

Hace un par de años leí por primera vez al escritor mexicano Élmer Mendoza. Su novela Balas de plata (2007) acababa de ganar el premio Tusquets, y me tocó reseñarla. Recuerdo mi sorpresa al terminar los capítulos iniciales: la novela parecía escrita en un idioma que no conocía (había párrafos enteros que no entendía). Lo curioso era que, una vez develado todo ese armazón lingüístico, la trama tenía mucho de convencional. Llegué a la conclusión de que, mientras los puristas se enfocaban en los Estados Unidos y en el spanglish como fuente de corrupción del castellano, el verdadero cambio radical estaba ocurriendo en la literatura del norte de México. Porque Élmer Mendoza, claro, había leído cuidadosamente a ese gran estilista que es Daniel Sada (aunque sus mundos narrativos difieren bastante, estaba el ejemplo, el gesto, el deseo obsesivo de jugarse la vida en cada frase). Un cambio, agrego, que le hace bien a nuestra narrativa: como dice el crítico Christopher Domínguez Michel, los escritores “bárbaros” del norte de México eran vistos con desconfianza hace un par de décadas, pero hoy se han convertido o se están convirtiendo en clásicos.
Acabo de leer dos novelas policiales más de Mendoza: Un asesino solitario (1999) y El amante de Janis Joplin (2001). Mi primera impresión ha quedado reafirmada: pese a instalarse en un género supuestamente “menor”, este escritor nacido en Culiacán en 1949 no tiene deseo alguno de hacerle la vida fácil al lector. El que no conozca ciertos códigos locales estará perdido durante un buen número de páginas (sé de lectores impacientes que han abandonado rápidamente la lectura). Mendoza no recrea de manera general el habla del norte de México, ni siquiera el del estado de Sinaloa; lo suyo es muy específico: su enfoque es el dialecto del mundillo del narcotráfico en Culiacán.
Por supuesto, se trata de una recreación estilizada: los personajes de Élmer Mendoza hablan sobre todo como otros personajes de Élmer Mendoza (de la misma manera, los habitantes de la sierra peruana no hablan como en las novelas de José María Arguedas). En Un asesino solitario, el lenguaje del sicario narrador es un verdadero tour de force: “Durante el año tres meses y diecisiete días que llevamos camellando juntos te he estado wachando wachando y siento que eres un bato acá, buena onda, de los míos, no sé cómo explicarte, es como una vibra carnal, una vibra chila…”
Todos estos juegos con el lenguaje no son gratuitos, pues permiten que Mendoza sea el guía necesario para adentrarse en el sórdido y violento mundo del narcotráfico del norte de México, el cual no está para nada desligado de lo que ocurre en el resto del país, y de hecho lo impregna con su manera barata de entender la vida (el objetivo del narrador de Un asesino solitario es matar a un candidato a la presidencia). En El amante de Janis Joplin, Mendoza va desgranando la forma en que hasta los más inocentes caen en el negocio, las relaciones corruptas entre la policía y los traficantes, las componendas de la prensa, el culto religioso de Malverde (el santo de los narcos), y nos entrega una visión nada romántica de la condición humana. La novela, situada a fines de los sesenta y principios de los setenta, enfrenta a los que quieren cambiar la sociedad a través de la lucha armada con los que prefieren el dinero fácil de los narcos. Está claro quiénes son los que ganan: “La gente normal no existe, te pareces al Chato, que estaba clavado en darle tierra y fábricas a la raza, ¿para qué?, ¿tú crees que a la raza le gusta trabajar?”
Las novelas de Mendoza funcionan como radiografías de un territorio fascinante y complejo que hoy domina los titulares de los periódicos. Una intuición: cuando pase el temblor, seguirán siendo leídas. La literatura se impondrá a la coyuntura.
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