

En la simultaneidad que acontece entre sujeto y objeto, es decir, en el relato ya sea del mundo o ya sea literario, constantemente en aquel se va produciendo una narratividad ambivalente, en el sentido de que transcurre con eficacia de doble sentido. Esto viene a significar que en el hecho relator devienen dos aspectos aparentemente contradictorios: la identificación y la diferencia. En efecto, el escritor ha de tener presente en todo momento que el material narrativo con el que trabaja lo es ya discriminado por la advertencia o por la convención.
No puede ser que una novela o un poema, por ejemplo, traten de un objeto narrativo como un todo uniforme, compacto, sin partes y coetáneo en todos sus momentos, igual que si fuese la visión de un Aleph literario. Se hace necesario identificar partes diferentes unas de otras; mejor dicho: éstas se imponen por sí mismas, de lo contrario no habría narración posible puesto que, como ya sabemos, se relata sobre focos de textura, focos que son los portadores del tiempo y del cambio, del contraste y del drama. ¿Acaso no estaría tentado Juan Rulfo de escribir “Pedro Páramo” con un solo vocablo que contuviese toda la carga poética y filosófica de su magistral relato, que abarcase toda Comala y todos sus personajes y todos sus tiempos apelotonados en una sola visión de un instante? Conjeturemos que lo intentó; y que, sin embargo, obligatoriamente hubo de emplear distintos personajes, diferentes escenarios, diversos tiempos y variadas reflexiones.
De lo anterior se infieren dos circunstancias fundamentales en el arte del contar cosas. La primera es que tanto personajes, como escenarios, como tiempos, como reflexiones, son convenciones así dadas por la simultaneidad. Esto viene a decir que en cualquier parte que el escritor ponga su atención advertirá focos de textura (caracteres psíquicos o aspectos físicos, maneras de estar o transmitir, de hablar o de vestir, cualquier rasgo objeto de convención) que se impondrá por sí misma y que individualizará tal y como se percibe. Y da igual que a esos focos de textura los llamemos personajes, animales, hoja de papel, jacarandá, montaña nevada o pensamiento sobre las leyes de la termodinámica. Porque, de acuerdo a la simultaneidad entre objeto y sujeto, el espíritu del creador no se proyecta sobre entes inertes, sino que es el producto de una interrelación narrativa. Se advierte lo que cuenta algo, y no puede ser de otra manera.
En correlación a esto, puestos ante un relato las personas en él mencionadas, las cosas, las peripecias, las sensaciones o los sentimientos, no están supeditados unos a otros; todos tienen el mismo valor narrativo virtual. Esto es así hasta que entra en juego la segunda circunstancia que se apoya en la identificación y la diferencia: la jerarquía. Es imposible narrar nada si no hay un orden de preeminencia entre personajes, cosas, escenarios, tiempos, etcétera. Si el escritor poco versado tratase a Sherlock Holmes y al doctor Watson en el mismo plano de importancia y actuación, podría pergeñar en lugar de una novela del célebre detective un cuento de Raymond Carver sobre el matrimonio enloquecido y mal avenido de “¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?”. O si el cineasta que negligiese el sentido común no separase con suficiente nitidez a Dersu Uzala del entorno siberiano que le rodea, en vez de una buena película de un cazador solitario rodaría un documental de National Geographic acerca de la Naturaleza en el río Yenisei.
Del mismo modo, todo personaje, o foco de textura convenido como tal, lo es en tanto que objeto sentido por otro personaje, ya que nadie interpreta si no es ante un espectador. Frente a la advertencia de alguien a quien denominamos “protagonista”, todos los demás personajes quedan ordenados jerárquicamente por su grado de intensidad narrativa. Supongamos que comemos en un restaurante con un amigo. Nuestra mesa es servida por un camarero que nos habla, estamos rodeados por un buen número de comensales, en especial nos llama la atención una señorita de la mesa vecina, mientras que en un rincón un pianista toca una melodía que nos suena suave y muy en segundo plano. El anterior podría ser nuestro orden jerárquico narrativo. Pero para el amigo que comparte esa mesa con nosotros, un melómano empedernido, después de nuestra conversación no se halla la bella comensal de la otra mesa, o el camarero quisquilloso, o el vino que nos sirven, sino el pianista y su música, y acaso con mayor intensidad con la que nos atiende a nosotros. En definitiva, entre nosotros y el amigo hay sendas narratividades que, si se llevasen al papel, podrían devenir en dos relatos muy distintos.
Ser consciente plenamente por parte del escritor, o cineasta, del valor argumentativo del binomio diferencia–orden y llevarlo hasta sus últimas consecuencias abre posibilidades creativas inmensas. Fijémonos en la película “Zelig” de Woody Allen, en donde su protagonista va adquiriendo distintas personalidades, de tal manera que juega con la capacidad identificativa del espectador. El caso paradigmático de esta propiedad lo encontramos en “Bienvenido Mr. Chips”. En esta historia el profesor Chipping da clases en Eton a lo largo de toda una vida dedicada a la docencia. Por su aula han pasado centenares, miles de alumnos, con sus vidas cotidianas quizá anodinas y sus anécdotas extraordinarias. Entre tantos personajes siempre hemos contemplado al profesor en la cúspide de ese orden argumentativo, como un monolito inamovible de entrañable humanidad. No obstante, en el momento de su jubilación, de su muerte, en un estado de duermevela mister Chipping echa la vista atrás y rememora a todos sus pupilos. Ante nosotros desfilan rostros de muchachos antes vistos y conocidos en cierta forma, de muchos de los cuales sabemos que murieron en los combates de la Gran Guerra. Entonces se produce un efecto estético y emocional abrumador. De algún modo la jerarquía protagonista–personajes secundarios se recompone. Aunque sea por un segundo para cada cual, los alumnos pasan a un primer plano; uno a uno los vamos identificando con sus focos de textura más intensos, ya con tal carga dramática que pasan de algún modo a ser protagonistas del relato. Es así que de repente todos juntos se han convertido en un personaje único, como reflejo de la condición humana azarosa y contingente.
Puede escribirle al autor a: franciscobalbuena@otrolunes.com
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