OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Junio 2009. Antilde;o tres. Número ocho

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Datos de la revista, junio 2009, año 3, número 08
otrolunes.com >> Otra Opinión >> Columna de Amir Valle

Algunos pequeños sueños de grandeza

 

Amir Valle

“Estoy desesperado, hermano; me siento ahogado. Quisiera acabar de salir de esta isla para poder publicar en las grandes editoriales, viajar invitado a grandes eventos literarios, salir en los periódicos…”, me escribe un amigo narrador desde La Habana, sintiéndose aplastado por lo que llama “la burbuja cultural de esta cabrona isla”.

Es algo triste. Creer que salir de la isla es entrar por la puerta ancha a un mundo tan corrompido y tan difícil como lo es el mercado del libro internacional, puede servir a los propósitos de ciertas mentes enfermas que aprovechan cualquier desesperanza de un cubano para atizar el fuego de la política.

Le dije a mi amigo que era bueno que acabara de salir, porque encontraría otros territorios de libertad, otros horizontes y, sobre todo, al menos le quedaría el consuelo de no morir sin intentar colarse en ese sueño de consagración literaria. Me vi obligado a aclararle que en ningún sitio del mundo, al menos del mundo que conozco, existe esa puerta siempre abierta a todo el que quiera escribir, publicar y ganar reconocimiento literario internacional. Hay que derribar muchos muros, saltar muchas barreras espinosas, luchar con armas que jamás imaginaste podías utilizar, lo mismo en Cuba que en otros países.

Siempre que un escritor asiste a una Feria Internacional del Libro, en Cuba o en cualquier otro sitio del mundo, le asaltan preocupaciones desde el mismo momento en que le anuncian “irás”. Pero no queda ahí el asunto. Al regreso, cuando los días van dejando atrás el tumultuoso acontecer de esas fiestas del libro y los escritores, esas preocupaciones abren paso a un proceso de reflexión que a veces suele ser aniquilante si el ego, ese parásito que todos los escribanos llevamos en la sangre, no abandona el mullido sillón que la cordura y la moderación merecen.

A la apacible pradera de la narrativa cubana, capitaneada por el cuento como ya han dicho muchos críticos, llegó hace unos años la fosforescencia, la ilusión óptica de que internacionalmente podía triunfarse de golpe, casi chasqueando los dedos, si se escribía novela. De pronto la avalancha fue incontenible. Fui jurado de muchos concursos en estos años y puedo jurar que nunca tuve que leer menos de 15 novelas, incluso en premios convocados por municipios o en territorios donde ni siquiera la décima (género natural por excelencia en Cuba) alcanza un cierto desarrollo.

Entrar en las grandes editoriales: Alfaguara, Tusquets, Planeta, Anagrama, etc., es un sueño que cada día que pasa resulta más provinciano, casi un pensamiento de esa aldea intelectual que hemos construido con talento y perseverancia. Vivir de lo que se escribe es otra quimera por muy pocos lograda. Y lo más preocupante: creer que estar en esos grandes consorcios comerciales significa la consagración como escritor.

Quisiera contar algunas experiencias.

Primera anécdota: Mayo de 1999. Madrid. Primer Congreso de Nuevos Narradores Hispánicos. Convocado por la editorial Lengua de Trapo y la Casa de América, ese evento significaba para mí ese sueño de entrar, el salto. No sucedió nada parecido. Y me fue bien. Pero debo confesar que el bichito del descontento me hacía hervir las venas. Mi ego, que es bien grande, estaba herido. Ahí vino el primer choque. Esa noche algunos escritores de los que asistíamos a ese Congreso decidimos irnos de discoteca, como jóvenes al fin y al cabo, conocer algún pub de travestis muy mencionado, ir a disfrutar viendo bailar a las famosas “sevillanas” que algún madrileño había sugerido. No recuerdo cómo, pero paramos en una casona donde nos habían dicho que varios escritores de renombre compartirían un recital de José Hierro. Al final hubo vino y unos quesos que, gracias a mi incultura culinaria, me resultaron francamente apestosos y de mal sabor.

Hierro quería venir a Cuba. Eso me dijo cuando alguien comentó, riéndose, que el cubano no sabía lo que era el queso de verdad. No conocía su poesía, ni un verso, pero sabía que estaba delante de un grande, y ahí me volvió a enlazar el sueño del salto: creí estar en la gloria. Y lo dije. No recuerdo si más brilló su calva o su dentadura. Sólo preciso su sonrisa de condescendencia. “Esa es una pregunta que siempre me hago cuando quiero recordarme que este oficio nuestro es una simpleza: ¿trascenderemos? ¿Te has puesto a pensar en cuantos nombres que una vez fueron ilustres en las letras universales, han ido quedando entre la niebla, hasta convertirse en simple polvo, en nada, igual que sus huesos? Lo que importa es que escribas, muchacho, y que te sientas bien cuando lo hagas”

No me había hecho esa pregunta, es cierto, pero una vez, mientras leía el grueso estudio de Max Henríquez Ureña sobre la historia de la literatura cubana, descubrí que cientos de escritores muy mencionados, reseñados, estudiados en determinadas épocas de nuestras letras, hoy únicamente eran mencionados en ese libro y, sólo algunos de ellos, en un diccionario de autores cubanos que elaboraba el Instituto de Literatura y Lingüística por esos años.

