OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Junio 2009. Antilde;o tres. Número ocho

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Datos de la revista, junio 2009, año 3, número 08
otrolunes.com >> Otra Opinión >> Columna de Elidio La Torre

El purgatorio sígnico de Tomás López Ramírez

 

Elidio La Torre Lagares

Juego de las revelaciones, de Tomás López Ramírez, no es una novela nueva, mas se nos adelanta como innovación en las letras puertorriqueñas. Publicada originalmente en México en el 1976, la edición original confrontó un gran reto: el hecho que la novela fuese publicada internacionalmente por una editorial que no tenía presencia en Puerto Rico, lo que privó al libro de una mejor exposición en la isla caribeña. Hoy día, releer un trabajo de la envergadura y ambición de Juego de las revelaciones nos demuestra que, en efecto, las promociones jóvenes en mi país, como en la canción de Billy Joel, no iniciamos el fuego. Tampoco el juego.

La obra, que conversa con otros dos célebres textos de la época: Figuraciones en el mes de marzo, de Emilio Díaz Valcárcel, y La guaracha del Macho Camacho, de Luis Rafael Sánchez, bien podría ser una de las grandes novelas de la literatura escrita en Puerto Rico a partir de los 1970. Aunque el marco temporal de Juego de las revelaciones se consigna en los 1950, la obra corresponde, cronológicamente, a la década del colapso de nuestro presente sistema político, ese otro juego que se nos reveló, 30 años atrás, como una vaca vieja que ya no daba leche.

La promesa de grandeza nunca llegó. Nos quedamos inconclusos, he de añadir.

Vivimos como cuerpos buscando sus sombras. “Esta ciudad se muere sin remedio”, nos dice el personaje de Eusebio en la novela. El país se quedó a medio hacer, o a medio olvidar, hecho tal vez representado en el deterioro urbano de Santurce y en el abandono histórico del Viejo San Juan, que, precisamente, nos provee el contexto espacial de Juego de las revelaciones.

Los personajes creados por López Ramírez en Juego de revelaciones operan desde la óptica del desamparo emocional, somatizado de algún modo en lo grotesco de los actuantes. Este elemento, como bien señala el estudioso Juan Gelpí en su obra Literatura y paternalismo en Puerto Rico, es secuencial y omnipresente en nuestras letras, desde La Charca hasta nuestros días. “Piernas flacas las de Julita”, nos dice el narrador de Juego. “Senos caídos los de Julita... Rostro de tristeza antigua el de Julita”. Dicha esterilidad es reforzada por la soledad de los personajes, la ambigüedad religiosa de la fe que profesan, y hasta la doble vida que llevan las prostitutas. Uno de los personajes centrales, Ceferino, padece de una deformación maxilo-facial que lo hace blanco de burlas y bromas constantemente, lo que socava su fortaleza emotiva. La metonimia del sentido de inferioridad queda representada en el complejo de Ceferino, personaje que trabaja en una imprenta.

En la novela de López Ramírez, quien es profesor de literatura, la imprenta queda semiotizada como símbolo de intelecto trunco. Es preciso reconocer que, en todo país desarrollado, las imprenta no sólo surge como el primer modo de masificación del libro, sino que también es elemento vital en la divulgación del conocimiento y, por ende, en la proliferación de una sociedad alfabetizada, una suerte de antídoto a la ignorancia. Es en la imprenta Flor de mayo, propiedad de don Tinito, donde Ceferino inicia sus trabajos como prensista y donde tenía contacto con algunos libros. Pero quede claro: esta imprenta lo menos que publica es material literario, y en su lugar, se dedican a la producción de invitaciones para bodas, velorios, tarjetitas de difuntos y otras fiestas.

La novela Juego de las revelaciones comienza con el deseo de desplazarse físicamente: Ceferino sube a una camioneta de transporte público en un viaje que lo llevará del campo hacia la ciudad de San Juan, que López Ramírez recrea de la manera que T.S. Eliot poetiza su “Wasteland”. Con prosa limpia y directa, la novela arranca, lector abordo, sólo para interrumpirse después al pincharse la goma del transporte público. Nuestra literatura está plagada de embotellamientos vehiculares que son metonimia de nuestro estancamiento social. En esta ocasión, y de manera ominosa, un neumático se desinfla y el viaje comienza con mal pie, o con mala rueda, en todo caso.

La escena culmina en malestar y silencio. Es la condena de una futilidad de más de 500 años.

