

Pablo Azócar había nacido en 1959 arriba de un tren. Eso decían. Camino a Santiago, a la altura del poblado de San Fernando, tutelado por el sicalíptico sol de enero. Sabía él, sin embargo, que su origen inverosímil era una especie de leyenda urbana. Pero no lo desmentía. Era periodista y chileno, Pablo Azócar. Apenas superaba la mayoría de edad. Lucía melena de futbolista (una maraña de rulos, más bien, donde se alojaban ideas posibles, probables e incluso virtuales), tocaba el saxofón, era zurdo, no tenía tarjetas de crédito ni residencia fija. Fumaba, Azócar, como quien descubre la clarividencia; se hacía el canchero para burlar esa timidez que muy a su pesar le atoraba la dicción. Sospechaba que por esos días, los lóbregos ochenta en Santiago de Chile, había que tener talento para no morirse. Entonces armó maletas y emplumó. Quizás puertas afuera lo posible, lo probable y lo virtual arrojaran lo concreto.
Durante varios años se paseó por el mundo dispuesto a lo que fuera. Viajaba (no turisteaba: viajaba) por Europa sin itinerario, dispuesto a levantar campamento al primer llamado. Iba con una libretita escondida en el bolsillo y tomaba notas en las esquinas. Porque además de ser periodista, lejos quizás del periodismo, Pablo Azócar era poeta. Hoy quizás habría que decir: ya era poeta. Pero nadie entonces -ni siquiera él mismo- le dio la mano al vate Azócar por esos años. Hubo, eso sí, un episodio. En un arrojo secreto y como por si las moscas, el chileno envío un manuscrito a un concurso de poesía en las Islas Canarias. Y ganó. Pero no alcanzó a brindar por el acontecimiento porque el premio le fue denegado al día siguiente. Había una razón técnica, vital: Pablo Azócar no era canario.
Pero era poeta. Aunque en adelante vinieran dos novelas, un par de libros de cuentos y cientos de artículos que no sólo tomaron el pulso al fin de siglo chileno, sino que afirmaron el timbre multiforme de un autor que en adelante transitaría por los géneros literarios como quien -él mismo, el primero- huye del domicilio fijo. De la crónica al epigrama; de San Fernando a París-Madrid-Lisboa; de “Natalia” (1990, Planeta), su primera novela, a “El placer de los demás” (2009, Cuarto Propio), su debut en la poesía que por estos días publica, a tres décadas del episodio canario.
Hay que hacer, eso sí, una advertencia. Tal como “Natalia” veinte años atrás podría leerse como un extenso poema que modulaba un instante generacional, “El placer de los demás” se edifica otra vez sobre la conjunción de géneros: poemas que son noticia que son relatos que son cadencias que son instantáneas que son pausas que son respiros. Y si en “Natalia” el camino era ascendente (todo estaba por verse), en el libro de hoy las visiones son ruta de vuelta. El placer acá es de los demás; ya no propio. El pasado y el futuro se cruzan ahora en un presente perpetuo. Un tiempo que explota y se transforma en una advertencia. O peor: en una incógnita vital. “¿Habíamos perdido el don del gesto preciso/ en el momento exacto, / o simplemente la inocencia?”, se pregunta el narrador, una especie de resucitado que sigue a la espera de algo que ya ocurrió. Porque incluso la muerte, esa tercera vía después de tanta ida y vuelta, parece pertenecer ahora a los otros, al enjundioso catastro de los Chatterton, los Von Kleist, los Cariotakis: los inmortales y definitivos poetas suicidas de todos los tiempos.
Es posible y muy probable que éste sea el libro más personal de Pablo Azócar. El más colmado de información ajena, en apariencia, pero el más arrojadamente propio. Azócar no sólo ha escrito estos poemas. También los ha padecido y escuchado y al final los ha compuesto siguiendo el murmullo de un saxofón, el silbido metálico de un clarinete, la música que durante treinta años o más estuvo tarareando en su cabeza. Si en el inicio, en el meollo del placer de los demás, figura un tal Cuturrufo “mordiendo increíble la trompeta en el Thelonious”, hacia las páginas finales la música dominará los versos y llegará nítida, como una epifanía, hasta la aparición de aquel Instante:
“Ese cabrón le sacaba una cosa que no era música
a la trompeta.
Lo que salía por ese boquete
era una fuerza bestial, algo que no era de aquí
ni de ninguna parte. No existe humanidad
para decir lo que el cabrón hizo esa noche
cuando de pronto se colgó de una nota
sencillamente
y empezó a levitar.
El tipo se secó el sudor con la manga,
achinó los ojos,
hizo un dibujo con el brazo
y quedó suspendido en el aire.
Durante un instante todos
estuvimos
suspendidos en el aire,
mientras la trompeta sonaba
y sonaba
y seguía sonando”.
