

Hay una palabra que me obsesiona profundamente cuando el dolor de la nación, el desastre en que se ha sumido nuestro país es más que un análisis teórico, es una realidad existencial; esa palabra es la diferencia. La afirmación del ser humano, y prefiero usar ser humano antes que persona para evitar toda ambigüedad con la etimología de la palabra persona, máscara, es siempre un acto desde el individuo; la realidad social, el contexto sicológico, de género, de clase o lo que sea, es como el sustrato desde donde esa realidad que se siente y expresa en lo que llamamos ser humano aparece con su inefable pureza y fascinación. La diferencia es pues afirmación de lo espiritual en el ser humano, y desde aquí, desde esta tozuda y por momentos demente apuesta por la diferencia, la nación es para mí el pensamiento que acosa y como una promesa, impulsa a la creencia. La diferencia, esa diferencia de la cual hablaba Ernst Jünger siguiendo a Nietzsche, de la cual Václav Havel extrae la fuerza para dar el “poder a los sin poder”, Heidegger dice que la autenticidad se niega a continuar en la tiranía del se (se dice, se hace, se cree), para pasar a la afirmación del pensar que se hurga en sí mismo aun a costa de enfrentarse al absurdo, a la locura, a la soledad más extrema, es un último reducto que se niega a aceptar el triunfo de la masa, y la masa es en Cuba algo más ubicuo que el pueblo de las constituciones políticas, la masa es la negativa de la gente a pensar, a asumir su condición de adultos.
Diferencia significa en Cuba exclusión, ahogo y resistencia de la memoria. Diferencia significa la asunción de un lenguaje otro, con sus correlatos de libertad, de excepción, de negativa a sucumbir a la vulgaridad y la estupidez que se ha adueñado de la nación desde y por ese desastre que nos mata, como una maldición trágica que aparece, justo por su carácter trágico, inexorable. Pero la diferencia es también el irse más allá del juego de lo político, o más exacto, de lo ideológico, hacia lo que me empeño, pese a cualquier crítica positivista, reduccionista o relativista en nombrar espiritual. La diferencia marca por tanto una actitud que a su vez está como un llamado, y que aun a costa de amenazar con la destrucción de quien la sostiene, y no sólo por el ostracismo social, casi inevitable en sociedades cerradas, en estados totalitarios, en sociedades que niegan el civismo y el diálogo como el modo normal de convivir los seres humanos, sino y mucho más, por la soledad que el pensar deja ante la ausencia de un lenguaje común con los compatriotas, ante la reducción del lenguaje a un juego infantil que recicla el absurdo hasta convertirlo en lo normal.
La situación en que vivimos requiere el riesgo de pensar hasta las últimas consecuencias; aun cuando la mesura y reflexión sosegada sean imprescindibles para desmontar los rostros de la mentira, del colosal engaño que se teje sobre la mente de las personas hasta el punto de quedar como la única realidad inmediata, como el status quo de la decadencia y la indolencia; el dolor reclama compasión y un grito para despertar. La diferencia es justo ese grito que pretende salvar salvándose, y quizás sucumbiendo, es la escritura del drama humano ante el empeño de negar y matar lo más preciado de la civilización: la libertad de los ciudadanos, la gran herencia del espíritu humano.
Por ende la diferencia es una actitud que exige un pensar y a la vez, el pensar de una actitud soportada por una creencia indemostrable desde posiciones lógicas, pero sí desde la absoluta atracción que produce, desde lo que la gran Tradición Poético Filosófica ha denominado Verdad. Y no se trata de una verdad entre otras, ni siquiera de un determinado discurso de la verdad, se trata justo del llamado de la verdad que dialoga con su precariedad, con su silencio y ocultamiento, que persigue lo que Heidegger llamaba con una actualidad plena, el develamiento del ser.
La nación ha olvidado su memoria porque la memoria es el reconocimiento del devenir colectivo en un mundo incierto, y lo incierto habla siempre de la diferencia como posibilidad y certeza, y desde aquí, desde la precaria certeza de la creencia, el presente se apoya en la memoria para ser ese lenguaje donde las eternas y mancilladas, pero no por eso menos actuales palabras, libertad, belleza, verdad, ética, responsabilidad, pueden y tienen un lugar que se niega a fenecer a las añagazas del totalitarismo, del miedo, del mercado, de los particularismos políticos.
La diferencia es el llamado que para mí está requiriendo como un oscuro anhelo la nación cubana, y una escritura, una voz de la diferencia sabe de su soledad, pero sabe también que responde a ese oscuro anhelo que la nación reclama para invertir la ecuación de la uniformidad, del desastre; es justo desde la diferencia cuando el encuentro con el otro devuelve el sentido a la comunicación, es justo desde la afirmación de una otredad que no quiere ser masa, no quiere ser vulgar, que los ciudadanos pueden y deben encontrar su ubicación en la nación; es justo desde aquí que hombres como Churchill, Lincoln, Martin Luther King, Obama, Gandhi, Martí y tantos otros devuelven el sentido a la aventura siempre amenazada de la historia humana.
La grandeza y necesidad de la diferencia no pueden ser probadas repito, ni siquiera pueden ser solicitadas a quienes no les sientan, pero si pueden ser ese espacio desde el cual los horizontes de la nación sean capaces de reencontrarse en la palabra y la acción, puedan desmontar la culpa de la indolencia para redimirla en lo que Derrida llamaba la apertura tras la clausura, puedan recuperar justo su condición de horizonte y no de crepúsculo. De igual modo que el gran arte está más allá de una crítica académica, de una corriente de moda, como la excepción que habla de la totalidad; que José Lezama Lima y Virgilio Piñera siendo absoluta excepción son voz de lo esencial, por consiguiente, el espíritu de lo cubano en lo universal; la apuesta por la diferencia es también la apuesta por dar horizontes de esperanza a las circunstancias que por desgracia nos han tocado vivir.
Puede escribirle al autor a: artusgolden@yahoo.com
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