinematografía precipitó un cambio de paradigma traumático en el mundo del arte, que dejó de ser un asunto de mimesis de la realidad; ese papel lo asumía el nuevo medio del cine. Por tanto, según Paul Crowther, el arte asumió dos problemas: primero, al perder su función primaria, el arte había llegado a su “límite lógico”: se convertía en arte determinado por una intención meramente artística y, consecuentemente, llegaba al punto donde nada nuevo podía ser creado; segundo, a causa de la cinematografía, el arte fue obligado a entrar en una progresión necesaria en torno al descubrimiento de su propia esencia. Queda entre el arte plástico y el cine, la fotografía. En ese sentido, las fotografías de Joaquín equivalen a los momentos captados sin tiempo en la memoria, suspendidos en un tiempo sin tiempo, luz hecha imagen.
Por supuesto, es de esperarse que ante el énfasis y presencia de los juegos de luz, surja una primacía sobre el sentido que se privilegia directamente de la presencia lumínica: la vista. La ausencia de luz es, justamente, la oscuridad y la ceguera. Y es en la oscuridad que Joaquín descubre el dolor, no en “una palabra ni una sensación, sino [en] una imagen: el rostro de una mujer en rigor mortis”. Para Matilda, la oscuridad es su dominio. Y si en la luz de la modernidad predomina el ruido de la ciudad, “la educación de Matilda empieza así: en el silencio”. La ausencia de lenguaje será virtud y defecto.
El único recurso que le queda a nuestra protagonista para invocar la memoria, para viajar en el tiempo, son las palabras. El lenguaje es importante para el personaje de Matilda, puesto que las palabras, como la música, se desplazan con un sonido en el tiempo. Matilda habla, si bien por compulsividad, más por sentirse vida, por asirse a la única cosa que la conecta con la realidad interior.
Matilda muere añorando sus amoríos con Paul Kárack, empresario geólogo de mucho interés. Hijo de emigrantes europeos, Paul llega a México desde Estados Unidos en búsqueda de su utopía. Matilda comparte una relación con él que nunca rinde los frutos deseados, aspecto resaltado por el hecho que ambos van a vivir al desierto. Al morir su marido, Matilda pierde toda esperanza y posibilidad en un futuro mundo mejor. No cabe duda que Matilda se queda con “tantos años de estudio, tantos libros, y tal vez ningún abrazo”. El amor, el aspecto intangible que domina el reino del instinto, es el gran perdedor de esta novela que se desarrolla al pie de la modernidad racionalista. Es por ello que Joaquín Buitragro, narcómano incapaz de ajustarse a su realidad circundante, termina, al igual que hiciera Matilda en varias relaciones lésbicas, trasgrediendo su propia desgracia hacia espacios vedados por la sociedad pero convenientes para él como individuo. Así, termina en una relación homosexual con el abogado que le ayudará a obtener estabilidad económica.
Todo se desarticula. Todo delirio se despedaza.
Nadie me verá llorar culmina con la muerte física y la pérdida de un pasado que, como la figura de Matilda en la mente del lector, sólo podrá rescatarse ilusoriamente por medio del espacio designado a la ilusión y al sueño, o, en su mejor parecer, a la memoria. Este espacio que requiere que sea llenado con una historia, una narrativa, que pueda rellenar el vacío, que pueda reparar esa fractura -una narrativa que esté estructurada en torno a la memoria y que se pueda ir construyendo y no re-construyéndose.
Y esa es la manera en que viven los viejos pueblos de siempre aún por venir.
Puede escribirle al autor a: elidiolatorre@otrolunes.com
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