La música se infiltra acá como una segunda lengua. Una ruta paralela a esas vidas suspendidas. Pablo Azócar convoca a los personajes de un elenco numeroso, que juega a ser privado, casi íntimo. La mujer de apellido Mercado que acuchilla con saña al amante; el ajedrecista Bobby Fischer en su última jugada, a punto de volverse lobo; el sonido absoluto alcanzado por un Art Pepper ya en el abismo, con kilómetros de exceso acumulado; la dulce y temible Josie Bliss de un Neruda disuelto; Roberto Rossellini, Virna Lisi, Julio Verne, Redolés, Gaete, Millán agonizando en Santiago de Chile a pocos pasos del futuro, ya en el siglo XXI. Las noticias salteadas o los poemas noticiados. Una y otra vez las vidas explosivas que Pablo Azócar reinventa, echando mano al dato crudo, a la ley del más es menos, al tacto, al insomnio, al testimonio enmascarado, a una vertiente propia de la hagiografía, al swing, al blues, al tartamudeo, al camino del medio, a los trenes del origen, al quilombo y a la guaracha. Y el resultado (se podría decir el saldo) es “El placer de los demás”, este libro premiado que viene a zanjar, ya era hora, la primitiva deuda canaria del poeta Pablo Azócar.
Puede escribirle a la autora a: alejandracostamagna@otrolunes.com
Por
Uriel
Quesada
Hay libros que uno lee solamente por insistencia de los amigos, por sus vehementes comentarios, y porque terminan poniéndote un ejemplar en las manos con la advertencia de que muy pronto tendrás que pasar un examen oral sobre forma y contenido, y que Dios te ayude si no lo aprobás. [...]
Por
Amir
Valle
“Estoy desesperado, hermano; me siento ahogado. Quisiera acabar de salir de esta isla para poder publicar en las grandes editoriales, viajar invitado a grandes eventos literarios, salir en los periódicos…”, me escribe un amigo narrador desde La Habana [...]
Por
Alejandra
Costamagna
Pablo Azócar había nacido en 1959 arriba de un tren. Eso decían. Camino a Santiago, a la altura del poblado de San Fernando, tutelado por el sicalíptico sol de enero. Sabía él, sin embargo, que su origen inverosímil era una especie de leyenda urbana. Pero no lo desmentía. Era periodista y chileno [...]
Por
Elidio La Torre
Lagares
Juego de las revelaciones, de Tomás López Ramírez, no es una novela nueva, mas se nos adelanta como innovación en las letras puertorriqueñas. Publicada originalmente en México en el 1976, la edición original confrontó un gran reto: el hecho que la novela fuese publicada internacionalmente por una editorial que no tenía presencia en Puerto Rico [...]
Por
Edmundo
Paz Soldán
Hace un par de años leí por primera vez al escritor mexicano Élmer Mendoza. Su novela Balas de plata (2007) acababa de ganar el premio Tusquets, y me tocó reseñarla. Recuerdo mi sorpresa al terminar los capítulos iniciales: la novela parecía escrita en un idioma que no conocía (había párrafos enteros que no entendía). Lo curioso era que, una vez develado todo ese armazón [...]
Por
Armando
de Armas
Con la creación de Generación Y en abril de 2007 la filóloga Yoani Sánchez daba un paso audaz y decisivo en el desarrollo de la blogosfera independiente en el interior de la isla. La joven de 33 años sorprendía a los internautas del mundo con un post sobre los peloteros cubanos a quienes se les permitía viajar y pintar graffitis relacionados con la serie nacional [...]
Por
Santiago
Gamboa
"¿Llevas mucho rato aquí? Es que vine dando un paseo", me dijo en una ocasión una amiga española a la que, efectivamente, llevaba más de una hora esperando en el madrileño parque de El Retiro, allá por el año de 1986, y como eran épocas poco boyantes por supuesto que no la esperaba en una terraza, bebiendo un aperitivo y leyendo la prensa o, por decir algo, las obras de Marco Aurelio [...]
Por
León
de la Hoz
La familia es el verdadero pecado original, en ellas están casi todas las causas de los problemas que como individuos arrastraremos por el mundo hasta llegar al vertedero de la familia que formaremos nosotros mismos. No obstante, a veces las soluciones a dichos problemas y otros están bajo el mismo techo de la casa fundacional y mediante los vasos comunicantes [...]
Por
Ladislao
Aguado
Leyendo a Tobias Wolff (Alabama, 1945), compruebo que mentir es una de las aficiones más antiguas del ser humano. Y mentir bien, convivir con la mentira, un arte.
La ficción de la vida del hombre está armada con los silencios, tergiversaciones y entredichos que, tal vez por ello, arman su historia. Mentir, ya lo sabemos, es una manera recatada de travestirnos [...]
Por
Francisco
Balbuena
En la simultaneidad que acontece entre sujeto y objeto, es decir, en el relato ya sea del mundo o ya sea literario, constantemente en aquel se va produciendo una narratividad ambivalente, en el sentido de que transcurre con eficacia de doble sentido. Esto viene a significar que en el hecho relator devienen dos aspectos aparentemente contradictorios [...]
Por
Antonio
Álvarez Gil
En uno de los últimos capítulos de Antes que anochezca, Reinaldo Arenas reflexiona sobre el cambio de sensibilidad que se produjo con respecto a él tras su salida de Cuba por el Mariel y su establecimiento en el exilio. Ya en los Estados Unidos, el escritor notó la frialdad y hasta el desafecto con que era tratado por determinados colegas [...]
Por
Arturo
González Dorado
Ninguna proposición por muy minimalista que la tomemos, ninguna frase por escueta que sea, ninguna palabra aunque alcance la mayor abstracción, nada es irredargüible. Todo posee un argumento que cuenta; siendo tal argumentación el desarrollo de una idea narrativa desde su principio hasta su fin [...]