La trama, si reordenamos los fragmentos que la componen, es bastante sencilla. Ceferino viaja a la capital en búsqueda de trabajo y allí encontrará una serie de seres desolados por la circunstancia histórica. En San Juan conoce a Buenaventura Clemente, un negro que lo lleva a hospedarse en nada más y nada menos que un prostíbulo. Allí conoce a Milagritos, a doña Eladia y a Fiordisela. En sus caminatas por San Juan frecuenta el Bar Lladó, donde conoce a Julita, con quien desarrolla una extraña fijación romántica. Y en una de sus vueltas por la ciudad vieja conoce a don Eusebio el día que arrestan al líder nacionalista Pedro Albizu Campos, hecho del cual es testigo. Ceferino desconoce el alcance histórico de lo que ha presenciado, y don Eusebio será el traductor de esa realidad que Ceferino vive y no comprende. Ceferino entonces consigue trabajo en la imprenta de un periódico y le dicen que aparecerá en una foto. Por agradar a Julita, de quien se ha hecho tutor, y por quitarse un viejo complejo de personalidad, se arranca los dientes para no salir deforme en la foto. Para desgracia de Ceferino, y dado el ángulo de perspectiva, la foto sólo capta parte de la cabellera del prensista.

A medida que la trama se desarrolla, los personajes se van desgastando y entre historias, surge la figura del conocido “Fantasma de San Juan”, personaje encapuchado que en las noches brinca por las azoteas sanjuaneras en búsqueda de sus quince minutos de fama en los periódicos de la capital, y que luego resulta ser Buenaventura. Igual resalta la historia de doña Hipólita, persona que aludidamente ha reencarnado en gato después de su muerte. Al final, Buenaventura es asesinado. Milagritos cae por unas escaleras y muere. En su velorio, la casa se desploma y se prende en fuego. Doña Eladia, Eusebio y Julita desaparecen.  Todo se consume en el único elemento que no genera vida.

No, no es realismo mágico. Es lo fantástico boricua de vivir en esta isla. Es el purgatorio de los signos.

El desenlace queda dispuesto en “Tres epílogos más o menos verosímiles”, entre los cuales el lector escogerá el que más le guste, o la posibilidad de que sean todos. Entonces entramos a un trabajo fundamentado en la fragmentación, en la mitosis consecuente de la fábula y la trama, donde a veces las partes son mayores que el todo, y ya entonces la regla primordial del juego se nos revela: nos toca a nosotros construir la novela.

Lo que nos espera es una obra que, a medida que va revelando secretos de amor, vida y muerte, nos deja el camino poblado de cadáveres que no se ven, pero hieden, y de vivos que no se saben muertos. Los personajes entran y salen, hablan y callan, se intersectan y divergen en maneras caóticas, pero sutiles, a través de la fragmentación radical del texto. Los cambios de perspectivas narrativas, las inserciones sutiles de hablantes a destiempo y el aura fantasmagórica del ambiente incluso nos rememora al Pedro Páramo de Juan Rulfo, pues, en efecto, los personajes de Juego de las revelaciones guardan una cualidad espectral, bocetos de muertos en vida vagando por los desvariados adoquines de San Juan.

Así, la progresión de esta novela es analéptica y a la vez transgresora. En todo caso, un clavado hacia el vacío que conduce a la muerte, factor que se hace palpable en los vertiginosos cambios de punto de vista o perspectiva del narrador. El texto se torna un verdadero purgatorio sígnico, donde los personajes están presentes en ausencia, y se ausentan aunque estén presentes. Entonces, entra el lector a deslizar a gusto las fichas del juego.

Tomás López Ramírez, al final, nos reconstruye una historia al pie de la sombra de la historia. Ante la ambivalencia existencial de los personajes, no podemos obviar la fusión de ficción y realidad propia del material novelesco. La vida del ciudadano común se funde con la de Pedro Albizu Campos y con la de otros, como Blanca Canales y Elías Beauchamp. Los personajes se vaporizan en la Masacre de Ponce y en el sofocamiento de la Revuelta Nacionalista del ‘50, eventos únicos en nuestra historia política y cultural, que, junto al Grito de Lares, constituyen manifestaciones de afirmación patriótica inscritas con sangre en el suelo.

Y esta es la última y más cruda de todas las revelaciones posibles: saberse que aún no estamos enteramente vivos.

 

Puede escribirle al autor a: elidiolatorre@otrolunes.com

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