De aquel Congreso conservo el mejor de los tesoros posibles: mi sólida amistad con más de una docena de escritores de primera línea, algunos de ellos colaboradores de Otrolunes.

Segunda anécdota: Monterrey. Octubre del 2002. Encuentro Internacional de Escritores. Bajo el tema “Los territorios de la violencia” pude reencontrarme con alguno de esos amigos, conocer otros, discutir sobre la incidencia en nuestras novelas del mundo convulso y violento en que vivimos, en mi caso, el mundo de la marginalidad en la propia capital cubana. A estas alturas, y como se ve solo tres años después y gracias a unos cuantos viajes al exterior, había aprendido que asistir a esos encuentros es solo eso: ir a poner la experiencia propia en un ruedo donde otros pondrán la suya. Y por eso, a raíz de una conversación sobre el mercado del libro y sus trampas para la buena literatura, no me asombró cuando Luis Britto García, uno de los escritores latinoamericanos más respetados y publicados en la actualidad por grandes editoriales y alguien que con su libro Rajatabla (Premio Casa de las Américas de 1970) conmovió la narrativa cubana de aquellos años, nos dijo mientras caminábamos por el Museo de Arte que “nadie puede imaginar que estar dentro es igual que no estar. Me duele no poder decir quién me lee o si realmente leen mis libros publicados por esas grandes editoriales. Y lo peor: vender bien, como les pasa a muchos, suele ser un fenómeno derivado del mercadeo del libro, no de la calidad de las obras. Y entonces uno se pregunta: ¿qué quedará de eso en el futuro? Por eso prefiero escribir lo que me de la gana. Si le interesa a alguien, bien, sino, que se jodan”.

Tercera anécdota compartida:

Parte uno: Calle Perseverancia de Centro Habana: en una azotea viví yo; en la otra azotea vive Pedro Juan Gutiérrez. Conversamos algunas veces, cuando él está o yo estoy, y en una de esas me confiesa: “es un sueño bobo eso de vivir con lo que uno escribe, hermano. Pagan mal. Las editoriales pagan mal. Tienen a tantos autores las grandes editoriales que no atienden bien a ninguno, siempre algo falla. Hay dos cosas que uno debe tener cuando ya está metido en este mundo del libro allá afuera: una editorial pequeña o mediana que te trate bien y te quiera y te cuide, y un agente literario que de la cara por ti para asuntos de dineros: los escritores solemos ser pésimos administradores. Lo único que nos queda es escribir y escribir y escribir. Trascender ni siquiera es importante: yo escribo porque quiero sentirme bien llevando a mis libros esto que vivo, este barrio, esta gente. Hacerlo como mejor pueda hacerlo me hace sentir bien. Con eso me basta” Y conste que esto me lo estaba diciendo uno de los autores cubanos más vendidos en la actualidad.

Parte dos: Diciembre del 2002. Feria del Libro de Guadalajara. Conversando con Andrés Jorge, un escritor cubano de la promoción de narradores del 90, que ha publicado sus libros en las editoriales Planeta y Alfaguara, el novelista cubano Guillermo Vidal abrió los ojos, asombrado en algunas partes de su conversación. En una de esas partes, Andrés Jorge aseguraba que “nadie piense que ser autor de una de esas grandes editoriales es la consagración, el triunfo. El escritor debe escribir, publique donde publique: ese éxito es simple oropel, colorines, pero ni siquiera da dinero para vivir mejor, salvo que uno sea un fenómeno de venta, que generalmente suelen ser prostitutas de la escritura”.

No puedo dejar de recordar ahora, en algunas de las visitas que he hecho con mi agente literaria a ciertos stands de grandes editoriales, cómo ciertos directivos de alto nivel en esas editoriales aseguraron que “muchos autores se convierten en una carga, en una pérdida, cuando las fórmulas se hacen repetitivas”, o que “seleccionar a quienes publicamos por cuotas (un cubano, un homosexual, una feminista, etc) fue una solución que cada vez se hace más riesgosa”, o que “a veces pienso que debemos volver a los inicios, a cuando los editores imponíamos el gusto por la buena literatura, pues hoy es bien raro encontrar a alguien que no escriba para el mercado, sea el que sea”.

Quizás si llegue ese momento, los cubanos tendremos una buena oportunidad, o una nueva oportunidad, bien distinta a esa que hizo a muchos escribir sobre homosexuales, marginalidad, balseros, enfermos de sida o sobre los males de nuestro país, no por necesidad de expresarse (lo cual es lícito) sino para impactar en un mercado que precisamente andaba a la caza de esos asuntos.

Guillermo Vidal, ya en la habitación que compartíamos en el Hotel Carlton, allá en la Guadalajara del año 2002, me comentó: “caballo, mira que uno come mierda pensando que con esas boberas ya está hecho. Escuchar a quienes están ahí, dentro de las grandes editoriales, diciendo eso que nos dijeron, le baja los humos a cualquiera. A escribir, caballo, que eso es lo único que nos queda”.

 

Puede escribirle al autor a: amirvalle@otrolunes.com

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