

En uno de los últimos capítulos de Antes que anochezca, Reinaldo Arenas reflexiona sobre el cambio de sensibilidad que se produjo con respecto a él tras su salida de Cuba por el Mariel y su establecimiento en el exilio. Ya en los Estados Unidos, el escritor notó la frialdad y hasta el desafecto con que era tratado por determinados colegas, editores o profesores de instituciones europeas y norteamericanas. Personas que lo habían publicado o incluido en los cursos de sus universidades cuando él sufría prisión o se arrastraba por el lodo en su patria, le dispensaban poca o ninguna atención ahora que vivía y se expresaba en plena libertad.
El cubano se duele del desdén con que lo acogieron algunos intelectuales progresistas (a los que llama, por cierto, “comunistas de lujo”), y de las enormes dificultades que encontraba para publicar su obra. Habla, además, de cómo sus libros iban desapareciendo uno tras otro de los programas universitarios y, en fin, de lo dura que estaba resultando para él la vida en el exilio. Antes de salir de Cuba, el autor de El mundo alucinante era un escritor cuya trayectoria literaria era seguida con vivo interés fuera de su patria. Lo mismo que su calvario de los últimos años en la Isla. Ahora que disponía de libertad, que podía gritar y desahogarse, descubría que no gozaba de la comprensión, la solidaridad y el apoyo de muchos de aquellos que lo habían ayudado antes. Algunos llegaron incluso a echarle en cara su abandono del país. ¿Por qué?
Según se infiere de la narración de Arenas, estos supuestos amigos de países occidentales lo necesitaban a él dentro de Cuba. Un escritor que apenas puede expresarse –de hecho, un escritor invisible, que casi no existe- es un hombre que puede, y debe, ser defendido. Representa, al mismo tiempo, una oportunidad para revalidar credenciales de gente justa, progresista. Reconocer que una sociedad no es perfecta puede ser también un cierto modo de expresar que ésta es, no obstante, la mejor sociedad a la que puede aspirar un pueblo como el cubano. Desde el punto de vista de la publicación de su obra, Arenas resultaba, además, un autor “interesante”. En cambio, un escritor de cuya boca salen palabras que denuncian lo que él entiende como los males que han torcido el destino de su pueblo, se convierte en un enemigo político y es, por tanto, un escritor mucho menos atractivo, casi un indeseable. Es, en resumidas cuentas, una pieza que no encaja en el esquema del mundo que esos intelectuales preconizan como la quintaesencia de sociedad ideal para la especie humana.
Aunque algunas cosas mejoraron un tanto con el paso del tiempo, Reinaldo Arenas no llegó a encontrar en el exilio un ambiente favorable para el ejercicio pleno de su arte o el desarrollo de su carrera de escritor. Murió pensando en Cuba, en la tragedia de su pueblo. Me atrevería a afirmar que algo semejante habrán sentido escritores de la talla de Lidia Cabrera, Carlos Montenegro y Enrique Labrador Ruiz en sus minutos finales. En los últimos años de sus vidas, cuando debió haber llegado para ellos la hora de la cosecha y de los triunfos merecidos, tuvieron que conformarse con una existencia precaria en un país ajeno, lejos de las grandes editoriales, olvidados o prácticamente desconocidos por el público de su patria y, en general, de la gran patria del idioma español. Igual que tantos otros compatriotas de valía, y no sólo escritores. Así termina buena parte del talento cubano, así se desangra poco a poco nuestro pueblo.
Hay, por supuesto, escritores que han triunfado en el exilio. No quiero mencionar nombres que son, por otra parte, de sobra conocidos. No son muchos. Algunos de ellos salieron de Cuba siendo celebridades, de manera que el reconocimiento internacional les había llegado anteriormente. Otros lo han alcanzado por diferentes vías, ayudados por su sentido de la oportunidad o por su ingenio creador; pero todos se han dejado la piel en el camino. Aun así, no es extraño que sean ignorados en reuniones y encuentros de todo tipo, cuando no acusados de falta de talento o de haber basado su carrera en su militancia anticastrista. En cualquier caso, lo que prima es la incomprensión, el cuestionamiento y, muchas veces, la marginación del escritor cubano en el exilio. Y mientras más se radicalizan sus posiciones con respecto a la revolución de Fidel Castro, más relegados y excluidos son de foros, antologías y proyectos de edición. De ello puede dar fe la pléyade de escritores cubanos que tocan día a día a las puertas de las más diversas casas editoriales europeas.
Así, mientras en la Isla imaginan –¿lo pensarán de veras?- que el escritor cubano en el exilio va por el mundo abriéndose puertas a golpe de declaraciones sobre lo que ha dejado atrás, en la realidad las cosas ocurren de manera totalmente distinta. Como si no tuviera bastante con haber perdido su público natural y el acceso a las editoriales de su país, con carecer de autoridades que lo respalden e instituciones que lo promuevan, el escritor cubano errante tampoco cuenta con la comprensión o simpatía de buena parte de la intelectualidad del mundo occidental. Tal es, al parecer, el precio que debe pagar por haber escogido vivir y trabajar en relativa libertad.
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