

La familia es el verdadero pecado original, en ellas están casi todas las causas de los problemas que como individuos arrastraremos por el mundo hasta llegar al vertedero de la familia que formaremos nosotros mismos. No obstante, a veces las soluciones a dichos problemas y otros están bajo el mismo techo de la casa fundacional y mediante los vasos comunicantes de la sangre común, aunque esas soluciones sean en ocasiones dolorosas. Es más, la maduración de los propios seres humanos empieza cuando se dan cuenta de que hay una zona de conflicto en sus vidas relacionado con la familia y tratan de solucionarlo, unas veces huyendo y otras enfrentándose.
Aún cuando la Iglesia, que es junto al comunismo la entidad más retrógrada y conservadora de la sociedad actual, sigue su vía crucis por salvar a la familia tradicional, ésta no parece que vaya a desaparecer. Paradójicamente, hasta los homosexuales apelan a derechos de igualdad para hacer familia, si bien yo pienso, y Freud también, no pueden escapar de la idea de verse como mamá y papá, complejo de Edipo-Electra unidos. Ya se instala una tipología nueva de familias. Todas las escuelas de sicología, sociología y filosofía de una u otra manera han indagado y realizado diagnósticos basándose en los conflictos de familia. Los propios líderes de movimientos culturales y políticos también han actuado conforme a sus fobias, complejos, síndromes, neurosis y otros problemas fundamentados en la familia, si no qué otra manera.
El concepto familia en su sentido de parentesco se ha extendido a otras formas de relacionarse cuando se quiere idealizar el vínculo de responsabilidad, dependencia, compromiso y otras cosas comunes. Así se dice, “fulano es como un hermano”, aunque luego resulte un hijo de puta o, también, “el equipo es como una familia”, aunque normalmente se pasen a cuchillo. Posiblemente sea la delincuencia organizada la que mejor ha interpretado esos lazos especiales entre los seres humanos que sólo puede romper la muerte. Como vemos, muy pocos asuntos escapan a la relación real o simbólica de la familia, el conflicto cubano es uno de ellos.
Yo descubrí ese sentimiento de pertenencia a una familia un día hace muchos años cuando me abrazaron mis tíos en Nueva York, después de haber sido apestados y arrojados de su país como judíos por no compartir el dogma de la Revolución. Al cabo de más de veinte años, al abrazarnos, la sangre fluyó de nuevo entre nosotros y se unieron las orillas del tiempo. Desde ese día comprendí que, abolido el estatus político actual en Cuba, el primer paso tendría que ser apelar a esa riqueza de la nación y las sociedades que es la familia, no sólo como conjunto de rasgos y cosas comunes que nos unen, sino fundamentalmente como vínculo de vasos comunicantes sicológicos, genéticos, sociales y culturales que nos inducen a protegernos y proteger a los nuestros de forma natural y que la Revolución quebrantó.
Los últimos años han demostrado que esa madrastra o tutora llamada Revolución fracasó estrepitosamente al no poder sustituir el amor de la familia y a pesar de los esfuerzos de Raúl Castro por convertir a su hermano en padre-madre de todos los cubanos. Gracias a Dios, las familias han vuelto a restablecer esos vasos comunicantes rotos para ayudar a los suyos en pena y con ello se está forjando la base donde se erigirá el nuevo país. Últimamente las medidas de los Estados Unidos permitirán la mejora de la situación. Sólo un país con una familia fuerte que permita el sostenimiento entre todos puede hacerle frente a los enigmas del futuro. La Revolución destruyó la economía y la gestión de la libertad a través de las instituciones, quiso destruir la familia sustituyéndola por la vecindad y casi lo consigue. Ahora la familia cubana se venga de tanto sufrimiento y vuelve a asumir el papel de cómplice, de apoyo, de artesana protagonista de un tejido social necesario para fortalecer la democracia venidera.
En los próximos años, cualesquiera sean las soluciones para terminar con el orden actual de las cosas en Cuba, la familia será la gran balsa donde nos refugiemos todos para salir del pasado y restablecer las condiciones para luchar por el presente. En ese sentido la Iglesia católica y otras religiones juegan un papel fundamental ya que es el único espacio legal donde la familia tiene refugio y, además, el único discurso moral para fortalecerla. Pronto lo podrán ser las entidades no gubernamentales que apoyen el desarrollo de la sociedad civil adulterada por conveniencia del régimen.
En las actuales condiciones de callejón sin salida a que está abocado el proceso cubano, cualquier medida de apoyo a las familias será poca, ya que son éstas las que han minado el espíritu de confrontación y la enajenación ideológica del régimen castrista más que cualquier medida de política internacional. No ha sido la beligerancia de las partes históricas del conflicto ya muertas políticamente, tanto los dirigentes como el lobby cubano-americano, sino las oleadas de inmigrantes posteriores más comprometidas con la supervivencia suya y la de la familia que quedaba atrás y que siempre mantuvieron como referente. Hoy día no es en la ideología y la política donde los cubanos son capaces de encontrarse, ni los de dentro ni los de fuera y menos entre ellos, sino en el seno común de la familia y con la inspiración de los grandes valores de la cultura de los sentimientos y las emociones. Es inmoral querer tumbar al régimen antes de querer ayudar y salvar a la familia, estaríamos actuando por el mismo rasero que usaron los dirigentes de la Revolución para salvarla.
Puede escribirle al autor a: leondelahoz@otrolunes.com
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