

“Hasta donde sé, Bertoni es una especie de hippie que vive a orillas del mar recolectando conchas y cochayuyos”, escribió Roberto Bolaño en el cuento Encuentro con Enrique Lihn. Y aunque Claudio Bertoni (1946) nunca ha recogido un cochayuyo en su vida, la imagen del hombre capturando lo que el tiempo se apura en borrar, no es accidental. Bertoni, efectivamente, vive solo en Concón, un balneario algo desdibujado de la costa chilena; no tiene licencia de conducir ni chequera ni tarjeta de crédito ni, por si acaso, libreta de familia. Y le sobra el tiempo para vagar con el movimiento del sol. Pero lo que recolecta en sus horas activas no son cochayuyos ni conchitas del mar. Desde hace más de treinta años el poeta, fotógrafo y artista visual viene registrando con su cámara Nikon, casi automáticamente, aquello en lo que sus ojos suelen detenerse sin vacilar: las mujeres.
Las mujeres chilenas, habría que precisar, que caminan por la vereda, suben a la micro, salen del almacén del barrio con la bolsita del pan y se cruzan en su ruta doméstica. Chicas o grandes, provincianas o capitalinas, curvilíneas o huesudas, de la década del setenta o del siglo veintiuno, abrigadas o desnudas; siempre anónimas, eso sí. Chilenas que andan sueltas, que van y vienen. Que trabajan, que estudian, que cuidan a sus criaturas, que parrandean, que se esmeran, que todavía incluso son criaturas de jumper y calcetines a la rodilla. Hay algo salvaje en el gesto de Bertoni: el hombre dispara con la cámara encubierta, a la altura de la cintura, y el cuadernito a mano para retenerlo todo. Por timidez, dice él, como un cowboy. “A veces le achunto. A veces no le achunto. A veces casi le achunto. Quería un rostro y sale una oreja, una frente, un mechón de pelos”, detalla. Como sea, de a pedazos o enteritas, las escogidas entran en el lente y en las hojas del cuaderno, y se convierten más tarde en los rastros de una recolección infinita.
Un fragmento de aquellos instantes –de los visuales y los escritos– es lo que contiene el volumen Chilenas, que acaba de publicar Ocho Libros Editores. Cien fotografías en blanco y negro como cien trocitos de mujeres en los bordes de la urgencia, acompañadas por poemas de similar temperatura, recogidos de los libros En qué quedamos (2007), Jóvenes buenas mozas (2002), Harakiri (2004), De vez en cuando (1998), No faltaba más (2005) y Ni yo (1999), además de un par de inéditos.
El protagonista de estos versos es un adicto, cómo no, a la belleza de las mujeres. Pero la hermosura puede brotar de cualquier rincón: "no vaya a ser cosa/ que piense que la miro/ por cojita/ y no por/ bonita", aclara en uno de ellos. Porque el deseo no aparece acá como una jactancia, sino como una emergencia. “Lo que me siento es cansado”, admite Bertoni en la contratapa del libro: “Cansado de no cansarme nunca. Del cuerpo envuelto en ropa de las damas”. Entonces se vale de la piel de estas chilenas para recuperar el orden perdido: “se sientan/ en los asientos de atrás/ como si fueran diosas/ y apenas son hijas/ del huevón que va manejando”, postula en Jóvenes buenas mozas. Y luego habrá una hembra grandota, apenas cubierta por la minifalda. Y otra vez la perplejidad: “lo encuentran normal/ mostrar el vientre mostrar/ el ombligo/ así son las mujeres/ mostrar las caderas/ también lo encuentran normal/ mostrar su pelo/ la boca/ los ojos/ las piernas/ los pies/ ¡todo lo encuentran normal!”.
Chilenas es un libro de fotografía. Pero es, como las anteriores creaciones del autor, una ventana abierta. Claudio Bertoni, uno de los poetas más confesionales y frescos de su generación, un convencido de que “lo redondito enloquece”, invita a los lectores/espectadores a contemplar el vértigo de quien tiene nociones de la belleza y el erotismo soberanamente claras y hoy, a los sesenta y tres años de corrido, viene a poner las cosas en su lugar. Ni conchas ni cochayuyos: mujeres. Para Bertoni “vivir es ver mujeres”.
Puede escribirle a la autora a: alejandracostamagna@otrolunes.com
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